PRESENTACIÓN

ADIOSES, AUSENCIAS Y RETORNOS


Dinos en pocas palabras y sin dejar el

sendero, lo más que decir se pueda, denso, denso.

MIGUEL DE UNAMUNO.



Todo libro como todo hombre encierra en sí mismo una historia; así, los Resúmenes de obras famosas tienen la suya. Una historia propia que se remonta veinte años atrás y en la cual mi vida se halla inmersa, una historia a la que estoy sujeto por un cordón umbilical del cual no he podido desligarme. Estos resúmenes son fruto de mi pasión por la literatura, una pasión más fuerte y más intensa que cualquiera que haya sentido alguna vez. En el verano de 1982 fui contratado por un prestigioso colegio que buscaba mejorar su servicio académico. Como profesor principal del curso de literatura me encontré con un alumnado que tenía un común denominador: las ansias de aprender y conocer con el menor esfuerzo.

Con el entusiasmo y la impetuosidad propios de la juventud, elabore un programa de lo más variado donde los alumnos pudieran tener acceso a autores peruanos, españoles, latinoamericanos y europeos. Como sucede siempre, y ahora con mayor intensidad, encontré alumnos reacios a la lectura de obras voluminosas de difícil entendimiento, que exigían del lector un esfuerzo inusual, ¿Qué hacer? ¿Cómo prescindir de los hexámetros homéricos, de los tercetos de Dante, de la magia maquiavélica de un Yago o de una lady Macbeth, de los intrincados monólogos interiores de un Faulkner o un Joyce? ¿Y qué de los cuantiosos cursos que nuestros alumnos llevan en la secundaria con sus tediosas, torturantes y estériles tareas? Pero también existía una verdad que aunque dolorosa para mí, era muy cierta: “No solo de literatura vive el hombre común”. Había entonces que encontrar una solución al problema. Un toque divino me trajo la feliz ocurrencia de contar en horas de clase las obras que a mis alumnos no podían leer. El aula se convirtió entonces en una suerte de oyentes ansiosos por escuchar las locuras de José Arcadio Buendía, los sueños mesiánicos de Antonio Conselheiro, la transformación de Gregorio Samsa en insecto, los trasnochados remordimientos de madame Bovary o la afilada prosa de Manual González Prada, convertido yo, apasionado y eufórico narrador, en el mango del estilete. Y qué decir de la emoción y satisfacción que producían los versos de Neruda, Vallejo, Chocano, Buesa, Bécquer, Baudelaire o Espronceda cuando salían de mis labios en mis intentos declamatorios; esa avidez de mis alumnos fue satisfecha con creces. Sin saber cómo ni en qué momento, fui elaborando argumento de las obras narradas que, con el tiempo, fueron convirtiéndose en contenidos más amplios y consistentes hasta llegar a los resúmenes tal como se les conoce hoy. Estos resúmenes, ya agrupados en libros, me enseñaron a vivir la literatura con una entrega total, a la manera flaubertiana: con la literatura todo, sin la literatura nada. Esta experiencia fue para mí contundente y definitiva para aferrarme a mi propia obsesión, la de regir mi vida a través de la literatura. La de vivir literariamente, una vida como la de aquellos escritores que han llenado mis desvelos y vigilias con sus obras, en suma, decidirme definitivamente a ser como ellos.

Mis amigos desde niño, fueron los libros; el amor de mi vida han sido y seguirán siendo ellos. Nada ni nadie (sólo Dios en mis desvaríos) pueden reemplazarlos. Los amores humanos son fugaces cometas que atraviesan el cielo; la literatura, como yo la vivo y entiendo, es eterna, ella me ha permitido entender y amar a tantos hombres de letras; algunos ya no están, pero no han dejado de estar: Luis Alberto Sánchez, Augusto Tamayo Vargas, Julio Ramón Ribeyro, Guillermo Ugarte Chamorro, César Calvo, Mario Florián, Moreno Jimeno o Gustavo Valcárcel ; otros permanecen todavía iluminando el parnaso cultural de nuestra patria con su voz y presencia infinita: Washington Delgado, Jorge Bacacorzo, Leopoldo Chiappo, Leopoldo Chariarse, Arturo Corcuera, Estuardo Núñez, Vicente Azar, Jorge Puccinelli, Paco Bendezú, Alejandro Romualdo, Alfredo Bryce, Cronwell Jara, Marcos Yauri Montero, Ricardo González Vigil, César Ángeles Caballero, Winston Orrillo, Jesús Cabel O Alberto Valcárcel. Tantos quedan sin nombrar, pero su voz de aliento y estimulo permanecen en mi corazón para que siga adelante en esta difícil y agotadora labor de hacer llegar la obras de tantos hombres inmortales a través de estos resúmenes hechos con tanta dedicación y amor. Las voces de intelectuales extranjeros, conocedores de este trabajo, se sumaron también con su apoyo incondicional: Eliécer Cárdenas y Carlos Calderón Chico, desde Ecuador; Gladys Rossel desde Costa Rica; Manuel Ruano desde Argentina o José Manuel Solá desde Puerto Rico, que con sus opiniones, juicios y críticas han enriquecido estos resúmenes de obras famosas. En el camino de elaboración de los catorce volúmenes que constituyen esta colección me he topado con muchas dificultades; entre ellas, el tener que leer diferentes traducciones de una sola obra para poder trabajar la síntesis con la mayor exactitud posible.

La juventud con que comencé a elaborar estos resúmenes ha quedado atrás, sepultada con sus alegrías efímeras y sus profundas desilusiones (funesta edad de amargas decepciones), pero la emoción y el espíritu juvenil de esos años me han enriquecido con la edad. Los consejos de Sánchez, Tamayo, Florián, Washington Delgado y Reynaldo Naranjo no fueron vanos; ellos me inculcaron la tenacidad para perseverar en la literatura, a pesar del desaliento que nos invade día a día en un mundo de atroz ignorancia, más inhumano, agitado y frívolo como el que nos toca vivir.

Incluyo en esta edición los numerosos juicios que los Resúmenes de obras famosas han merecido durante estos veinte años. Si bien la amistad puede teñir las opiniones favorablemente, lo cual resulta comprensible, debo confesar que todos ellos fueron emitidos antes que surgiera la amistad con los autores de estos comentarios. Hago esta salvedad porque a veces las maledicencias disfrazadas de negro azogue o vulgo bilis se truecan en otras pasiones aún más bajas y urticantes; aguijón y cilicio guiados por la envidia que busca herir injusta y gratuitamente.

No puedo concluir este prólogo sin contar lo anecdótico. Tres anécdotas siempre tengo presentes; la primera es que siendo profesor de una academia preuniversitaria en Chosica, tuve entre mis alumnos al hijo del poeta Víctor Mazzi, buena razón para que cada fin de semana recalara en la casa del poeta para enfrascarnos en amenas charlas literarias, sobre todo de poesía; cómo se le encendían los ojos cuando le citaba lis versos de “Canto Coral” de Romualdo. Todavía guardo la antología de poesía revolucionaria que me obsequio con una sobria dedicatoria. Prometió hacerme un comentario a los Resúmenes de Obras Famosas, lo cual cumplió después de muchísimos años. La segunda está relacionada con Luis Alberto Sánchez, quien me indicó que no valía la pena incluir a Narciso Aréstegui en estas antologías; cuando le manifesté que haciendo un balance sobre el juicio que él me había hecho sobre el escritor cusqueño en su literatura peruana, Aréstegui salía ganando con creces, me contesto muy serio y cambiando de tema: “Así…pues, entonces inclúyalo”; también Luis Alberto tuvo un gesto conmigo que me gratifico muchísimo. Dedico su espacio diario de Radioprogramas del Perú para hablar elogiosamente de los resúmenes de obras famosas.” He llegado a más de un millón de personas”, me dijo. El tercero de ellos y quizá el más curioso tuvo como protagonista a Julio Ramón Ribeyro, quien, a manera de ameno reproche, me dijo que por qué había incluido “La botella de chicha” si era un cuento malísimo. Le di a entender que a mí me gustaba y que consideraba que aquella era una buena razón para figurar en la selección que había hecho, pero que estaba dispuesto a eliminarlo si él hacía lo mismo desterrándolo para siempre de su obra. Ribeyro quedo desconcertado. Una risotada de César Calvo alivio en algo la tensión. Ya a solas con César, le dije que después de lo sucedido no creía que Julio Ramón emitiera juicio alguno sobre los Resúmenes de obras famosas. Calvo, con el rostro serio y el ceño fruncido, me miró fijamente y me lanzo una de sus típicas ocurrencias: “No te preocupes, flaco, si Ribeyro firma hasta lo que escribe”. A los pocos días me llamo el hermano de Julio Ramón diciéndome que éste quería verme. Ya en su departamento barranquino, mirando las tranquilas aguas del Pacifico, me leyó esas pocas líneas imborrables para mí que en este libro he transcrito fielmente. Lo que más me emocionó es que me llamara poeta. ¡Qué laudable generosidad! El lama había descendido desde su Himalaya.

