PRESENTACIÓN

ADIOSES, AUSENCIAS Y RETORNOS


Dinos en pocas palabras y sin dejar el

sendero, lo más que decir se pueda, denso, denso.

MIGUEL DE UNAMUNO.



Todo libro como todo hombre encierra en sí mismo una historia; así, los Resúmenes de obras famosas tienen la suya. Una historia propia que se remonta veinte años atrás y en la cual mi vida se halla inmersa, una historia a la que estoy sujeto por un cordón umbilical del cual no he podido desligarme. Estos resúmenes son fruto de mi pasión por la literatura, una pasión más fuerte y más intensa que cualquiera que haya sentido alguna vez. En el verano de 1982 fui contratado por un prestigioso colegio que buscaba mejorar su servicio académico. Como profesor principal del curso de literatura me encontré con un alumnado que tenía un común denominador: las ansias de aprender y conocer con el menor esfuerzo.

Con el entusiasmo y la impetuosidad propios de la juventud, elabore un programa de lo más variado donde los alumnos pudieran tener acceso a autores peruanos, españoles, latinoamericanos y europeos. Como sucede siempre, y ahora con mayor intensidad, encontré alumnos reacios a la lectura de obras voluminosas de difícil entendimiento, que exigían del lector un esfuerzo inusual, ¿Qué hacer? ¿Cómo prescindir de los hexámetros homéricos, de los tercetos de Dante, de la magia maquiavélica de un Yago o de una lady Macbeth, de los intrincados monólogos interiores de un Faulkner o un Joyce? ¿Y qué de los cuantiosos cursos que nuestros alumnos llevan en la secundaria con sus tediosas, torturantes y estériles tareas? Pero también existía una verdad que aunque dolorosa para mí, era muy cierta: “No solo de literatura vive el hombre común”. Había entonces que encontrar una solución al problema. Un toque divino me trajo la feliz ocurrencia de contar en horas de clase las obras que a mis alumnos no podían leer. El aula se convirtió entonces en una suerte de oyentes ansiosos por escuchar las locuras de José Arcadio Buendía, los sueños mesiánicos de Antonio Conselheiro, la transformación de Gregorio Samsa en insecto, los trasnochados remordimientos de madame Bovary o la afilada prosa de Manual González Prada, convertido yo, apasionado y eufórico narrador, en el mango del estilete. Y qué decir de la emoción y satisfacción que producían los versos de Neruda, Vallejo, Chocano, Buesa, Bécquer, Baudelaire o Espronceda cuando salían de mis labios en mis intentos declamatorios; esa avidez de mis alumnos fue satisfecha con creces. Sin saber cómo ni en qué momento, fui elaborando argumento de las obras narradas que, con el tiempo, fueron convirtiéndose en contenidos más amplios y consistentes hasta llegar a los resúmenes tal como se les conoce hoy. Estos resúmenes, ya agrupados en libros, me enseñaron a vivir la literatura con una entrega total, a la manera flaubertiana: con la literatura todo, sin la literatura nada. Esta experiencia fue para mí contundente y definitiva para aferrarme a mi propia obsesión, la de regir mi vida a través de la literatura. La de vivir literariamente, una vida como la de aquellos escritores que han llenado mis desvelos y vigilias con sus obras, en suma, decidirme definitivamente a ser como ellos.

Mis amigos desde niño, fueron los libros; el amor de mi vida han sido y seguirán siendo ellos. Nada ni nadie (sólo Dios en mis desvaríos) pueden reemplazarlos. Los amores humanos son fugaces cometas que atraviesan el cielo; la literatura, como yo la vivo y entiendo, es eterna, ella me ha permitido entender y amar a tantos hombres de letras; algunos ya no están, pero no han dejado de estar: Luis Alberto Sánchez, Augusto Tamayo Vargas, Julio Ramón Ribeyro, Guillermo Ugarte Chamorro, César Calvo, Mario Florián, Moreno Jimeno o Gustavo Valcárcel ; otros permanecen todavía iluminando el parnaso cultural de nuestra patria con su voz y presencia infinita: Washington Delgado, Jorge Bacacorzo, Leopoldo Chiappo, Leopoldo Chariarse, Arturo Corcuera, Estuardo Núñez, Vicente Azar, Jorge Puccinelli, Paco Bendezú, Alejandro Romualdo, Alfredo Bryce, Cronwell Jara, Marcos Yauri Montero, Ricardo González Vigil, César Ángeles Caballero, Winston Orrillo, Jesús Cabel O Alberto Valcárcel. Tantos quedan sin nombrar, pero su voz de aliento y estimulo permanecen en mi corazón para que siga adelante en esta difícil y agotadora labor de hacer llegar la obras de tantos hombres inmortales a través de estos resúmenes hechos con tanta dedicación y amor. Las voces de intelectuales extranjeros, conocedores de este trabajo, se sumaron también con su apoyo incondicional: Eliécer Cárdenas y Carlos Calderón Chico, desde Ecuador; Gladys Rossel desde Costa Rica; Manuel Ruano desde Argentina o José Manuel Solá desde Puerto Rico, que con sus opiniones, juicios y críticas han enriquecido estos resúmenes de obras famosas. En el camino de elaboración de los catorce volúmenes que constituyen esta colección me he topado con muchas dificultades; entre ellas, el tener que leer diferentes traducciones de una sola obra para poder trabajar la síntesis con la mayor exactitud posible.

