PRESENTACIÓN

ADIOSES, AUSENCIAS Y RETORNOS


Dinos en pocas palabras y sin dejar el

sendero, lo más que decir se pueda, denso, denso.

MIGUEL DE UNAMUNO.



Todo libro como todo hombre encierra en sí mismo una historia; así, los Resúmenes de obras famosas tienen la suya. Una historia propia que se remonta veinte años atrás y en la cual mi vida se halla inmersa, una historia a la que estoy sujeto por un cordón umbilical del cual no he podido desligarme. Estos resúmenes son fruto de mi pasión por la literatura, una pasión más fuerte y más intensa que cualquiera que haya sentido alguna vez. En el verano de 1982 fui contratado por un prestigioso colegio que buscaba mejorar su servicio académico. Como profesor principal del curso de literatura me encontré con un alumnado que tenía un común denominador: las ansias de aprender y conocer con el menor esfuerzo.

Con el entusiasmo y la impetuosidad propios de la juventud, elabore un programa de lo más variado donde los alumnos pudieran tener acceso a autores peruanos, españoles, latinoamericanos y europeos. Como sucede siempre, y ahora con mayor intensidad, encontré alumnos reacios a la lectura de obras voluminosas de difícil entendimiento, que exigían del lector un esfuerzo inusual, ¿Qué hacer? ¿Cómo prescindir de los hexámetros homéricos, de los tercetos de Dante, de la magia maquiavélica de un Yago o de una lady Macbeth, de los intrincados monólogos interiores de un Faulkner o un Joyce? ¿Y qué de los cuantiosos cursos que nuestros alumnos llevan en la secundaria con sus tediosas, torturantes y estériles tareas? Pero también existía una verdad que aunque dolorosa para mí, era muy cierta: “No solo de literatura vive el hombre común”. Había entonces que encontrar una solución al problema. Un toque divino me trajo la feliz ocurrencia de contar en horas de clase las obras que a mis alumnos no podían leer. El aula se convirtió entonces en una suerte de oyentes ansiosos por escuchar las locuras de José Arcadio Buendía, los sueños mesiánicos de Antonio Conselheiro, la transformación de Gregorio Samsa en insecto, los trasnochados remordimientos de madame Bovary o la afilada prosa de Manual González Prada, convertido yo, apasionado y eufórico narrador, en el mango del estilete. Y qué decir de la emoción y satisfacción que producían los versos de Neruda, Vallejo, Chocano, Buesa, Bécquer, Baudelaire o Espronceda cuando salían de mis labios en mis intentos declamatorios; esa avidez de mis alumnos fue satisfecha con creces. Sin saber cómo ni en qué momento, fui elaborando argumento de las obras narradas que, con el tiempo, fueron convirtiéndose en contenidos más amplios y consistentes hasta llegar a los resúmenes tal como se les conoce hoy. Estos resúmenes, ya agrupados en libros, me enseñaron a vivir la literatura con una entrega total, a la manera flaubertiana: con la literatura todo, sin la literatura nada. Esta experiencia fue para mí contundente y definitiva para aferrarme a mi propia obsesión, la de regir mi vida a través de la literatura. La de vivir literariamente, una vida como la de aquellos escritores que han llenado mis desvelos y vigilias con sus obras, en suma, decidirme definitivamente a ser como ellos.

Mis amigos desde niño, fueron los libros; el amor de mi vida han sido y seguirán siendo ellos. Nada ni nadie (sólo Dios en mis desvaríos) pueden reemplazarlos. Los amores humanos son fugaces cometas que atraviesan el cielo; la literatura, como yo la vivo y entiendo, es eterna, ella me ha permitido entender y amar a tantos hombres de letras; algunos ya no están, pero no han dejado de estar: Luis Alberto Sánchez, Augusto Tamayo Vargas, Julio Ramón Ribeyro, Guillermo Ugarte Chamorro, César Calvo, Mario Florián, Moreno Jimeno o Gustavo Valcárcel ; otros permanecen todavía iluminando el parnaso cultural de nuestra patria con su voz y presencia infinita: Washington Delgado, Jorge Bacacorzo, Leopoldo Chiappo, Leopoldo Chariarse, Arturo Corcuera, Estuardo Núñez, Vicente Azar, Jorge Puccinelli, Paco Bendezú, Alejandro Romualdo, Alfredo Bryce, Cronwell Jara, Marcos Yauri Montero, Ricardo González Vigil, César Ángeles Caballero, Winston Orrillo, Jesús Cabel O Alberto Valcárcel. Tantos quedan sin nombrar, pero su voz de aliento y estimulo permanecen en mi corazón para que siga adelante en esta difícil y agotadora labor de hacer llegar la obras de tantos hombres inmortales a través de estos resúmenes hechos con tanta dedicación y amor. Las voces de intelectuales extranjeros, conocedores de este trabajo, se sumaron también con su apoyo incondicional: Eliécer Cárdenas y Carlos Calderón Chico, desde Ecuador; Gladys Rossel desde Costa Rica; Manuel Ruano desde Argentina o José Manuel Solá desde Puerto Rico, que con sus opiniones, juicios y críticas han enriquecido estos resúmenes de obras famosas. En el camino de elaboración de los catorce volúmenes que constituyen esta colección me he topado con muchas dificultades; entre ellas, el tener que leer diferentes traducciones de una sola obra para poder trabajar la síntesis con la mayor exactitud posible.

La juventud con que comencé a elaborar estos resúmenes ha quedado atrás, sepultada con sus alegrías efímeras y sus profundas desilusiones (funesta edad de amargas decepciones), pero la emoción y el espíritu juvenil de esos años me han enriquecido con la edad. Los consejos de Sánchez, Tamayo, Florián, Washington Delgado y Reynaldo Naranjo no fueron vanos; ellos me inculcaron la tenacidad para perseverar en la literatura, a pesar del desaliento que nos invade día a día en un mundo de atroz ignorancia, más inhumano, agitado y frívolo como el que nos toca vivir.