Guillermo Delgado.
Mayo 13 de 2003.

viernes, 22 de noviembre de 2013

VOLUMEN XXI





ÍNDICE

·         EL ARPA Y LA SOMBRA (Alejo Carpentier)
·         LA GUERRA Y LA PAZ (León Tolstoi)
·         CUENTOS PRETÉRITOS (Manuel Beingolea)






EL ARPA Y LA SOMBRA

Novela del escritor cubano Alejo Carpentier, publicado en 1979. Esta obra, como la novela “Concierto barroco”, es una obra breve, pero esto no significa que no sea una de las obras maestras del narrador cubano. La novela parte de la pretendida beatificación de Cristóbal Colón, que cuenta en un libro León Bloy y que por tres veces propusieron dos pontífices del siglo pasado, y crea una historia desmitificadora, crítica, llena de humor, un “irreverente relato”, como él decía, que es el último de sus juegos históricos. Curiosamente justifica el tema, tras tantos años de éxito con la fórmula de lo real maravilloso, escudándose en el aserto de Aristóteles que dice no ser oficio de poeta “el contar las cosas como sucedieron sino como debieran o pudieran haber sucedido”.

Alejo Carpentier suscribió en 1927 un Manifiesto que en embrión presentaba ya algunos postulados políticos de la todavía lejana Revolución cubana; varios de sus firmantes, entre ellos el narrador cubano, fueron encarcelados. Tras la salida de la cárcel su situación era insostenible, y decidió huir de Cuba aprovechando la documentación de Robert Desnos, poeta surrealista francés que había ido a Cuba a participar en el Congreso de la Prensa Latina en representación de un periódico de Buenos Aires. De esta forma Carpentier se alejó de Cuba cuando el vanguardismo comenzaba a dar sus frutos.

Puesto que la obra gira en torno al Descubridor de América, Cristóbal Colón, sería conveniente hacer una síntesis histórica de su paso por América. A finales del siglo XV, un marino un tanto estrafalario, que se decía genovés y conocedor de todos los mares, seguía a los reyes y su corte en demanda de ayuda para una empresa más amplia. Si idea, entre genial y equivocada, consistía en llegar a las costas orientales de Asia navegando hacia Occidente.

Nadie había intentado entonces la realización de semejante proyecto, que ni siquiera se sabía si era posible. Desde luego, los cálculos de Cristóbal Colón estaban equivocados, y venían a colocar al Japón poco más o menos donde está la isla de Cuba. (De aquí que el error perdurase aún después del descubrimiento). Los dictámenes de los expertos españoles- atenidos científicamente a los conocimientos de la época- resultaron, en líneas generales, desfavorables al proyecto, y, por otra parte, los Reyes Católicos habían concedido, desde los tratados de Alcacovan-Toledo, vía libre a los portugueses “versus indos”, por la vía de Oriente. ¿Hasta qué punto acceder a los deseos de Cristóbal Colón significaba faltar a los pactos? Se explican las dudas.

Pero al fin, en 1492, quedó autorizada y patrocinada la expedición, que lo mismo podía perderse para siempre en el océano que proporcionar a Occidente las más insospechadas perspectivas en todos los campos posibles: desde el económico y financiero hasta el evangélico. Organizada la expedición, gracias sobre todo a los buenos oficios de los hermanos Pinzón, salió Cristóbal Colón de la costa de Huelva con las embarcaciones “Pinta”, “Niña” y “Santa María” y, tras una breve escala en Canarias, inició la travesía atlántica, la expedición alcanzó tierra en Guanahaní, que Colón bautizó San Salvador. Sucesivamente tocaron otras islas del mismo archipiélago y, por último, Cuba, ya en las grandes Antillas, y La Española, donde el descubridor hizo construir un primer establecimiento colonizador, el llamado fuerte Navidad. Al regreso de la expedición, Cristóbal Colón fue recibido triunfalmente en Barcelona por los Reyes Católicos, y en seguida realizó su segundo viaje, en el que descubrió el archipiélago de las pequeñas Antillas, Puerto Rico y Jamaica, además de circunnavegar en buena parte de Cuba y realizar una fundación (La Isabela) en La Española, ya que el fuerte Navidad había sido destruido por los indígenas. Todavía realizó Cristóbal Colón dos viajes más: en el tercero descubrió la costa continental, desembocadura del Orinoco y las islas de Trinidad y Cubagua. Fue entonces cuando atravesó el descubridor sus primeras dificultades graves como virrey, dada su escasa capacidad de gobierno y la radical contraposición entre sus ideas y las de los españoles que lo acompañaban, empeñados en prolongar en América la vieja tradición repobladora y colonizadora heredada de la Reconquista. Llegadas a España nuevas alarmantes de la situación en La Española, enviaron los reyes en visita de inspección al comendador de Calatrava, que apresó a Cristóbal Colón y a sus hermanos Bartolomé y Diego, que habían ejercido cargos de responsabilidad en la isla, y los envió a España. La reina se apresuró a desagraviar al navegante, y todavía pudo realizar este cuarto viaje (1502), pero se le prohibió expresamente, que tocase en La Española.

En esta ocasión Cristóbal Colón descubrió la costa de América Central, entre Honduras y Panamá. Ya por entonces los llamados “viajes menores” habían permitido diseñar un amplio trazo del perfil oriental del continente, desde el Darién hasta el Río de la Plata. Sin embargo, Cristóbal Colón, que murió dos años después de su regreso, nunca llegó a sospechar que las tierras por él descubiertas no tenían nada que ver con Asia; en tal sentido, el descubrimiento intelectual de Nuevo Mundo cabe atribuirlo a Américo Vespuccio.

No es totalmente cierto, por último, que Cristóbal Colón muriera en la pobreza; conservaba el crédito que le otorgaban sus intactos privilegios, y su hijo Diego, al casar con una sobrina del duque de Alba, había de entroncar a su familia con uno de los más ilustres linajes castellanos. Fue enterrado provisionalmente en la cartuja de Las Cuevas (Sevilla); más adelante su hijo Diego, virrey de la Española, lo trasladó a la catedral de Santo Domingo. Como es sabido, el gran navegante no se expresa de manera correcta en ningún idioma. En su castellano se encuentran portuguesismos claros: por ejemplo, un deter por detener en la relación del tercer viaje. A su vez, cuando escribe en italiano no deja de incurrir en groseras faltas que revelan que no era este el idioma en que redactaba sus múltiples escritos normalmente. Esto es lógico. En efecto, Cristóbal Colón es ante todo un hombre de mar, y, por tanto, este marino estaba acostumbrado a chaparrear mil lenguas sin lograr expresarse bien en ninguna. A diario y durante sus años mozos el Almirante hubo de enterarse con sus compañeros en la jerga que entonces se llamaba “levantisca”, esto es, del Levante, del Mediterráneo en general; esto, sin embargo, de más encanto a unos relatos de viajes ya de por si interesantes para un lector de nuestros días. Relatos que, a pesar de todos los barbarismos, alcanzan a veces una sorprendente altura literaria, y que constituyen un documento histórico de primera magnitud para comprender una de las páginas más interesantes y de más trascendencia de la historia de las Humanidad: la conquista y colonización de América, amplio el horizonte del mundo hasta entonces conocido y explorado por Occidente, el cual se limitaba prácticamente a la cuenca del Mediterráneo, cuna de la civilización occidental, a Europa, la norte de África y el Próximo Oriente. Luego de esta necesaria introducción, vayamos al contenido de la novela de Carpentier.

La novela de Carpentier consta de tres partes simbólicas tituladas “El arpa”, “La mano” y “La sombra”. Tres partes que constituyen tres etapas en el proceso de desmitificación de la figura histórica del Descubridor del Nuevo Mundo.

La primera parte, relativamente corta, es en realidad una especie de introducción en la que se nos presentan las condiciones en las cuales se le ocurre al Papa Pio IX, a partir de una experiencia concreta en América Latina cuando todavía era joven sacerdote al servicio del Cardenal Giovanni Muzzi arzobispo de Philippoli en Macedonia, la idea de hacer canonizar a Colón y, por consiguiente, de presentar un proceso de beatificación como etapa previa (Pio IX, cuyo nombre era Giovanni Mastai Forretti, nacido en Senigallia. Papa de 1846 hasta su muerte. Vio el término pontificio incorporado por la fuerza a Italia, y convocó el Concilio Vaticano I que proclamó la infalibilidad papal. Autor de la encíclica Quanta Cura y del Sillabus de 1864, oponiéndose a las ideas democráticas que entonces estaban en boga. Fue el pontífice de más largo reinado. NOTA DEL AUTOR).