La juventud con que comencé a elaborar estos resúmenes ha quedado atrás, sepultada con sus alegrías efímeras y sus profundas desilusiones (funesta edad de amargas decepciones), pero la emoción y el espíritu juvenil de esos años me han enriquecido con la edad. Los consejos de Sánchez, Tamayo, Florián, Washington Delgado y Reynaldo Naranjo no fueron vanos; ellos me inculcaron la tenacidad para perseverar en la literatura, a pesar del desaliento que nos invade día a día en un mundo de atroz ignorancia, más inhumano, agitado y frívolo como el que nos toca vivir.

Incluyo en esta edición los numerosos juicios que los Resúmenes de obras famosas han merecido durante estos veinte años. Si bien la amistad puede teñir las opiniones favorablemente, lo cual resulta comprensible, debo confesar que todos ellos fueron emitidos antes que surgiera la amistad con los autores de estos comentarios. Hago esta salvedad porque a veces las maledicencias disfrazadas de negro azogue o vulgo bilis se truecan en otras pasiones aún más bajas y urticantes; aguijón y cilicio guiados por la envidia que busca herir injusta y gratuitamente.

No puedo concluir este prólogo sin contar lo anecdótico. Tres anécdotas siempre tengo presentes; la primera es que siendo profesor de una academia preuniversitaria en Chosica, tuve entre mis alumnos al hijo del poeta Víctor Mazzi, buena razón para que cada fin de semana recalara en la casa del poeta para enfrascarnos en amenas charlas literarias, sobre todo de poesía; cómo se le encendían los ojos cuando le citaba lis versos de “Canto Coral” de Romualdo. Todavía guardo la antología de poesía revolucionaria que me obsequio con una sobria dedicatoria. Prometió hacerme un comentario a los Resúmenes de Obras Famosas, lo cual cumplió después de muchísimos años. La segunda está relacionada con Luis Alberto Sánchez, quien me indicó que no valía la pena incluir a Narciso Aréstegui en estas antologías; cuando le manifesté que haciendo un balance sobre el juicio que él me había hecho sobre el escritor cusqueño en su literatura peruana, Aréstegui salía ganando con creces, me contesto muy serio y cambiando de tema: “Así…pues, entonces inclúyalo”; también Luis Alberto tuvo un gesto conmigo que me gratifico muchísimo. Dedico su espacio diario de Radioprogramas del Perú para hablar elogiosamente de los resúmenes de obras famosas.” He llegado a más de un millón de personas”, me dijo. El tercero de ellos y quizá el más curioso tuvo como protagonista a Julio Ramón Ribeyro, quien, a manera de ameno reproche, me dijo que por qué había incluido “La botella de chicha” si era un cuento malísimo. Le di a entender que a mí me gustaba y que consideraba que aquella era una buena razón para figurar en la selección que había hecho, pero que estaba dispuesto a eliminarlo si él hacía lo mismo desterrándolo para siempre de su obra. Ribeyro quedo desconcertado. Una risotada de César Calvo alivio en algo la tensión. Ya a solas con César, le dije que después de lo sucedido no creía que Julio Ramón emitiera juicio alguno sobre los Resúmenes de obras famosas. Calvo, con el rostro serio y el ceño fruncido, me miró fijamente y me lanzo una de sus típicas ocurrencias: “No te preocupes, flaco, si Ribeyro firma hasta lo que escribe”. A los pocos días me llamo el hermano de Julio Ramón diciéndome que éste quería verme. Ya en su departamento barranquino, mirando las tranquilas aguas del Pacifico, me leyó esas pocas líneas imborrables para mí que en este libro he transcrito fielmente. Lo que más me emocionó es que me llamara poeta. ¡Qué laudable generosidad! El lama había descendido desde su Himalaya.