Incluyo en esta edición los numerosos juicios que los Resúmenes de obras famosas han merecido durante estos veinte años. Si bien la amistad puede teñir las opiniones favorablemente, lo cual resulta comprensible, debo confesar que todos ellos fueron emitidos antes que surgiera la amistad con los autores de estos comentarios. Hago esta salvedad porque a veces las maledicencias disfrazadas de negro azogue o vulgo bilis se truecan en otras pasiones aún más bajas y urticantes; aguijón y cilicio guiados por la envidia que busca herir injusta y gratuitamente.

No puedo concluir este prólogo sin contar lo anecdótico. Tres anécdotas siempre tengo presentes; la primera es que siendo profesor de una academia preuniversitaria en Chosica, tuve entre mis alumnos al hijo del poeta Víctor Mazzi, buena razón para que cada fin de semana recalara en la casa del poeta para enfrascarnos en amenas charlas literarias, sobre todo de poesía; cómo se le encendían los ojos cuando le citaba lis versos de “Canto Coral” de Romualdo. Todavía guardo la antología de poesía revolucionaria que me obsequio con una sobria dedicatoria. Prometió hacerme un comentario a los Resúmenes de Obras Famosas, lo cual cumplió después de muchísimos años. La segunda está relacionada con Luis Alberto Sánchez, quien me indicó que no valía la pena incluir a Narciso Aréstegui en estas antologías; cuando le manifesté que haciendo un balance sobre el juicio que él me había hecho sobre el escritor cusqueño en su literatura peruana, Aréstegui salía ganando con creces, me contesto muy serio y cambiando de tema: “Así…pues, entonces inclúyalo”; también Luis Alberto tuvo un gesto conmigo que me gratifico muchísimo. Dedico su espacio diario de Radioprogramas del Perú para hablar elogiosamente de los resúmenes de obras famosas.” He llegado a más de un millón de personas”, me dijo. El tercero de ellos y quizá el más curioso tuvo como protagonista a Julio Ramón Ribeyro, quien, a manera de ameno reproche, me dijo que por qué había incluido “La botella de chicha” si era un cuento malísimo. Le di a entender que a mí me gustaba y que consideraba que aquella era una buena razón para figurar en la selección que había hecho, pero que estaba dispuesto a eliminarlo si él hacía lo mismo desterrándolo para siempre de su obra. Ribeyro quedo desconcertado. Una risotada de César Calvo alivio en algo la tensión. Ya a solas con César, le dije que después de lo sucedido no creía que Julio Ramón emitiera juicio alguno sobre los Resúmenes de obras famosas. Calvo, con el rostro serio y el ceño fruncido, me miró fijamente y me lanzo una de sus típicas ocurrencias: “No te preocupes, flaco, si Ribeyro firma hasta lo que escribe”. A los pocos días me llamo el hermano de Julio Ramón diciéndome que éste quería verme. Ya en su departamento barranquino, mirando las tranquilas aguas del Pacifico, me leyó esas pocas líneas imborrables para mí que en este libro he transcrito fielmente. Lo que más me emocionó es que me llamara poeta. ¡Qué laudable generosidad! El lama había descendido desde su Himalaya.

Guillermo Delgado.
Mayo 13 de 2003.

viernes, 22 de febrero de 2013

VOLUMEN XVI







ÍNDICE

·         GRAN SEÑOR Y RAJADIABLOS (Eduardo Barrios)

·         DONCELLAS Y CASADAS (Luisa May Alcott)






GRAN SEÑOR Y RAJADIABLOS

Novela del escritor chileno Eduardo Barrios (1884-1964).

Esta obra, considerada como la mejor del autor, es un conjunto de cinco evocaciones, a lo largo de las cuales se traza la biografía completa de un estanciero chileno, don José Pedro Valverde. Estos cinco cuadros descriptivos se titulan: Temple de acero, Amor y aventura, Hechos y fechorías del Tarambana, Amo y señor y Águila vieja.

Alrededor de la figura del protagonista y de los sucesos de su vida vemos desarrollarse la historia de la nación chilena durante tres cuartos de siglo. 

Los ambientes, los tipos, las situaciones, están tomados de la realidad, con una visión directa que recuerda la de los novelistas franceses del naturalismo. Sin embargo, no falta en el autor la proclividad idealista y sentimental que, juntamente con sus grandes dotes de observador y de psicólogo, forman una personalidad literaria de primer orden. “El arte maravilloso del escritor chileno- ha dicho Luisa Luisi- lo envuelve todo: tristeza, amarguras, complicaciones sentimentales y torturas de la fe, en la magia de un estilo espiritualizado, de un noble y delicado romanticismo.”

En El temple de acero trabamos conocimiento con el protagonista, el niño Jose Pedro Valverde, huérfano, que vive con un tío suyo, José María, un clérigo que le ama como a un hijo, en una vasta hacienda del sur de Chile. Criado sin mimos de madre, sin más falda acogedora que la de la vieja ama del sacerdote, su inteligencia y su corazón maduran precozmente. El padre de José Pedro murió en un asalto de indios y campesinos a la estancia donde vivía. La política y el caciquismo agitan el campo de Chile en aquellos tiempos- mediados del XIX-. Liberales y tradicionales sostienen una lucha sorda de campanario.

Al cura don José María, hombre de positivas virtudes, pero autoritario, enemigo de reformas, a veces colérico y siempre valiente, se le tiene por una especie de cacique burgués y retrogrado.

José Pedro no niega la casta. Tiene recio temple, como lo prueban algunos actos de su niñez y adolescencia. Se parece mucho en carácter a su tío, el cura, quien le envía a Santiago para que estudie en el Seminario. Pero a él le tira la vida de la hacienda. En ella se siente señor y campesino, ocioso y trabajador, buen jinete que recorre tierras y poblados y cabal administrador de sus propiedades. Cuando dejó el Seminario, después de haber seguido algunos estudios, y apareció de nuevo en La Huerta, hizo impresión en las mujeres con su gallarda presencia, su pelo rubio y sus ojos claros y brillantes.