La misión apostólica en América Latina de la que forzaba parte el joven protagonista, había sido llamada por O´Higgins, jefe de la joven República chilena que sabía que España soñaba con restablecer en América la autoridad de su ya muy menguado imperio colonial, luchando denodadamente por ganar batallas decisivas en la banda occidental del continente, antes de ahogar en otras partes, mediante una auténtica guerra de reconquista- y para ello no escatimaría los medios- las recién conseguidas independencias. Y sabiendo que la fe no puede extirparse de súbito como se acaba, en una mañana, con un gobierno virreinal o una capitanía general , y que las iglesias hispanoamericanas dependían, hasta ahora, del episcopado español, sin tener que rendir obediencia a Roma, el libertador de Chile quería sustraer sus iglesias a la influencia de la ex metrópoli- cada cura español sería mañana un aliado de posibles invasores-, encomendándolas a la autoridad suprema del Vaticano, más débil que nunca en lo político, y que bien poco podía hacer en tierras de ultramar fuera de lo que correspondería a una jurisdicción de tipo meramente eclesiástico. Así se neutralizaba un clero adverso, conservador y revanchista, poniéndoselo sin embargo- ¡y no podría quejarse de ello!-.

La obra empieza en 1864, momento en que el papa Pío IX está por firmar la propuesta de beatificación de Cristóbal Colón, etapa previa a su canonización, y se termina a fines del siglo XIX, en el momento en que finaliza el proceso de beatificación. En este período real de menos de cuarenta años, se concentran, en realidad, unos cuatro siglos y medio de Historia que abarcan el nacimiento, la vida y la muerte del personaje principal (Cristóbal Colón), el descubrimiento del Nuevo Mundo, y todo el largo período de la Conquista, de la Colonización y de la Independencia política de América Latina. La misión apostólica salió de Génova el 5 de octubre de 1823 hacia “las inmensidades siderales”, la misión se presentaba para el joven Mastai como la repetición de aquella “prodigiosa empresa”, realizada más de tres siglos atrás por un ilustre genovés que “habría de dar al hombre una cabal visión del mundo en que vivía, abriendo a Nicolás Copérnico las puertas que le dieron acceso a una incipiente exploración del infinito.

Para mostrar el peso de Génova en la historia del mundo, el futuro papa Pío IX evoca entonces la figura de otro ilustre genovés, el Almirante Andrea Doria, que mandó en un principio la armada de Francisco primero de Francia y luego la de Carlos V y que, al final del relato, se encontrará con el fantasma de Cristóbal Colón (Andrea Doria 1468-1560. Marino genovés. Fue Capitán general del Levante. Estuvo a las órdenes de Francisco I, pero pasó a prestar servicios a Carlos V. Obtuvo victorias navales sobre los turcos y conquistó a Túnez. Al poder tomar Génova se le llamó “Libertador”. NOTA DEL AUTOR).

Llegado a Chile, al ver la importancia de las iglesias y conventos, el fervor de la Semana Santa y el vigor de la fe, el futuro papa tuvo la revelación de una América más inquieta, profunda y original de lo que esperaba con una humanidad en efervescencia, inteligente y voluntariosa, siempre inventiva aunque a veces desnortada, generadora de un futuro que sería preciso aparear con el de Europa. Es entonces que el futuro Pío IX pensó que el elemento unificador podría ser la fe. Pasando revista a los diferentes santos del Nuevo Mundo no encuentra ninguno capaz de desempeñar ese papel. Entonces es cuando piensa en Cristóbal Colón, el portador de Cristo, que se le aparece como el mejor antídoto contra las ideas de los enciclopedistas franceses y de los filósofos Voltaire y Rousseau que han penetrado en América contribuyendo a su independencia política y, como lo ha podido observar, siguen influyendo en los gobiernos del argentino Bernardino Rivadavia y del nuevo presidente chileno Freire. De tal forma que, en el espíritu del futuro Pío IX, Cristóbal Colón, convirtiéndose en santo planetario, podría ser el elemento unificador entre europeos e hispanoamericanos.


“No. Lo ideal, lo perfecto, para compactar la fe cristiana en el viejo y nuevo mundo, hallándose en ello un antídoto contra las venenosas ideas filosóficas que demasiados adeptos tenían en América, sería un santo de ecuménico culto, un santo de renombre ilimitado, un santo de una envergadura planetaria, incontrovertible, tan enorme que mucho más gigante que el legendario Coloso de Rodas, tuviese un pie asentado en esta orilla del continente y el otro en los finisterres europeos abarcando con la mirada por sobre el Atlántico, la extensión de ambos hemisferios. Un San Cristóbal, Christophoros, Portador de Cristo, conocido por todos, admirado por los pueblos, universal en sus obras, universal en su prestigio. Y, de repente como alumbrado por una iluminación interior pensó Mastai en el Gran Almirante de Fernando e Isabel”.


La segunda parte del libro, en la que Cristóbal Colón, en su lecho de muerte, está esperando a su confesor, se presenta, en cierta forma, como una especie de novela dentro de la novela. A lo largo de las 131 páginas que constituyen esta segunda parte de la novela, Alejo Carpentier trata de persuadir al lector de que toda la historia de Cristóbal Colón no ha sido más que farsa o impostura, como lo subraya el símbolo cervantino anacrónico del Retablo de las Maravillas. Dice el mismo Colón… “cuando me asomo al laberinto de mi pasado en esa hora última, me asombro ante mi natural vocación de farsante, de animador de antruejos, de armador de ilusiones, amanera de los saltabancos que en Italia, de feria en feria- y venían a menudo a Savona- llevan sus comedias, pantomimas y mascaradas. Fui trujimán de retablo, al pasear de trono en trono mi Retablo de Maravillas”.

Gracias a la técnica de confesión que presupone un tono de sinceridad, el descubridor del Nuevo Mundo “hablará, lo dirá todo”. Es así que Carpentier intenta crear un ambiente favorable a la desmitificación del héroe y de su empresa de descubrimiento, pretendiendo mostrarlo no tal como lo hizo la leyenda, sino tal como fue realmente o, por lo menos, tal como hubiera podido ser, como señala en la advertencia a su novela.


“En 1937, al realizar una adaptación radiofónica de El libro de Cristóbal Colón de Claudel para la emisora Radio Luxemburgo me sentí irritado por el empeño hagiográfico de un texto que atribuía sobrehumanas virtudes al Descubridor de América. Más tarde me topé con un increíble libro de León Bioy, donde el gran escritor católico solicitaba nada menos que la canonización de quien comparaba, llanamente, con Moisés y San Pedro.

Lo cierto es que dos pontífices del siglo pasado. Pio nono y León XIII, respaldados por 850 obispos, propusieron por tres veces la beatificación de Cristóbal Colón a la Sacra Congregación de Ritos, pero ésta, después de un detenido examen del caso, rechazó rotundamente la postulación.

Este pequeño libro sólo debe verse como una variación (en el sentido musical del término) sobre un gran tema que sigue siendo, por lo demás, misteriosísimo tema… Y diga el autor, escudándose con Aristóteles, que no es oficio del poeta (o digamos del novelista) “el contar las cosas como sucedieron, sino como debieron o pudieron haber sucedido”.


La tercera parte es la continuación de la primera. Estamos en Roma a fines del siglo XIX y aístimos a la reconstrucción grotesca del proceso de beatificación del Gran Almirante de la Mar Océana, con actores vivos y muertos que, gracias a la magia del verbo, han recobrado vida para la circunstancia, el Postulador José Baldi, León Bloy el impugnador de la leyenda negra de la conquista, el Presidente, el Protonotario, el Abogado del Diablo, Schiller, y los testigos de cargo, Víctor Hugo, Julio Verne, Alfonso de Lamartine y Bartolomé de las Casas, todas las épocas confundidas, sin hablar de la presencia del fantasma invisible del mismo Cristóbal Colón en busca de una identidad que no ha podido hallar en la confesión ni en la muerte. Entonces todo viene tratado por Alejo Carpentier a contratiempo y en contrasentido bajo la forma de una comedia burlesca, o más bien de una ópera bufa, en un ambiente temporal y espacial totalmente esperpéntico ya que en el tiempo y el espacio novelescos se confunden el espacio y el tiempo reales con el tiempo y espacio míticos. Todo ello nos conduce a la caída del héroe que, hallándose solo en la Plaza de San Pedro, pudo saborear la amargura de su propio fracaso recordando los versos de la tragedia “Medea” de Séneca que le había servido de libro de cabecera, antes de desaparecer para siempre.


“..Y mientras empezaban a sonar claras campanas en aquel melodía romano, se recitó los versos que parecían aludir a su propio destino: “Tifis, que había domado las ondas / tuvo que entregar el gobernalle a un piloto de menos experiencia / que, lejos de los predios paternos, / no recibiendo sino una humilde sepultura / bajó al reino de las sombras oscuras”… Y en el preciso lugar de la plaza desde donde, mirándose, hacia los peristilos circulares cuatro columnas parecen una sola, el Invisible se diluyó en el aire que lo envolvía y traspasaba, haciéndose uno con la transparencia del éter”


Es así como Cristóbal Colón regresa a la muerte de donde había intentado fugarse, la novela al mito del que había pretendido liberarse. Intenta rescatar de la advertencia que el autor hace a su novela, la cual ya hemos citado anteriormente, que Carpentier intenta prevenirse contra las futuras críticas que, como veremos más adelante, el lector avisado le podría hacer a propósito de las libertades que se toma con la verdad histórica. Pues, si bien es cierto que en su conjunto el escritor sigue, en la presentación de los sucesos relativos a la biografía de Cristóbal Colón y la realización de su empresa de descubrimiento, la historiografía oficial y el relato del viaje del mismo Colón. En cambio, en la interpretación de dichos acontecimientos y de la biografía del Almirante se aparta de la historia panegírica oficial.
Conviene señalar también que en la reconstrucción del itinerario histórico del Descubridor del Nuevo Mundo, apelará varias veces a la leyenda para apoyar la tesis de la impostura que defiende en su novela. Uno de esos grandes lo constituye, por ejemplo, el episodio en que Maestre Jacobo de cuenta al futuro Almirante la saga de los Normans o vikingos. Asimismo, cuando la reina Isabel la Católica entra en escena, lo puramente histórico deja paso a lo novelesco y origina uno de los mejores momentos del relato. Las relaciones apasionadas entre Colón y la Reina no dejan de ser, sin embargo, reveladoras de la personalidad enigmática del Descubridor de Nuevo Mundo igual que del sentido político de la reina, porque están inmersas en un sustrato histórico perfectamente dibujado en el que cada uno de los dos amantes desempeñan su propio papel político.
                           


    

LA GUERRA Y LA PAZ
Novela histórica del escritor ruso León Tolstoi, cuyo argumento se inicia en el año 1805.

Las noticias que llegan de Francia causan profunda emoción. Todo el mundo está hondamente preocupado. Napoleón Bonaparte se ha hecho proclamar emperador de los franceses, y entre los miembros de su familia reparte reinos y principados como si se tratase de feudos hereditarios.

Meses antes, como medida de represalia contra una conjuración tramada por los nobles y los realistas franceses emigrados, Napoleón había ordenado la invasión de un territorio extranjero para detener al joven duque de Enghien, hijo del príncipe Enrique de Borbón, al que hace fusilar, sin proceso.

Ahora ya no es sólo la Francia revolucionaria, sino el mismo Napoleón quien inspira horror a las cortes europeas.

La opinión de la Santa Rusia ortodoxa está soliviantada, y en los salones aristocráticos se comentan con indignación los espantosos acontecimientos que se están desarrollando en Francia.

Estamos en vísperas de la jornada que desembocará en la batalla de Austerlitz.

Una tarde del 1805, en el salón de Ana Pavlovna Scherer, dama de honor de la zarina, están reunidos algunos de los más importantes personajes de la nobleza de San Petersburgo, entre ellos el príncipe Basilio Kuraguín, hombre astuto, melifluo y hábil diplomático, que anda tras una mujer rica para uno de sus hijos, el depravado Anatolio, y un marido acaudalado para su hermosísima hija Elena.

Otro prócer que por su preeminencia atrae la atención de los reunidos, es el príncipe Andrés Bolkonski, oficial de órdenes del generalísimo Kutusov y uno de los jóvenes más brillantes e inteligentes de la capital.

La conversación transcurre animadamente, cuando llega un nuevo invitado que, de golpe, crea una nota discordante en aquel ambiente mundano y reaccionario.

El recién llegado es un jovenzuelo de gruesos lentes, alto y recio, de atuendo excéntrico y un aire poco propicio al agrado de los reunidos. Se llama Pedro, y es hijo natural del viejo conde Besukov, personaje famoso en tiempo de Catalina. Acaba de regresar del extranjero, adonde su padre le había enviado a instruirse, y vino a la capital con la esperanza de abrirse camino en la vida; pero él, en vez de preocuparse de lo que convenía a su porvenir, se había entregado a una vida disoluta bajo la guía de Anatolio, el corrompido hijo del príncipe Kuraguín.

Es ésta la primera vez que Pedro se asoma a un salón aristocrático, y, desde su aparición, no hace más que cometer ligerezas. En una reunión en la que se moteja al gran corso llamándole “el nuevo Atila, el Anticristo, el asesino”, se permite sostener que Napoleón es un genio, que la muerte del duque de Enghien fue necesidad política y que Rusia vive muy atrasada en punto a las corrientes ideológicas imperantes. Las opiniones de este jovenzuelo imprudente ponen en grave aprieto a la dueña de la casa y a todos los presentes. El único que se muestra inclinado a compartir los juicios de Pedro, es el joven príncipe Andrés.

Terminada la reunión, Pedro se va a cenar con el príncipe Andrés, quien le anuncia que la guerra estallará ciertamente y que él está decidido a incorporarse al Estado Mayor de Kutusov, que mandará el ejército ruso en la campaña que se avecina. Su esposa, la bella princesa Lisa, residirá con su hija, la princesita Maria, en Lissia-Gori, una finca cercana a Moscú, donde vive el padre de Andrés, el viejo príncipe Nicolás.

El viejo conde Besukov se halla hace días entre la vida y la muerte; junto a la cabecera de su cama se han reunido precipitadamente los parientes, y, antes que nadie, el príncipe Basilio, uno de los presuntos herederos por parte de su esposa. El conde Besukov es uno de los próceres más acaudalados de toda Rusia, y no tiene hijos legítimos. Se asegura que ha escrito una carta en la que solicita del Zar la legitimación de Pedro, que convertiría a éste en heredero de su inmensa fortuna; y como la famosa carta existe, se confabulan los parientes para hacerla desaparecer, tratando de evitar que cuando expire el viejo conde Besukov, Pedro sea el único heredero de sus cuantiosos tesoros.

Fracasada la maniobra, el príncipe Basilio maquina el medio de sacarle el mayor partido posible al nuevo conde Besukov. Se lo lleva a su casa y le convence para que se case con su hija Elena, que goza fama de ser la joven más bella de Rusia.

Entre las familias cuyo trato frecuenta Pedro, figura la de los Rostov. El conde Elías tiene un corazón de oro; su casa está abierta a todo el mundo y la mesa puesta para cuantos quieran comer con él. Gasta sin tino, con absoluta despreocupación del estado de su hacienda, que va de mal en peor.

Tan generosa y afectiva como él es la condesa Natalia, su mujer.

El hijo mayor, Nicolás, es un gallardo mozo de veinte años. Oficial de la Guardia, arde en deseos de batirse por la Santa Rusia y por el zar. Siente tierna pasión por una prima suya, Sonia, pobre y hermosa, a la que los Rostov han acogido en su casa. Nicolás le ha prometido cuando vuelva de la guerra se casará con ella.

La hija mayor, Vera, es una joven sesuda e inteligente. Tiene relaciones con un amigo de Nicolás, también oficial de caballería. El menor de los hermanos, Petia, es casi un niño. Pero la más interesante de todos, las más traviesa, las más adorable, es Natacha, una muchachita de catorce años a la que apodan el Cosaco familiarmente; todos la quieren por la viveza de carácter y sus muestras de ingenio.

Pero todos estos aristócratas no tardarán en sumirse en hondas preocupaciones, porque la guerra contra Napoleón ha comenzado. Nicolás y el príncipe Andrés parten para el frente.

La única preocupación del príncipe Andrés se reduce a no dejar sola a Moscú a su esposa la princesa Lisa, próxima a dar a luz. El príncipe toma la determinación de llevarla a sus vastas posesiones de Lissia-Gori, donde reside su padre, el irascible príncipe Nicolás Bolkonski.

El viejo príncipe vive con la princesita María, sobrina y ahijada suya, muchacha angelical, aunque algo tosca. Con todo, es hombre de tierno corazón y adora a su sobrina; pero dominado por su mentalidad de antiguo guerrero, la atormenta, obligándola al estudio constante de las matemáticas, sometiéndola a cálculos algebraicos y haciéndola víctima de sus furiosos accesos de ira por cualquier nonada.

Cuando llega el hijo para anunciarle su propósito de marchar a la guerra, no pude menos que aprobar su resolución. A su modo de ver, Bonaparte no pasa de ser un aventurero afortunado al que el ejército de la Santa Rusia derrotaría en un santiamén si tuviera al frente un buen general, como lo fue su viejo amigo Suvarov.

-      Ve, y cumple con tu deber - le dice el padre-, Recuerda que eres hijo de Nicolás Bolkonski.

Le entrega una carta de presentación para el generalísimo Kutusov, le abraza, y, para que no advierta el hijo su emoción, lo echa bruscamente de su estudio, y se encierra en él.

El príncipe Andrés es un idealista de espíritu romántico. Le angustia la monótona vida burguesa que discurre entre conversaciones de salón y cotorreos, y admira a Napoleón porque su genio militar ha logrado conmover hasta los cimientos de la vieja Europa feudal.

También siente anhelos de gloria, y parte a la guerra dominado por la idea de hacer algo grande que le distinga entre todos; concebir, por ejemplo, un nuevo plan de ataque que equivalga para él lo que el sitio de Tolón fue para Bonaparte.

Pero en el Cuartel General de Kutusov no encuentra más que oficiales alemanes llenos de presunción, que trazan planes complicados y ridículos, y al viejo general en jefe, que, escéptico y fatalista, no le presta atención. Sin embargo, en medio de tantos estrategas de gabinete, Kutusov es el único que tiene ideas claras.