José Pedro no dejó de aprovecharse de estas admiraciones, y, temperamento fogoso, cultivaba las aventuras eróticas con una especie de donjuanismo feudal. Por algo le llamaban el “potrico de campo”, o sea, esos potros que se sueltan entre las manadas de yeguas y se reproducen sin descanso.

Su tío el cura y él se querían profundamente, evitando los rozamientos de carácter, pues, en este punto, los dos eran de genio fuerte, los dos “eran Valverdes”. El cura se lo había dicho con solemnidad repetidas veces:


“Los Valverde descendemos de aquel fray Vicente Valverde que acompañó a Francisco Pizarro en la conquista del Cuzco. Este dominico fue quien, tras de presenciar y atestiguar ante escribano el descenso del inca Atahualpa, proclamó ante los trescientos mil indios de la capital incaica que, si la soberanía de Carlos V reemplazaba desde entonces a la del Inca, se ponía también el dios Sol en el imperio indígena para que solo resplandeciese el de Jesucristo. Hermano de fray Vicente fue tu tatarabuelo Joseph. Tu padre llevó ambos nombres, José y Vicente. Los Valverde en España fueron monteros del rey y nos legaron escudo: seis galgos atigrados se tienden a carrera sobre campo de sinople.” “Por la línea materna, somos Casaquemada, vástagos de cierto hidalgo castellano que, con sus seis hijos varones y un puñado de siervos, batió a los moros, después de incendiar la propia mansión. Por esta rama, de no haberse ahora Chile constituido en Republica, al blasón de la familia se añadiría nuevo cuartel con la casa en llamas bajo arco de siete estrellas- los siete varones cristianos- en lo alto del cielo, y entre la mansión y el arco, la media luna mora despeñándose a la hoguera.”


Al oír esto, José Pedro sonreía algo irónico, aunque en el fondo le halagase saberse de noble linaje. “¡Caballo Pájaro!”, solía exclamar con frecuencia el muchacho. Y así le llamaba a él su tío muchas veces. Esta expresión “Caballo Pájaro” provenía de la gozosa impresión que, siendo niño, le había producido a José Pedro una estampa de Pegaso, el mítico caballo con alas. Con ocasión de cualquier hecho o situación culminante, cómica o grave, brotaba de labios del tío o del sobrino la frase consabida “Caballo Pájaro”.

“-Estás llamado a ser siempre gran señor- decía con su voz ronca y fuerte el cura.

-  “¡Caballo Pájaro!”- reía José Pedro.

-¡Déjate de interjecciones risueñas- amonestaba, severo, don José María.”

Por aquel fondo de La Huerta pasaban algunas veces dos pudientes de las cercanías, ya maduros, don Joaquín y don Eliezer- este entendidísimo tratante de ganado-, amigos de los Valverde.

El temple audaz de José Pedro le traía a veces hondas amarguras. Yendo un día a caballo con otro joven, amigo suyo, tratan de vadear un estero que viene crecido y es de corriente traidora. José Pedro lo consigue, pero su amigo Rosamel desaparece en una hoya del rio. Cuando el día siguiente encuentran el cadáver de Rosamel, el cual obliga a su sobrino a presenciar la autopsia que realiza el forense.

Al capítulo, o evocación, El temple de acero sigue el de Amor y aventura, en el que se dibuja con mayor relieve la figura de José halla el de San Nicolás, de la viuda de Lazúrtegui, misia Jesús, que vive con sus dos hijas, Chepita y Marisabel, recién salidas de su educación conventual y que, en compañía de la madre, “señora de sala y estrado”, llevaban una existencia monótona y recoleta. La mayor, Chepita, belleza suave y lánguida, “revestía de compostura su vehemencia”; la menor, Marisabel, era también muy linda, pero vivar, siempre alegre y risueña, lo contrario que su hermana.

Los Lazúrtegui habían tenido una gran fortuna; pero el padre, don Serafín, con sus viajes a Europa, y también la madre, misia Jesús, con sus afanes de señorío y boato, habían derrochado tanto que, al morir sin Serafín, estaban casi arruinados. De misia Jesús se decía que, en su época de esplendor, había sido bastante ligera. José Pedro o Pepe Valverde, como empezó a llamársele, a la andaluza, costumbre que heredaron chilenos, peruanos y argentinos, apenas conoció a la viuda y a sus hijas, quedó enamorado de Chepita, siendo correspondido apasionadamente por esta, y no mal visto el noviazgo por misia Jesús. (Misia: contracción de Mi señora).

En cambio, el tío del galán se opuso desde el principio a esas relaciones. Los Lazúrtegui habían sido vascos enriquecidos con el tráfico de sebos, pellejos y carnes saldas. Con su dinero adquirieron cierta prosapia criolla, pero carecían de árbol genealógico noble, a pesar de que figurase en él un obispo, que compró la mitra… Don Serafín había sido un pájaro de cuenta, un calavera, y de su mujer habría mucho que hablar. Además, la viuda y las niñas estaban ya en plena ruina y misia Jesús lo que quería era cazarles un marido. En fin, el clérigo se excitaba hablando de esto, y no faltó algún altercado fuerte con su sobrino, que llegó a persuadirse de que nada ni nadie vencería la tozudez de la oposición de su tío al matrimonio con que él soñaba.

La actitud del patrón de La Huerta, el orgulloso Valverde, es pagada en la misma moneda por la no menos altiva misia Jesús. Pepe corta por lo sano y rapta a Chepita, marchando con ella y con su fiel criado Pascualote a una casa que arrendó lejos, en la costa, junto a Lagunillas. Pepe dejó a su tío una nota que decía: “Me casaré, llevo dinero suficiente, del que me pertenece; lo demás queda en la cajuela. Lo veré cuando me haya perdonado.”