Sabe que Napoleón es una especie de Aníbal con el que nadie puede enfrentarse en campo abierto, porque los recursos de su ingenio militar son inagotables, y todo su afán estriba en hacer comprender que lo único que procede es adoptar contra él la táctica de Fabio, consiste en rehuir los combates y ganar tiempo; pero nadie le hace caso.

Un jactancioso general alemán ha preparado un plan en el que se pasa revista a las veintisiete hipótesis que, según él, prevén todos los posibles movimientos de Napoleón. El príncipe Andrés, tras haber llevado a cabo una misión en Viena, donde presencia el desorden provocado por la caída de Ulm, se encuentra ahora en el Gran Cuartel general ruso, que prepara, con la intervención personal del zar y del emperador de Austria, los planes de campaña que han de presidir la terrible batalla de Austerlitz.

Los dos ejércitos se hallan frente a frente a uno y a otro lado de una vasta extensión de estanques helados. Durante la noche, en la colina donde acampa el ejército francés, humean las hogueras de los vivaques y se oyen los gritos de los soldados que aclaman al emperador.

El príncipe Adres tiembla de ansiedad. La aurora del siguiente día iluminará la gloria que conquistará en la batalla. Se batirá como un gran héroe. Junto a él se halla otro oficial con vivos deseos de batirse: Nicolás Rostov. Había visto aquella mañana al emperador Alejandro I, y con el ardoroso entusiasmo de su alma juvenil, quería ofrendarle la vida.

Apuesta el alba terrible.

Desde lo alto de una colina, rodeado de su Estado Mayor, Napoleón observa los torpes movimientos de los ejércitos aliados. Con su genio infalible ha adivinado el plan de los sapientísimos oficiales alemanes, y apenas se rasga la niebla matinal, se quita un guante y da la orden de ataque. Los franceses llevan a cabo una maniobra habilísima contra el flanco del ejército austrorruso, que es rechazado hacia la región pantanosa. La artillería francesa dispara contra el hielo de los estanques, que se deshace, y los regimientos aliados son engullidos uno tras otro.

El desastre es inmenso.

El regimiento de Nicolás Rostov es destruido, y él se salva a duras penas. Cuando el príncipe Andrés advierte que todo se ha perdido, empuña una bandera y se lanza a la lucha. A los pies de su caballo revienta una granada, el animal cae destripado y el jinete rueda por el suelo gravemente herido.
Cuando el herido se recobra, ve que en el campo de batalla es casi de noche.

Las derrotadas tropas austrorrusas se retiran desordenadamente: en la desolada llanura de Austerlitz, yacen muertos o heridos cuarenta mil hombres.

Andrés abre los ojos. Tendido de espaldas, no pude moverse; pero tiene despejada la mente. Fija su estática mirada en un espectáculo, nuevo para él, que le oprime el corazón. En el cielo profundo flotan unos blancos cirros. ¡Qué cosa tan inmensa, qué placidez transpira el infinito cielo azul, y qué insignificante es la vida ante tanta grandeza! ¿Cómo era posible que hasta entonces no hubiese posado su vista en el cielo, lugar donde mora Dios? Comparado con él, todo es mezquino y despreciable en la tierra, hasta Napoleón. Y he aquí que Napoleón se aproxima, seguido de su Estado Mayor. Tras la victoria, recorre el campo de batalla. Ante el príncipe Andrés detiene el caballo, y al reconocer por el uniforme del caído que es un oficial del Estado Mayor enemigo, y ver junto a él una bandera, exclama:

-¡Qué honrosa muerte!
Y tras ordenar que sea recogido y curado el oficial, sigue adelante.

Mientras tanto, en Lissia-Gori se desarrollan otros acontecimientos interesantes. Como sabemos, el príncipe Basilio buscaba una mujer rica para su hijo Anatolio, y Ana Scherer, después de aquella velada que se había celebrado en sus salones, le habló a la princesa Lisa sobre la conveniencia de un matrimonio entre la princesa María Bolkonski y el joven Kuraguin. Sabia la princesa Lisa que su cuñada no era feliz con aquel padre despótico y procuró facilitar un encuentro entre los dos jóvenes. Y, en efecto, después de haber partido el príncipe Andrés a incorporarse, había llegado a Lissia-Gori el príncipe Basilio y solicitando del viejo Bolkonski permiso para visitarle en unión de su hijo, con el fin de pedir oficialmente la mano de María para Anatolio.

“El rey de Prusia” advierte al punto que aquel aventurero de Anatolio no acude a él por amor a María, sino atraído por la considerable dote de la joven, y acoge a los visitantes con un humor de perros. Por su parte, la princesa Lisa se afana durante toda la mañana para elegantizar a su cuñadita; la chica es ruda, y con el vestido nuevo y el peinado especial que le han hecho para tal día aún resulta más ordinaria.

Anatolio Kuraguín era un guapo mozo y la princesa María pensó con agrado en la posibilidad de desposarse con él. Pero, ¿sería bueno? ¿La querrá verdaderamente? Pronto estaría en condiciones de saberlo por sí misma. Aquel mismo día hizo una observación de la mayor importancia: Kuraguín, sin preocuparse de su prometida, se dedica a cortejar a la hermosa señorita Bourienne, joven francesa que desempeña en la casa el papel de señorita de compañía. Así es que ya no dudó de la vileza de aquel tipo. Con este convencimiento, al ser preguntada por su padre, se niega a acceder a la petición del príncipe Basilio, y dice en presencia de su prometido:

-No, no quiero casarme; deseo continuar viviendo a tu lado.

En esto llega al castillo la noticia de la derrota de Austerlitz, y, casi simultáneamente, la de la muerte del príncipe Andrés, que no figura en la relación de los heridos ni de los que lograron huir. Así es que todos lo dan por muerto.

La noticia no le es comunicada a la pobre princesa Lisa en atención a su delicada salud. Pocos días más tarde, se ve obligada a guardar cama. Todos rodean con ansia el lecho de la enferma cuando avisan los criados que se ha detenido una carrosa a la puerta. La princesa María cree que debe ser algún extranjero que ignora el ruso, y echándose un mantón sobre los hombros, sale a ver quién es el que llega. Un hombre envuelto en un abrigo de nieve, avanza hacia la joven. La princesita lo reconoce es seguida: es el príncipe Andrés, pálido, demacrado, con la mirada apagada. Y se abrazan afectuosamente.

María le ha esperado sin creer un momento en su supuesta muerte. Andrés llega a tiempo para asistir a la agonía de su esposa. Aquella misma noche, la princesa Lisa da a luz un niño y exhala su último suspiro en brazos del resucitado de Austerlitz.

Al mismo tiempo se han registrado tristes acontecimientos en casa de Pedro Besukov. Su matrimonio con Elena Kuraguín ha sido una desdicha. Desde el primer momento Elena da pruebas de su carácter irreflexivo y atolondrado. No cabe acuerdo entre ella y el honesto y solícito Pedro. En seguida surgen graves disgustos entre los conyugues. Pedro, por una ligereza de su mujer, tiene que batirse con un oficial. Besukov hiere a su adversario, y extinguido el interés que pudo haberle inspirado su esposa, la abandona a su suerte y se reconcentra en sí mismo. Quiere renovarse espiritualmente, dar un contenido moral a su vida y lanzarse resueltamente por el camino del bien. Durante un viaje, conoce en el tren a un individuo que se erige en su director espiritual y que le aconseja afiliarse a una sociedad secreta que tiene por finalidad la renovación del mundo bajo la enseña de la libertad del pensamiento y de la fraternidad de todos los hombres. También se entrevista con el príncipe Andrés, por el que siente, además de respeto, un afecto profundo; y le encuentra muy desanimado y lleno de preocupaciones respecto al porvenir. Desde el desastre de Austerlitz, ha cambiado de un modo sorprendente: es ahora un escéptico que ha adoptado una amarga filosofía y hace gala de un egoísmo que no concuerda con sus generosos sentimientos. La muerte de su mujer le ha afligido hondamente: se siente solo y la vida carece de sentido para él. Su única ocupación consiste en asistir a su padre, a quien el zar ha designado para ocupar un alto mando militar en el distrito.

Pasados seis años de la jornada de Austerlitz, el príncipe Andrés tiene que ir un día a la residencia de los condes de Rostov por un motivo relacionado con los deberes militares de su padre. Natacha es ya una joven encantadora que causa admiración a cuantos la tratan. Y Natacha y Andrés se encuentran. La joven he oído hablar del príncipe como de un alto personaje. Toda la nobleza de Moscú había comentado, enternecida, la historia del joven príncipe Bolkonski, coronel y ayudante de órdenes del generalísimo Kutusov. Habiendo caído enarbolando una bandera en Austerlitz, como un verdadero héroe, se le había sido recogido en el campo de batalla por orden de Napoleón y curado por el propio médico del emperador. Y él, en un impulso romántico, sin estar restablecido de sus heridas, había retornado a su hogar con el tiempo preciso para recoger el último suspiro de su esposa.

Los Rostov acogieron con gran respeto y con su habitual afabilidad al príncipe Andrés, el cual halló en Natacha una joven sumamente interesante.
Aquella noche no pudo dormir Andrés. Dejando el lecho se asomó al balcón para contemplar el plenilunio. En la ventana del piso superior que daba sobre su estancia, conversaban dos mujeres. La noche era divinamente hermosa: argéntea claridad inundaba la campiña: todo era paz y silencio, sólo interrumpido por la dulce voz de una de las jóvenes que se hallaban en la ventana de arriba y que expresaba con ingenuo entusiasmo sus íntimos sentimientos ante el espectáculo que ofrecía la naturaleza. Decía que hubiera querido tener alas para volar en aquella maravillosa noche de luna. La joven era Natacha.

El príncipe Andrés se siente fascinado por la gracia exuberante de la muchacha. Y la pide en matrimonio. Natacha se queda aturdida al oírlo; pero la petición la hace feliz. Se resiste a creer en su inaudita fortuna. La familia está entusiasmada. El príncipe Andrés no es sólo el más célebre de todos los oficiales jóvenes del Ejercito, sino también muy rico y especialmente considerado por todos los cortesanos por su arrogancia y heroísmo.

Pero el viejo Bolkonski acoge la noticia con frialdad. Adora a su hija, hasta el punto de ser el único con quien se muestra sociable. Este matrimonio improvisado de un viudo de treinta y cinco años con una muchacha que aún no ha cumplido los veinte, sin dote y de una familia desordenada por la prodigalidad de los padres, no le hace gracia. Y cuando Natacha va a Lissia-Gori para conocer a María y a su futuro suegro, el viejo príncipe no disimula el deseo de poner rápido fin a la entrevista.

Lo sucedido exaspera a Natacha. Tras semejante humillación, está convencida de que en casa de su esposo su presencia no merecía más que una simple tolerancia. En tal estado de ánimo, una noche asiste a un baile en el que conoce al joven Anatolio, hijo del príncipe Kuragruin, que ostenta su brillante uniforme. También conoce a su hermana Elena, y en su compañía se siente como embriagada. Anatolio y Elena la tratan con una simpatía que contrasta con la frialdad que ha encontrado en casa de Andrés, donde sólo había recibido humillaciones que la habían desilusionado. A impulsos de estos sentimientos, no obstante ser una chica juiciosa, se deja dominar por los halagos de Anatolio y acepta el plan que éste le propone: sus padres no consentirán que se case con otro hombre, una vez prometida al príncipe Andrés. Lo mejor es que huyan juntos, aquella misma noche, y se casen ante el cura de un pueblo próximo.

Se separan con este propósito. Pero alguien vigila a Natacha: María Dimitrievna, amiga de la familia. Y cuando Anatolio, acompañado de unos amigos, llega en una troica a escasa distancia de la morada de los Rostov, advierte que su plan ha sido descubierto. Natacha está encerrada en su cuarto, sin poder salir, y la servidumbre vigila todas las puertas.

El golpe es terrible para el príncipe Adres. Experimenta la más dolorosa desilusión de su vida. Busca a Anatolio para matarle en un duelo; pero los acontecimientos se precipitan: Napoleón le declara nuevamente la guerra a Rusia, y al frente de un ejército de seiscientos mil hombres ha hollado los confines de la patria. El príncipe Andrés se despide de su anciano padre, de la princesa María y de su hijito Nicolenka, y parte a la guerra.

Finaliza el mes de junio de 1812. Andrés llega al Cuartel General del Ejército. El entusiasmo es enorme. Los soldados lucharán hasta morir, en defensa de la Santa Rusia y para rechazar al invasor. También están en campaña Nicolás Rostov, que ostenta el grado de capitán, y su hermano menor, Petia, aún imberbe, que se ha inscrito como cadete.

El emperador Alejandro se encuentra entre sus generales. El avance de Napoleón es incontenible. Los rusos se retiran incendiando pueblos y ciudades y dejando ante el invasor un desierto desolado. El generalísimo Kutusov sigue rodeando de generales alemanes, petulantes y presuntuosos, que trazan sobre los mapas planes infalibles para pulverizar a Napoleón; pero esta vez no prevalece su opinión, y Kutusov persiste en la retirada general.

El viejo Bolkonski está consternado. Ha tenido que abandonar su residencia de Lissia-Gori y refugiarse en Moscú con la princesa María y su nietecito. Su corazón se ha debilitado. No coordina las ideas y lee en las cartas de Andrés cosas que sólo existen en su imaginación. Está convencido de que Napoleón no pasará del Niemen, cuando ya está en las puertas de Moscú.

Un buen día decide regresar a Lissia-Gori, resuelto a instalarse en su casa para esperar a los franceses.

-Me defenderé mientras pueda y me haré matar entre los muros de mi casa- declara el viejo.

Se pone su uniforme de general, con todas las condecoraciones, y se va a comunicarle su decisión al comandante militar del distrito; pero a los pocos pasos le sobreviene un ataque apoplético, y conducido a su casa muere tras larga agonía.

Mientras tanto, el ejército ruso que defiende Moscú se dispone a hacerle frente al ejército invasor. Se lucha encarnizadamente por parte de uno y otro bando; truena la artillería, las posiciones son desesperadamente defendidas; pero acaba triunfando el genio de Napoleón. Los rusos inician la retirada. Antes de empezar, el príncipe Andrés cae mal herido en el vientre, y es recogido en estado agónico. En el momento en que lo transportan en brazos, reconoce a otro oficial, retirado del campo de batalla por tener una pierna destrozada por una bala de cañón: es Anatolio Kuraguín, que expía sus culpas muriendo por la patria.

El ejército ruso se retira de las posiciones y abandona Moscú, que ocupan los franceses. Pero de los cuatro ángulos de la ciudad surgen llamaradas que amenazan devorarlo todo: en pocas horas queda Moscú envuelta en llamas y los invasores sólo contemplan un montón de ruinas.

El pánico se apodera de la retaguardia. La nobleza ha huido hacia el Norte antes de la entrada de los franceses. Una de las familias nobles fugitivas es la de Rostov.

En su retirada, los soldados rusos requisan el forraje para sus caballos. Nicolás Rostov llega a la casa de campo de los Bolkonski, en Bogucharovo, en busca de heno para los caballos de su regimiento. Ignora que esta finca pertenece al príncipe Andrés, prometido de su hermana. Frente a la casa, unos campesinos hablan animadamente, lo que le hace suponer que allí ocurre algo anormal. Pregunta por la dueña de la casa, y un campesino le conduce a donde está como trastornada por el terror. Había dado orden de preparar el carruaje para huir antes de que llegaran los franceses; pero los criados se resisten a hacerlo.

Cuando ve a Nicolás Rostov, con uniforme de oficial, se adelanta hacia él y con sus luminosos ojos arrasados en lágrimas le suplica que la proteja y que facilite su marcha del pueblo.

Nicolás se siente conmovido ante aquella jovencita que está sola en medio de tantos horrores. Se inclina respetuosamente ante la damita, y sale de la estancia en busca de los campesinos.

-A ver, ¿quién es vuestro jefe?- les grita, fuera de sí-. Que se presente ese traidor a quien voy a castigar.

Es tanta la energía del oficial que los rebeldes se someten y uncen los caballos al carruaje. Y la princesa María, escoltada por Nicolás y sus compañeros de armas, reanuda la marcha hacia el Norte.

Después de una cura de urgencia en un hospital de campaña, el príncipe Andrés es trasladado a una de las ambulancias que se dirigen hacia el Norte y que por el camino encuentra a la columna de fugitivos en que van los Rostov.

La noticia de la llegada del oficial herido se esparce al punto y llega a oídos de Natacha, que exige verle. Andrés ha sido trasladado a una isba, donde yace a la par que otros heridos. Natacha se persona en ella: el príncipe está tendido en un pobre lecho, dominado por la fiebre. La joven le contempla un momento y se aproxima al herido. Sin decir una palabra se arrodilla junto al lecho. El príncipe le sonríe y le toma una mano.

En medio de su agonía, indiferente a todo, recobra fuerzas al ver a aquella joven a la que soñó un día hacerla su esposa.

Durante varias semanas Natacha asiste al herido con solicitud de hermana. Andrés delira a veces, y en los momentos de lucidez se alegra al ver a la joven a su lado, y pide que le traigan un libro: los Evangelios.

Finalmente, el herido se agrava y muere.

Pedro Besukov, que ha luchado heroicamente en defensa de Moscú, concibe un plan desesperado y temerario, una vez ocupada la ciudad por los franceses.

Sabe que Napoleón, el verdadero responsable de tanto desastre, se ha instalado e en el Kremlin. Besukov entrará a la ciudad y se enfrentará con el tirano para darle muerte, vengando así a todo el pueblo ruso.

Penetra en Moscú y presencia los terribles excesos de la soldadesca francesa, entregada al saqueo; antes de que pueda alcanzar el Kremlin, es detenido. Como el espantoso invierno ruso ha comenzado, el ejército de Napoleón inicia la retirada, y Pedro es incorporado a un convoy de prisioneros.

Pero desmoralizados los franceses en su retirada, deshacen la formación y cada cual huye por donde se puede. Pedro, ya libre, retorna a su hogar porque la guerra ha terminado desastrosamente para el invasor.