El golpe fue muy duro para el viejo, que, ya declinante su salud, empeoró rápidamente; pero no quiso perdonar hasta que, pasado un año, viéndose muy mal, y habiendo sido llamado su sobrino por don Eliecer, le vio entrar en su alcoba y acercarse al lecho donde yacía postrado. Pepe Valverde emprendió sin vacilar el largo viaje al saber el estado de su tío, a pesar de que había dejado enferma a Chepita, que llevaba penosamente su embarazo. El lugar sonde Vivian era inhóspito y aislado. La casa ofrecía pocas comodidades.

Inquieto pasaba sus días Pepe Valverde, esperando el fatal desenlace o la mejoría del enfermo para correr junto a su mujer. La mejoría del cura tarda más en llegar que Pascualote, que se presentó una madrugada procedente de Lagunillas para informar a su amo de la gravedad en que se hallaba Chepita, próxima a un parto prematuro, según la comadrona. Cuando José Pedro, tras vertiginoso viaje, llega a Lagunillas, Chepita ha muerto.

En el cementerio de Melipilla, la ciudad más próxima a La Huerta, recibe sepultura. José Pedro reacciona con energía a su pena y sus remordimientos, aunque para ello tenga que realizar heroicos esfuerzos. Misia Jesús no le perdona el rapto de su hija, en el que ve el origen de la terrible desgracia. Marisabel sí le perdona y no deja de tratarle con afecto. Su tío, cada vez más enfermo, no se levanta de un sillón. José Pedro se enfrasca en mil proyectos de mejoras del fundo. Pasa el tiempo, acaso no mucho más de un año, y un día, víspera del de Difuntos, se encuentran en el cementerio José Pedro, Marisabel y su madre ante la tumba de Chepita. Misia Jesús, al ver a José Pedro, da media vuelta despectiva y marcha hacia su coche. Cuando Marisabel y José Pedro se dirigen hacia la salida, todavía sollozante la muchacha, a su cuñado, inesperadamente, acaso por habito galante, se le ocurre decir: “Bueno, Marisabel, no llores mas. Me conmueves y… yo no sé sino una manera de consolar a las chiquillas bonitas.”

Apenas dichas estas palabras, se arrepiente de ellas y se maldice íntimamente por su mal gusto. Marisabel había palidecido. Sus grandes y hermosos ojos manifestaban profunda sorpresa, sus manos temblaban excitadas. Marisabel dirigió una intensa mirada a su cuñado y murmuró: “José Pedro…No seas loco, José Pedro.” Al oír estas palabras, fue él quien tembló.

En la tercera Evocación: Hechos y fechorías del tarambana, se nos dice que el cura ha muerto, en lo que han podido influir sus sospechas de los amores clandestinos entre José Pedro y “la otra Lazúrtegui”, Marisabel. Ya Pepe Valverde, nombre que ha sustituido casi por completo a su José Pedro, campa por sus respetos en su hacienda La Huerta, que mejora y extiende con nuevas adquisiciones, y también en la comarca, donde es, sin disputa, el “amo”. Está Pepe Valverde en plena juventud. Es atlético, tiene gran presencia física, es valiente y, cuando se excede en la bebida, camorrista. No admite bravucones a su alrededor. Dotado de gran vitalidad y sensualismo, ejerce una especie de sultanato con las mujeres, quienes, por su parte, se consideran felices cuando él las elige. Cuando una mujer de la peonada le gusta, la manda dejar la faena campesina y pasar a servir en su casa una temporada mayor o menor. A las que le dan hijos, no las desatiende luego.

Al darse cuenta la viuda de Lazúrtegui de las relaciones de su hija Marisabel con Pepe, la mete en un convento. Desaparece, pues, la muchacha de su hacienda, San Nicolás, sin que su amante pueda averiguar dónde se halla. Esta situación le desespera.

El novelista acentúa más y más la figura del protagonista, en quien resume las cualidades típicas del estanciero chileno de la época. “Era Pepe Valverde un católico que trata el medioevo en sí; y lo era por ancestro, cuna y crianza.” Hay en él, junto al espíritu caballeresco, el despotismo feudal y una innata rebeldía a las leyes y autoridades del Estado. Sentía aversión por gobernantes y políticos. La ciudad ejercía sobre él poco atractivo. Su medio natural era el campo, los pueblos de su comarca, las estancias, las fiestas con baile, buen comer, mejor beber, guitarreo y payada.

El campo chileno se veía con frecuencia asolado por partidas de bandidos y cuatreros. Ni la política rural ni las fuerzas que enviaba el gobierno bastaban para batir a los forajidos, en parte, porque procedían con desgana o eran sobornados. Pepe Valverde compró carabinas inglesas, escogió buenos caballos y con unos cuantos mozos fuertes y decididos, de su confianza, entre ellos Pascualote, Bruno, Cachafaz y el Gallo, formó una contrapartida para perseguir a los bandoleros. Este grupo fue pronto conocido con el nombre de “el pelotón bravo”.

Uno de los enemigos solapados de Valverde era el mayordomo de la viuda de Lazúrtegui, a quien llamaban el Trompo. Este, enriqueciéndose a costa de su ama, la robaba en la administración, la vendía sus ganados sin que ella se enterase y estaba en tratos con los salteadores. Misia Jesús, que había fijado su residencia en Santiago, tenía una confianza ciega en su mayordomo.

Una de las primeras acciones del pelotón fue prender al mayordomo cuando este, acompañado de sus hombres, conducía una punta de ganado sustraído del feudo de San Nicolás. Valverde le manda atar a un árbol y, para afrentarle más, ordena que le bajen los calzones, y él mismo, con su rebenque, le propina cincuenta azotes. Luego le entrega a las autoridades de Melipilla, capital del distrito, pero a los pocos días el juez le pone en libertad, y el Trompo vuelve a San Nicolás. Entonces, Valverde y su amigo don Felipe, un peripuesto funcionario, ex seminarista y secretario del gobernador de Melipilla, marchan a Santiago para informar y poner sobre aviso a los Lazúrtegui.