Y entonces, muerta su esposa, se casa con Natacha, mientras que Nicolás Rostov desposa a la princesa María, con lo que se restaura un tanto la economía familiar, tan malparada a consecuencia de la guerra y las deudas.





CUENTOS PRETÉRITOS


Manuel Beingolea es un escritor modernista nacido en Lima en 1875 y muerto en Barranco en 1953. De espíritu sencillo y poético, tan solo escribió dos libros, una novela corta: Bajo las lilas (1923) y Cuentos pretéritos (1933).

Sencillos e ingeniosos resultan los cuentos del peruano, que dulcifican una época decadentista de ilusiones perdidas inscrita a principios de siglo. Como la mayoría de prosistas los de la época, Beingolea hubo de beber de las fuentes del realismo y el naturalismo; este último entró a América a través de Goncourt, Maupassant, Zola, Chéjov, Gorki, etc. Beingolea era contemporáneo de Javier Viana, de Carlos Reyles y seguramente hubo de presenciar el rotundo éxito del mejor cuentista de la época: Horacio Quiroga (Cuentos de amor, locura y muerte) (1917). Sin embargo son precisamente, la lucidez y creatividad del peruano los elementos que van a hacer que la cuentística de su país tome un ritmo de continuidad. Los cuentos de Beingolea rescatan ese humor y gracia que son precisos para sobrevivir en una sociedad clasista y selectiva, añade otros argumentos: picardía e ironía en una sociedad donde la apariencia y el lujo, así sean fingidos, puedan resolver el futuro y el destino de las personas. Llama poderosamente la atención el cuento Mi corbata en que se revive al pícaro desde una visión más psicológica que física.

El narrador recibe como regalo una corbata:


“Me la regaló Martha, una provincianita a quien seduje con mi aplomo y mis modales de limeño. Estaba hecha de un retazo de seda rosa, oriundo quizá de algún vestido en receso, y sobre ella la donante había bordado con puntadas gordas e ingenuas multitud de florecillas azules, que no pude reconocer si eran miosotis. Me la envió encerrada en una caja de jabón de Windsor, que olía muy bien”.

(En El Cuento Peruano hasta 1919, Selección, Prólogo y Notas de Ricardo González Vigil, volumen II; ediciones COPE, Lima 1992)



A partir de esta situación, se configura un relato interesante y picaresco que prosigue con la exposición de los anhelos del narrador: el amor de Martha y un empleo de cincuenta soles harán de él un hombre completamente feliz.


Yo por aquel tiempo era un pobrete que me comía los codos y andaba de Ceca en Meca, galopando tras de un empleo en alguna oficina del Estado.

Ser amanuense era entonces mi mayor ambición. Cincuenta soles de sueldo eran para mí, inestimable tesoro, que sólo muy escasos mortales podían poseer. ¡Oh, cincuenta soles de sueldo! ¡Con esa suma asegurada hubiera yo doblado el cabo de la felicidad! ¿Qué cómo? Cuando se es amado, a pesar de ser pobre, una gran confianza en el porvenir nos alienta. Y la dulce serranita me amaba. Muchos pretendientes había despachado por mi causa. Felices horteras endomingados que le hacían la rueda, mientras le vendían media vara de surach o un corte de indiana. Así como así, eran mejores que yo los tales horteras desde el punto de vista matrimonial. Tenían regulares sueldos y lo que ellos llamaban las rebuscas, cosas que, probablemente, yo me moriría sin conocer. Pero Marta los mandaba a paseo sin escucharlos siquiera. Solo yo era el preferido. Quizá me encontraba distinto también a los jóvenes de su tierra, sentimentales y turbulentos. A mí no me disgustaba la muchacha. Tenía bonito pelo, ojos tiernos, y tocaba en el piano «Al pie del Misti» con bastante sentimiento. Con ella y mis 50 soles hubiera sido feliz! Lo único que parecía apenarla era mi poca fe. Mi carencia de religión. - «Cree usted en Dios? » - me preguntaba a menudo.

-       «Naturalmente» - le respondía yo.

-       «No es bastante, es preciso cumplir con la iglesia, es preciso creer».


La verdad es, que yo no creía sino en mi pobreza. Sólo se cree en Dios a partir de 50 soles de sueldo.

(Ibídem págs. 693 – 694)


El narrador recibe una invitación para tomar el té en una mansión limeña; asiste luciendo la corbata que ha recibido y se encuentra con la resistencia de las damas de la reunión; todas ellas rehúsan bailar con él, y cuando interroga a otro joven acerca de las razones de su fracaso, recibe una respuesta tajante:

“Tiene usted una corbata imposible. Lo mejor que puede usted hacer es largarse, joven”. Sale avergonzado y ofendido de la reunión, pero desde ese momento se fija en su mente aquel mundo seductor, de elegancias y exquisiteces y, al contrastarlo con la vida pobre que lleva, decide ingresar a ese universo; “a todo trance como se pudiera, sin reparar en los medios”.

Las tretas del pícaro comienzan cuando decide hacerse confeccionar un traje de excelente calidad y hacer que su patrona lo pague con la promesa de que dará empleo a los familiares de ella cuando ingrese en el Ministerio de Hacienda; con el préstamo que recibe no solamente paga el traje sino que adquiere otros y logra entrar en la sociedad, donde conoce a una dama aristocrática con la cual se casa, se hace rico y además de ello célebre, pues se convierte en diputado y senador; el relato finaliza con el recuento que hace el narrador sobre su nueva situación; concluye manifestando que, a pesar de su riqueza, de su esposa, de sus hijos y de su posición social, no es feliz.
   

Pero aquí, entre nos, os confesaré que no soy feliz. Mi mujer es cariñosa, es cierto. ¡Me anuda cada corbata! Pero me parece que piensa más en sus trajes que en su marido. Mis hijos también piensan más en sus caballos que en su padre. Yo me he vuelto ambicioso y pienso más en la «cosa pública» que en mi mujer y en mis hijos. Más feliz hubiera sido con arequipeñita. Oh! ¡Esa que me quería arrancado y por mí mismo! Con ella y mis 50 soles hubiera vivido ignorado, sin ambiciones que me consumen, ni desengaños que me torturan. ¿Qué habrá sido de ella? A veces, cuando estoy muy triste, saco del fondo de mi gaveta la corbata que me regaló y me enternezco recordando a Marta y aspirando ese olor ya desvanecido del jabón de Windsor. Decididamente la verdadera dicha debe oler a jabón de Windsor.

(Ibídem, pág. 699).

No ha tratado Beingolea de reeditar un arcaísmo, el del pícaro que inventó Lizardi para generar la novela latinoamericana; aquí la delicadeza y el gusto del pícaro dejan una reminiscencia: la del azar de la vida y la nostalgia por una felicidad imposible.

Biengolea dibuja con rasgos ágiles y en una prosa fresca y amena relatos de esa época del esteticismo finisecular; fontana de donde brotó el hilo de agua generador de la novela latinoamericana.

Otro cuento es “Levitación”, narración que se inicia en una reunión donde unas honorables damas hacían los honores a un exquisito té verde, se produjo un debate sobre si no sería científico el éxtasis de algunos santos. Las señoras presentes pusieron el grito en el cielo alegando que los santos no pertenecían a la ciencia sino a la religión. Unos sostuvieron que la gente plebeya tenía más predisposición al éxtasis que los miembros de otras clases sociales por la sencillez de vida que llevaban. Cuando la discusión tomaba visos de zipizape, intervino unos de los presentes con la finalidad de calmar los ánimos y aclarar en algo el asunto. Era un viejecillo cenceño que se entretenía liando un cigarrillo de papel, costumbre que sin duda lo retrotraía a sus tiempos.

El viejo dijo que no era bueno mezclar lo divino con los humano.


“Confundir lo espiritual con lo temporal me parece la peor de las confusiones. Los santos no tiene que ver nada con estas cuestiones científicas ni seudo – científicas. Un santo es tan fatalmente santo como un bandido es fatalmente bandido. Se nace con una vocación y ésta no está sujeta a ninguna influencia extraña”.

(“Levitación”, en Biblioteca de cultura peruana contemporánea, volumen X, Selección de Estuardo Núñez, Ediciones del Sol, 1963; pág. 35).


Para probar que no es santo quien no debe ni puede serlo, el viejo refirió la historia de un pobre cholo bizcochero que vivía en un callejón del barrio “Las Cruces”.

Resulta que el pobre hombre quedaba muchas veces arruinado por regalar su mercancía a menesterosos que se la pidiesen. El cholo era todo bondad, todo generosidad, todo desprendimiento.