El viaje fue casi baldío. Misia no quiso recibir a Pepe Valverde, y a Toledo le dijo que había nombrado abogado suyo a un sobrino, Cipriano Correa, tipo turbio, muy rico, avaro y prestamista. Valverde y Toledo le conocían bien porque había sido compañeros de ellos en el Seminario.

El patrón de La Huerta no ha podido averiguar nada de Marisabel. Las cosas cambian bastante en la hacienda, no solo porque don Pepe- distante ya el “José Pedro” de otros tiempo-, auxiliado por su mayordomo Sebastián, mejora y agranda sus propiedades, sino porque la persecución de los bandidos le lleva muchas jornadas. Entre estos bandidos, cuyos hombres más destacados son el Cachoecabra, el Culón y los dos Toribios, hay uno, el Pelluco, protegido de una dama otoñal y de buen ver, cuya hacienda fue objeto de un asalto en el que robaron valiosas joyas, que quiere regenerarse. El Pelluco se convierte en agente secreto de Valverde y de la policía, y la dama otoñal, doña Carmela Burgos, viuda y rica, en amante de don Pepe.

La vida de este es agitada. En una batida contra los bandidos, recobra las joyas de Carmela. De cuando en cuando va a Santiago, y allí se mezcla en política con éxito, pues el gobernador conservador le nombra delegado político del distrito de Melipilla. Su influencia crece. Sus aventuras de tarambana también. Le llaman “rajadiablos”, o sea, el hombre de aventuras, audaz, que no se detiene ante nada con tal de lograr su capricho. Con frecuencia le acompañan sus amigos son Joaquín (Don Joaco) y don Eliezer, ambos menos fogosos que él, y don Eliezer mucho más sensato.

La vida en Santiago le fastidia, le aburre; el traje de señorito de la capital le molesta y las reuniones de sociedad excitan siempre su impaciencia por volver al campo. De Marisabel sigue sin tener noticia alguna. De pronto surge un acontecimiento que levanta su espíritu y le impulsa a la acción intensivamente: la guerra entre Chile y Perú. Pepe Valverde toma parte en ella, le otorgan el grado de capitán y, con las tropas vencedoras, entra a Lima.

Diez años después, ya en la cuarentena, le encontramos en el capítulo Amo y señor, casado con Marisabel, de la tiene dos hijas, Chepita y María Rosa. Tiene también un hijo, “Antuco”, a quien le hacen creer que su madre fue la difunta Chepita, pero, en realidad, le tuvo de Marisabel antes de que Misia Jesús la ocultase en un convento. A la muerte de la viuda de Lazúrtegui, Marisabel corre en busca de Valverde, a quien seguía queriendo, y contraen matrimonio. Pero para no aparecer ante el mundo como una mujer que tuvo un hijo de soltera, alteran la verdad, lo que no deja de traerles complicaciones enojosas, incluso con el propio Antuco.

El peso de los años va modificando el espíritu de Pepe Valverde, a quien, por una curiosa variación en el ánimo de los que le conocen, se le empieza a designar por el nombre de antaño, anteponiéndole el don. Don José Pedro se hace grave, taciturno, cada vez más inclinado a las prácticas religiosas, así como su mujer, Marisabel, que le ama como siempre, sufre sin cesar el tormento de los celos. Cuando las muchachas, Chepita y María Rosa, se hacen mayores, la separación frecuente del matrimonio se impone, pues misia Marisabel pasa largas temporadas con aquellas en Santiago y don José Pedro en La Huerta, para no desatender el cuidado de su feudo.

Se aproxima la vejez, y con ella, la melancolía y los escrúpulos religiosos invaden la mente del hidalgo campesino. Don José Pedro adquiere cierto empaque, con ínfulas de aristocracia y orgullos de linaje, pureza de sangre y austeridad. Sin embargo, en este gran señor reaparece alguna vez el  rajadiablos, y entonces cae con pasión en sus antiguas costumbres. Pero ahora sus fervores religiosos le hacen temer el castigo de sus pecados. Por eso, cuando contrae relaciones íntimas con Lucrecia, esposa de un estanciero vecino, don Sofanor Iturriaga, un hombre zafio y grotesco, pero sí que hace feliz el nacimiento de una hija que cree suya. Valverde experimenta una conmoción profunda. Remordimientos del pasado y del presente le acosan. Ya es el setentón, todavía fuerte y activo, que se nos pinta en capitulo último, Águila vieja, pero una melancolía irremediable le envuelve.

Se encuentra muy solo. Su hijo Antuco, ya un hombre, muy parecido a él, vástago inequívoco de la raza de los Valverde, vive casi siempre en la cordillera, entre ganados y pastores. Su mujer, Marisabel, se ha habituado a la vida de Santiago, y Chepita y María Rosa, casadas con diplomáticos, residen en Europa. Entonces, Marisabel vuelve al feudo, siempre preocupada y celosa, pero siempre enamorada de su marido.

En Águila Vieja se hallan, sin duda, las mejores páginas del libro. Las luchas y pleitos de don José Pedro con las autoridades gubernativas y los agentes del Fisco- que llega a ocasionar un combate a tiros con los carabineros, en el que sale herido el patrón de La Huerta-, así como las intimas angustias del anciano, se hallan descritas magistralmente.

Don José Pedro no podía soportar el nuevo siglo.


“Su ánimo alternaba los estallidos de cólera con momentos en los cuales una como cansada y hosca disposición a morir lo invadía. Su razón perdíase al no hallar asidero confortable, y tras de los reniegos, volvíase a Dios. Era que, además, cierto miedo católico al pensar en la muerte levantábale pequeños pavores por antiguas y persistentes dudas acerca de algunos dogmas. Solía entonces, oscuramente angustiado, coger su rosario y ponerse a rezar, diciéndose que solo hay una manera de tener fe: creyendo sin discurrir. Hasta enflaquecido estaba: se le habían cargado los hombros, perdía el apetito.”  