 Ya lo habían despedido de varias panaderías por andar regalando los pasteles. Cuando los dueños de las pastelerías le reprochaban que primero era la obligación que la devoción, el pobre bizcochero contestaba que tenía la certidumbre de haber sido premiado por Dios en alguna época no lejana, refiriendo que a veces creía verlo en sueños y que se le presentaba en forma de un señor de buen talante que lo exhortaba a continuar así con bondadosa sonrisa. Los encuentros divinos eran breves. Un día un grupo de personas le insinuaron al bizcochero que había una forma de “perfeccionamiento espiritual” que se lograba por medio de la abstinencia y la castidad. El bizcochero puso en práctica los consejos recibidos y, según su testimonio, sintió que le iba mejor que antes, sintiendo, desde que abrazó vida tan severa, más aptitud, como si se derritiese en un arrebato místico, que arrancándolo del suelo, lo empujaba a regiones paradisiacas, algo así como el tránsito del que disfrutan  los bienaventurados.


Las personas que por esta senda lo encaminaron, temerosas por el resto de razón del pobre hombre, querían disuadirlo ahora, restituyéndole a sus antiguas prácticas, pero éste, cada vez más convencido, las instó para que presenciasen uno de sus arrebatos. Cedieron a su exigencia y una noche, constituidos en su pobre cuarto sin más ajuar que una cama mísera, unos cuantos objetos y algo como un altarillo improvisado donde nuestro beato en ciernes había puesto un crucifijo y otros atributos místicos, esperaron los acontecimientos. Ante el crucifijo postróse en oración el bizcochero y, efectivamente, fe de los que tan aconsejaron, que después de todo eran creyentes y buenos cristianos o superchería, ello es que le vieron alzarse del suelo y remontarse hacia el cielo raso. Alguno agregó que un resplandor le circundaba las sienes. El milagro corrió por todo el barrio y se dio aviso al vicario, a algunos devotos y a otras personas más. Pero la elevación del oblato reposteril fue muy exigua, apenas si se levantó una vara del suelo; indudablemente no estaba bien preparado aún. Nuevos días pasó en mayores abstinencias hasta que ya creyéndose casi perfecto, hizo reunir de nuevo a los mismos concurrentes. Esta vez era indudable que llegaría más alto que otras. Los circunstantes vieron, en efecto, que después de larga oración y prolongadísimo recogimiento, el bizcochero se elevaba más que la primera vez y al fin llegó a elevarse tanto, que tocó con su cabeza el techo de la habitación y entonces, en medio de su gran fervor y de la general sorpresa, acordóse sin duda de que era bizcochero, pues al sentir sobre su cráneo lo duro del techo, creyendo que tenía su tabla de bizcochos sobre la cabeza, empezó a pregonar como si estuviera en la calle y con su mejor voz: ¡Pan de Guatemala! ¡Pan de Guatemala!

Inmediatamente, como si se hubiera deshecho el conjuro, cayó de tan elevada posición al suelo del cuarto, quedando bastante maltrecho.
Una risotada general estalló en el auditorio y el viejecillo encendiendo su cigarrillo, sin inmutarse, puso fin al relato diciendo:

-       Ya ven ustedes que no es santo a pesar de todo lo que haga, quien tiene vocación de bizcochero…

El té hirviendo en las tazas, esperaba…

(Ibídem; págs. 35 – 36).



En el cuento “El guarda – agujas”, Beingolea narra la historia de Esteban un guarda – agujas, quien está casado con Crisanta, con la cual vive en una garita cerca a la estación de trenes. Conviene aclarar que un guarda – agujas es el empleado que en los cambios de vía de los ferrocarriles tiene a su cargo el manejo de las agujas, para que cada tren marche por la vía que le corresponde; el factor es el empleado que en las estaciones de ferrocarriles cuida de la recepción, expedición y entrega de los equipajes, encargos, mercancías y animales transportados.

Dada esta información, diremos que debido a su condición de guardagujas Esteban se halla casi esclavo de su cargo, sin mucho margen para ausentarse de su puesto de trabajo, por la frecuente circulación de trenes. Una tarde en que Crisanta lleva a “Huáscar”, un perro vagabundo que se ha encariñado con ellos, a bañar a una acequia cercana a la garita donde viven, conoce a un tal Nicasio Rovira, mocetón mestizo de chino y mulata quien empieza a enamorarla. Tanto insistió Nicasio que Crisanta termina siendo su amante. El pobre Esteban se mantiene ajeno a la infidelidad de su mujer, atento a su trabajo de guardagujas.


La línea férrea serpenteaba entre dos tapias con los rincones negros de hollín. Tras de éstas extendíase el campo. Potreros verdes como la superficie de un billar con pintojo ganado; acequias estrechas en el linde; inclinados y chatos espinos y despeinados sauces, desbordándose sobre ese largo cintajo gris de las tapias que las retamas manchan de azufre de trecho en trecho. Luego maizales tupidos temblequeando sobre un cielo de yeso juntamente con los pentagramas vacíos del teléfono; más allá potreros desherbados o removidos con apelotonamientos de tierra; alrededor, arboles, viñedos, tierras de sembrío donde siempre había inclinado un sombrero de esparto, o donde un hombre con los pantalones remangados hasta más arriba de las corvas, removía la tierra con una azada.

Elevábanse lejanos los pinos de Miraflores como espinas dorsales de pescados enormes, cobijando las rojas casitas, los altibajos, las veletas.
Más acá el matadero rojo y chato perdíase al fin de una hondonada. Al lado opuesto los molinos de viento del Barranco y las cuatro torres de su Iglesia franciscana que la hacen parecer un elefante boca arriba. Y atrás de la garita, la cerrillada de Lima a Lurín cortando el horizonte con sus plomizas jorobas. En medio del campo blanquecía aislado y solitario algo: el osario de Miraflores.

(Cuentos Pretéritos, Manuel Beingolea, selección de Francisco Cabello Espejo; Ediciones de la Biblioteca Universitaria; Lima, 1967; pág. 76)



Pero como lo malo no tarda en hacerse evidente, Crisanta y su amante son sorprendidos bajo un nisperal en unos arrumacos nada santos por una mujer de lengua viperina llamada Romualda.

“- Oye viejo, tu mujer te la pega. La he visto de trapicheo con el injerto Rovira. Ya tú lo conoces…”

A esteban le dio un vuelco al corazón ante tan nefasta como nefanda noticia. Encara a su mujer, le da unas cuantas “caricias”, pero al final termina perdonándola. De ahí para adelante la vida de Crisanta se convierte en una prisión.

Esteban prohibió a su mujer después de su aventura “que no pasara del umbral, de suerte que la mujer, apenada, volvíase de un lado, para otro entre esas cuatro paredes que ya conocía hasta el martirio. El tiempo le sobraba para hacer sus cosas y, después, se quedaba mirando las arañas del techo.

Sólo una cosa parecía entusiasmarla: la fuga.

Una mañana Esteban despertó y no encontró a su mujer. Lo primero que se le vino en mente fue que se había fugado. La buscó tenazmente por todos lados y no la encontró.


A veces se imaginaba que todo era una broma y que Crisanta quizá ya estaría en la garita. Quería regresar pero, ¿y si no es cierto? Pensaba en la suprema desolación de la garita a aquella hora trágica, sin ella, ¡sin su chola! No, no era precisa buscarla. Y entonces, ya poseído de una actividad febril, recorrió la avenida de Chorrillos y regresando luego, registro otra vez el Barranco, fue por el camino de Surco, lo vio todo, lo revolvió todo como se puede revolver un archivo para dar con un dato importante. Cuando la luz del alba vino, pudo vérsele envejecido de diez años, blanco de polvo, con la pistola herrumbrosa, enorme como una llave de iglesia. Iba de huerto en huerto, llamando, preguntando, inquiriendo, alicaído como un perro hambriento, uno de esos perros que ya no esperan sino el bocado municipal.

Cuando se orientó para salir al camino, serían ya las ocho de la mañana. No se oía en los barrios solitarios sino ruido de panes removidos en los cestos de los panaderos, escobas empedernidas barriendo patios empedrados, todos esos ruidos matinales, ¡ese mezquino y triste despertar de los barrios pobres!

Al llegar a la garita, encontró a dos hombres, con la gorra encasquetada donde figuraba la placa de latón de la “Empresa”. No supuso qué podía ser.
-       ¡Hola amigo! – díjole uno de ellos- ¿qué ha sido de su vida?

Esteban no contestó.

-       El jefe de estación nos manda decirle a usted que puede marcharse. ¡Y tiene razón! ¿Cómo diablos ha dejado usted pasar de largo dos trenes? Pudo usted emborracharse y venir… hay tiempo para todo…

Esteban silencioso, sin valor, vencido, incapaz de discutir, de sincerarse, de protestar, entró en la garita e hizo un lío con algunas cacharpas que poseía, pues lo demás era de la Empresa, lo ató al extremo de un palo y tomó la línea  en dirección a Lima. ¿A dónde iba? No lo sabía. A seguir su vida errante y monótona como esas paralelas de la vía, encorvado al paso de su lío y su infortunio.

El sol recalentaba las tapias grises, sobre las que, gallinazos, saltaban cojeando. Las retamas ostentaban su alegre amarillo, los campos extendíanse verdes hasta los cerros azules, los pájaros gorjeaban entre los matorrales.

Cuando Esteban desapareció en la curva, uno de los hombres de gorrita dijo:
-       ¡Hase visto sinvergüenza!

(Ibídem; págs. 91 – 92).