La muerte de José Pedro y Aldana simboliza el adiós al siglo XIX en Chile. Toda la evolución a lo largo de la mayor parte de esa centuria y el panorama social y político del país pasa a los ojos del lector alrededor de la figura del protagonista. Gran señor y rajadiablos es una obra considerada, con toda justicia, como una de las más importantes de la literatura hispanoamericana.




DONCELLAS Y CASADAS

Novela de la escritora norteamericana nacida en Germantown, Filadelfia, el año de 1832, Luisa May Alcott. Sus novelas infantiles se hallan entre los libros más leídos del mundo. Su padre fue Amos Bronson Alcott, distinguido pedagogo de su tiempo. Escribió desde su infancia cuentos y novelas que luego recitaba ella misma ante su familia. Para aliviar la pobreza de los suyos, publicó algunos de esos cuentos en los periódicos de la época. Pero su primer libro de éxito fue “Escenas de hospital”, escrito durante la guerra civil, en la que sirvió como enfermera. Este libro escrito durante la Guerra de Secesión le sirvió para hacerse conocer. En 1868 publicó “Mujercitas”, que es un relato basado en su propia vida y en el que aparece con el nombre de Jo, y la de sus tres hermanas. “Hombrecitos” está inspirada en la vida de sus sobrinos. Luisa May Alcott era de salud muy delicada y murió después de larga enfermedad en Concord el año de 1888. El resumen de la obra es como sigue.

Comienza esta historia en tiempo de la guerra civil norteamericana, cuando los Estados de Sur peleaban con los del Norte, por causa de la secesión, pero la escena se desarrolla en un tranquilo pueblecito de Nueva Inglaterra, distante de Boston, a donde sólo llegaban los ecos de la lucha.

Albergábanse en una linda casa de antigua construcción, situada en las cercanías, cuatro hermanas llamadas Meg, Jo, Beth y Amy, sin que jamás se turbase la felicidad de aquel cuarteto en su nido. El padre, el señor March, servía como capellán en uno de los regimientos del Norte, y la madre, perla de las amas de casa, tenía harto trabajo con atender a la familia. Había que vivir con muy poco, pero Jamás flaquearon su ternura ni su valor.

Meg y Jo eran las dos mayores y ganaban algún dinero para ayudar a su madre; Meg como aya de los niños de una opulenta familia, y Jo desempeñando recados de una tia rica, anciana de muy buen corazón, aunque sobrado exigente. Aun contando sólo con tan escasos medios, conseguían, no obstante, dispensar bondadosos favores a los pobres de la cercanías, y éste era sin duda uno de los motivos de que se sintiesen contentas y dichosas, pues no hay satisfacción mayor que la de prestar servicios al prójimo.

El pequeño círculo de los March recibió un nuevo compañero, al instante el señor Laurence y su nieto Teodoro en una gran casa inmediata a la suya. Teodoro era un muchacho robusto y moreno, de aspecto extranjero; su madre había sido una dama italiana, con quien casó el hijo del señor Laurence contra la voluntad de su padre. Teodoro era ahora huérfano y heredero de los bienes de su abuelo. La casa de los Laurence estaba ricamente amueblada, pero esto ningún interés tuvo para el mancebo que en ella vivía solitario con su abuelo, hasta que las alegres niñas, desde la vecina puerta, la llenaron de risas y claridad.

Jo era compañera más asidua de Laurie, como ellas llamaban a aquel niño atlético y travieso, aunque grandemente aficionado a los libros y a leer. Confesó a Jo que deseaba que le llamasen Laurie, pues con ello inspiraba más respeto a los muchachos que usando su propio nombre de Teodoro, que algunos estaban empeñados en convertir en el de Dora.

Comenzó la amistad en el nevado invierno cuando fueron más constantes las idas y venidas entre los individuos de las dos casas. Las niñas representaban las divertidas comedias de que era autora Jo; Beth ponía la música, y Laurie tomaba parte en los pasatiempos. Tenía su revista predilecta “El Portafolio de Pickwick”, órgano de un “Pickwick Club” al cual pertenecían todos, y cada uno era conocido con el nombre de un personaje de Dickens. Lo mejor de todo, sin embargo, era el correo que prestaba un servicio regular entre las dos casas, y aun en los años que se sucedieron enviándose mechas cartas de amor de una casa a otra. De la cuatro niñas, Beth era la más tímida y reservada, un verdadero pajarito enjaulado, pero su dulce y gentil carácter ejercía considerable influencia sobre sus hermanas. Si alguna de ellas se mostraba algún tanto vanidosa era Amy, la menor, pero en todo lo demás era ésta tan cariñosa y alegre como las otras. Mientras Beth permanecía en su casa y ayudaba a los quehaceres domésticos con su vieja sirvienta Ana, Amy iba a la escuela.  

Por aquel entonces los niños de Nueva Inglaterra tenían una verdadera locura por ciertas conservas, llevábanlas consigo para comer en el colegio. Esto era una grave falta, y Amy incurrió un día en ella. El maestre la castigó tan severamente, que su madre la sacó de la escuela, y le dijo que ya no iría más a ella.

-¡Está bien! Quisiera que todas las niñas dejaran y aborrecieran esa dichosa escuela, para no pensar ya más en esas tonterías,- dijo suspirando Amy, con el aire de una mártir.

-No me pesa que hayas perdido la escuela, pues faltaste al reglamento y mereciste ser castigada por desobediencia, aunque yo no habría escogido semejante medio para enmendar una falta, replicó severamente la madre, dejando asombrada a la niña, que esperaba tan sólo palabras de simpatía. Debes ser menos presumida y aun estás a tiempo de corregirte. Posees dotes y virtudes muy estimables, pero el principal encanto es la modestia.

-¡Eso es!- exclamó Laurie, que jugaba al ajedrez en un ángulo del salón con Jo.

No mucho después recibía Meg una invitación para visitar a su antigua amiga de colegio Anita Moffat; y como los Moffat eran gente rica y constituían la flor y nata de la sociedad elegante de la gran ciudad donde tenían su casa, hubo que invertir dos largas semanas en los preparativos del viaje. Ayudábanla todas sus hermanas, y gracias a sus habilidades resultaron elegantísimos los trajes, por sencillas que fueron las telas, de manera que Meg no había de representar ningún mal papel en las reuniones de los Moffat.

Laurie recibió una invitación para asistir a una de las fiestas, y durante ésta no se condujo Meg muy bien con él, ya fuera por tener que corresponder a las constantes atenciones de que le hacían objeto los amigos de los Moffat, ya por haber oído algunos cuchicheos en que se murmuraba que la señora March tenía el proyecto de casarla con Laurie. Cuando Meg contó esto de regreso en su casa, Jo y su madre se indignaron.

-Eso constituye el mayor insulto que he oído en mi vida,- exclamó Jo.- No esperaba yo necedad tan ridícula. Piensan que tenemos “planes” y que nos hemos mostrado bondadosas con Laurie porque es rico y podría casarse “con nosotras” a las primeras de cambio.

-Pero, mamá ¿es verdad que tiene usted planes, como dijo la señora Moffat?- preguntó Meg.

-Sí, niña, tengo muchos, como todas las madres, aunque distintos de los de la señora Moffat. Yo quiero que mis hijas sean bellas, cumplidas y buenas; que sean admiradas, amadas y respetadas, que tengan una juventud feliz y se casen bien y cuerdamente; que su existencia transcurra placentera, con pocos cuidados y tristezas hasta el día en que deban comparecer ante el tribunal de Dios.

“Ser amada y escogida por un hombre de bien es la cosa mejor y más grata, a que puede aspirar una mujer para ser feliz; pero prefiero ver a mis hijas casadas con hombres pobres, si quieren ser venturosas, que no ser reinas en los tronos sin el debido respeto y paz”.

La corta temporada que pasó Meg en aquella feria de vanidades representada por la vida elegante de la ciudad, dio ocasión a que se percatara de la simpleza y necedad de la gente chismosa que charloteaba en los “círculos aristocráticos” y aumentara todavía más su amor a la tranquila vida de familia.

Transcurrió el tiempo en aquella agradable compañía y las niñas se convirtieron en mujeres, cuya futura suerte creía su madre que estaba tal vez cercana. Jo, aficionada a colaborar en el “Portfolio de Pickwick” abrigaba la ambición de que apareciese su firma en los periódicos formales, y cuando un día recibió la noticia de que habían sido aceptadas dos de sus novelas no tuvo límites su alegría. Laurie se sintió tan orgulloso como si hubiese escrito aquellas obras él mismo. Aunque hasta entonces lo había mantenido en el mayor secreto, sospechaba Laurie que su tutor, señor Brooke, estaba enamorado de Meg, y así lo vio confirmado al encontrarle en uno de sus bolsillos un guante viejo de la joven; pero la idea de que alguien pudiera llevarse a Meg no le gustaba a Jo. “¡Ya veremos quién es el que lo intenta!”, exclamó fieramente.

Un día de noviembre se recibió un telegrama diciendo que el señor March se hallaba en el hospital de Washington y rogaba a su esposa que se llegara hasta allí. El cielo gris de noviembre se había súbitamente tornado negro. Todas las jóvenes andaban ocupadas en ayudar a su madre para partir aquella tarde, pero Jo desapareció misteriosamente y Laurie fue en su busca. Cuando volvió mostróse orgullosa al poner en manos de su madre veinticinco dólares con que ésta pudo aumentar la modesta suma de que disponía para los gastos del viaje. ¿De dónde había sacado Jo tan útil adición? Pues sencillamente de haber vendido sus hermosas trenzas, por lo cual apareció delante con el pelo cortado.

Negros fueron los días que siguieron, pues aunque al cabo de cierto tiempo se tuvo noticia de que el padre iba convaleciendo, la pobre Beth se hallaba postrada en cama con calentura, de que se había contagiado asistiendo al niño de una pobre mujer del pueblo, a la cual las cuatro hermanas habían prestado algunos ligeros servicios. No estaba ya nadie para poemas ni cuentos. Habíanse olvidado todas las bagatelas para cuidar solamente a la enferma querida; al recibirse la buena noticia de que el señor March se restablecía con rapidez, aún no había Beth entrado en convalecencia.

Llegaron las Pascuas de Navidad y como el padre se sentía ya fuerte, no quiso que sus hijas carecieran de lo que en tan alegre ocasión solían disfrutar. Era Nochebuena cuando compareció Laurie, con aire contento y mal reprimida excitación, que parecían ser heraldo de las buenas nuevas. Un momento después, mientras esperaban a que Laurie hablase, llegó el señor Brooke, llevando del brazo al señor March en persona, que avanzaba sonriente. Ocho brazos amantes se adelaron hacia él; Jo, presa de la emoción, se desmayó, mientras la peripuesta Amy caía de hinojos y se abrazaba a las piernas de su padre; el señor Brooke, por pura casualidad, besó a Meg, y Beth, con su traje rojo, saliendo de su cuarto corrió a echarse en los brazos del señor March, estrechándole fuertemente, con la alegría del regreso.

Poco después de haber quedado cofirmada la sospecha de Laurie referente al amor profesado por el señor Brooke a Meg, y no sin gran disgusto de la anciana tía (que deseaba ver casadas a sus sobrinas con hombres ricos) el señor y la señora March otorgaron su consentimiento para que Meg se convirtiese en la señora Brooke tres años más tarde, esto es, cuando cumpliese los veinte. Antes de que llegase el feliz día, Juan Brooke había tomado parte en la guerra y resultado herido por la gran causa, pero la contienda tocaba ya a su fin, y en vista de ello retiróse Brooke al pueblecito, entregado por completo a los preparativos del futuro hogar.

Durante aquellos años llegó Amy a ser una belleza completa; mientras Beth continuaba siendo tan dulce y tímida como siempre, y, Jo, tan niña como de costumbre, soñaba aún con los triunfos literarios y escribía novelas y cuantos que se apresuraban a adquirir los buenos editores. El señor March continuaba ejerciendo su profesión en casa; y su esposa, aunque mostraba ya el cabello encarnecido, sentíase fuerte y feliz. Lauie, que había abandonado ya el colegio, continuaba siendo el firme amigo de la familia.

Llegó, por fin, el día en que hubo de consentirse en que Meg abandonase su antiguo nido, pero no notó por eso gran diferencia, pues ella se pasaba la mayor parte del tiempo en casa de sus padres, como cuando era soltera.

Gran día fue para Jo aquel en que, habiendo ganado el premio de cien dólares en su concurso de novelas, pudo enviarlos a su madre y a Beth, que cada día estaban más macilentas, para que fueran a pasar un mes a orillas del mar.   

Jo había escrito también otra obra que obtuvo bastante éxito, pareciéndole que los trescientos dólares que le había producido constituían una fortuna. Su mayor anhelo era visitar a Europa y ver de cerca la vida de las famosas ciudades sobre las cuales tanto había leído. Correspondióle, sin embargo, mejor fortuna a Amy, pues la tía March le envió, como a sobrina predilecta, una buena cantidad para que, acompañada de alguna persona allegada, se diese una vuelta por el viejo mundo. Jo disimuló su desengaño y trabajó lealmente en ayudar a Amy en los preparativos de su largo viaje.

Durante todo este tiempo, Laurie había sido amigo sin distinción de las cuatro hermanas, de manera que, al decir Jo aquello de casarse “con nosotras”, no decía mal, pues no parecía querer más a la una que a la otra.
Por fin cayó Jo en cuenta de que la amistad que Laurie le demostraba se convertía en amor, lo cual había que evitar a todo trance, pues sospechaba que Beth andaba también de él enamorada; y este fue el motivo de que de repente se marchase Jo a Nueva York para ser maestra.

Mucho antes de ello había conocido al bueno y gallardo profesor Bhaer, de quien recibió lecciones de alemán. Claro está que Jo había pensado mucho en el profesor Bhaer; y esta era una de las razones que la impidieron ser la mujer de Laurie cuando este sincero amigo, que a la sazón se había graduado con mucho honor en su colegio, la propuso que fuese el encanto y la dicha de su hogar.

El anciano señor Laurence determinó en esto emprender un viaje a Europa, y Laurie le acompañó. Durante una de las excursiones encontró el joven a Amy en el mediodía de Francia, y vio con verdadero placer que su belleza había llegado a la plenitud. Si la negativa de Jo le había dejado lastimado el corazón por mucho tiempo, la presencia de Amy debía cicatrizar rápidamente la herida.

Mucho tardó en descubrir, con sorpresa, que Amy era la hermana de la que había amado. Un día, mientras recorrían el lago de Ginebra, a donde el joven la había seguido, Amy cogió un remo y juntos se deslizaron suavemente por la superficie del agua. Ninguno de ellos había pronunciado una palabra.

-¡Qué casualidad! ¡Ir juntos en el mismo bote! Exclamó Amy interrumpiendo el silencio.

-Eso quería yo, que fuéramos juntos en el mismo bote. ¿Quiere usted, Amy?- dijo tiernamente.

-Sí, Laurie,- respondió ella muy queso. Dejaron de remar ambos e inconscientemente añadieron una linda escena de vida y la felicidad humanas a los cuadros disolventes reflejados en el lago.

Volvamos ya a Nueva Inglaterra. Jo se hallaba muy solitaria, pero trabajaba tanto escribiendo y estaba tan ocupada en los quehaceres de la casa, que no se le hacían largos los meses. Un día entró en aquel hogar una nueva racha de felicidad al llegar Laurie y Amy ¡casados! Jo y Laurie fueron aún mejores amigos que antes, y la hermana mayor halló una nueva alegría en la ventura de Amy. A todo eso el profesor Bhaer se había hecho frecuente visitante de la casa, y hubo de enterarse de que Jo tenía la costumbre de ruborizarse cuando llegaba o cuando pronunciaba su nombre.

Por lo mismo no dio ocasión a gran sorpresa el que, en un lluvioso día, el profesor, aprovechando la oportunidad de ir con Jo bajo el mismo paraguas, le confesase que la quería, que desde hacía mucho tiempo llevaba su imagen grabada en el corazón y que deseaba saber si consentiría en ser su esposa, aunque se encontrase con las manos vacías. Estrechóle ella la mano efusivamente, y riendo exclamó: -“¡No las llene usted!” al paso que le notificaba estar animada para con él de los mismos sentimientos.


Hacía más de un año que había fallecido la anciana tía, dejando a Jo su casa de campo. Esto sugirió al buen corazón de la joven la idea de fundar una escuela de niños, que se intituló de la Mamá Bhaer, lo cual fue como reinar sobre un regimiento de pequeñuelos. No era ninguna escuela de lujo, ni el maestro consiguió ninguna fortuna, pero era lo que Jo quería que fuese: “Un hogar feliz para niños que necesitaban instrucción, cuidados y bondad.” Y en los años que siguieron, todos los días de fiesta, las hermanas con sus maridos, y el señor y la señora March, abuelos los más felices, comparecían en amorosa compañía para recordar los tiempos de antaño y las tiernas armonías de su infancia. En tales ocasiones se brindaba por “la tía que en gloria esté”. El profesor no olvidó nunca que tanta felicidad era debida al capricho de una anciana de buen corazón.