Guillermo Delgado.
Mayo 13 de 2003.

viernes, 22 de noviembre de 2013

VOLUMEN XIX





ÍNDICE
·         LOS MISERABLES (Víctor Hugo)
·         EL LICENCIADO VIDRIERA (Miguel de Cervantes)
·         LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT (Julio Verne)
·         OBRA POÉTICA DE JORGE GUILLÉN (Jorge Guillén)






LOS MISERABLES


En 1862 apareció “Los Miserables”, novela del francés Víctor Hugo, año en que también vio la luz la impersonal y arqueológica “Salambó”, de Gustavo Flaubert. La católica novela que, a primera vista, se diría precursora de la modernísima “Kriminalliteratur” (literatura criminalística), cuando en realidad tiene un contenido, sobre todo, lírico y filosófico, y, aparte sus digresiones, ofrece magníficos trozos plenos de encanto y figuras típicas como la de Jean Valjean. También “Los miserables” son muy característicos de aquella época, que acariciaba ideales democráticos y humanitarios; además, aunque la obra es romántica en su concepción básica, anticipa en muchas escenas el realismo de Emile Zola. 

“Los miserables” es una obra vastísima, concebida como una epopeya popular, capaz de acoger tanto los problemas, las pasiones y las reacciones del individuo como los de la masa, de expresar todo el bien y todo el mal que pueden nacer en el corazón del pueblo generoso y canalla, según la concepción del autor del “todo en todo”, esta novela llega a ser también, con su extraordinaria abundancia de motivos, la fuente vital de la que extraerá sus argumentos la novela social durante los últimos cuarenta años del siglo. En el prólogo, Víctor Hugo denunciaba explícitamente la tesis que lo había inspirado: revelar la “condenación social” producto de las leyes y las costumbres y bosquejar un cuadro de los tres grandes problemas del pueblo: “la degradación del hombre a través del proletariado, la decadencia dela mujer hambrienta, la atrofia del chiquillo que vive sin sol”. Pero esta premisa que podría hallarse en la base de una novela social, -como por ejemplo en una obra de Eugenio Sue-, es ampliamente superada por el arrebato épico que sostiene las cinco grandes partes de la novela, que, esencialmente, es la historia de un hombre del pueblo: Jean Valjean. “Los miserables” nos narra la historia de Jean Valjean, detenido por haber robado un pan, que serviría para dar de comer a los hijos de su hermana. Juzgado, el hombre debe sufrir una condena de cinco años de prisión, pero por sus reiteradas tentativas de fuga, esta prisión se prolonga por diecinueve largos años. El contacto con verdaderos delincuentes, va minando la salud moral de Jean Valjean, quien se embrutece en ese ambiente malsano y sórdido. Pero Jean logra evadirse y, de no toparse con un religioso de nombre Bienvenu Myriel –purísima figura de fervoroso cristianismo- se hubiera convertido en un verdadero criminal. El encuentro es breve y dramático. El buen sacerdote le brinda la hospitalidad de su casa, donde le da de comer y una cama para poder reposar. El religioso sospecha que aquel hombre es un presidiario, pero su labor en la tierra es la de proteger a los hombres y no juzgarlos; así lo entiende y así lo hace actuar su fe en Dios. Jean Valjean pasa la noche en casa de Bienvenu Myriel, pero aprovechando la oscuridad de la noche, huye de allí, llevándose unos candelabros de plata, que la criada del sacerdote había guardado en un repostero. La criada comunica al religioso la sustracción de los objetos, así como la desaparición de aquel intruso. El sacerdote permanece en silencio y sólo atina a dirigir su mirada al cielo, como buscando una explicación en su Dios. Pero Jean Valjean no puede llegar muy lejos con tan valiosas preseas y es detenido. No sabiendo cómo justificar el porqué de esos candelabros en su poder, sólo atina a manifestar que el religioso se los ha obsequiado. Guiado por la policía, que conoce al sacerdote Myriel, Jean Valjean es llevado hasta la casa del religioso, quien lejos de desmentirlo, lo protege, alegando que verdaderamente él se los ha obsequiado. Ya en libertad, Jean Valjean recibe la centella de luz que, puesta en su corazón, dará lugar más tarde a una profunda redención. Jean Valjean a partir de entonces, construirá una nueva vida, con una nueva identidad: el señor Magdalena.

Jean Valjean ha encontrado a Dios en su tortuoso camino. Años después, nos topamos con un Jean Valjean que lleva una vida solitaria y enigmática figura de bienhechor. Jean Valjean conoce a Fantine, encuentro que va a transformar su vida futura de manera gravitante. Se trata de una mujer que, siendo muchacha, fue seducida casi en broma por un estudiante, y, casi en broma también, abandonada al drama de la maternidad. Desde aquel momento Fantine vive sólo para la hijita nacida de aquella desgraciada aventura, y, para mantenerla, se prostituye. Obligada a confiarle a una sospechosa pareja, los Thénardier, vende sus bellísimos dientes a un dentista para enviar a ésta el dinero necesario para curar a la niña de una enfermedad inventada por aquellos bribones. La mujer finalmente, como producto de la mala vida que ha llevado, muere, redimiendo su vida de abyección con la secreta luz de su amor de madre y el único consuelo de poder confiar, al morir, la pequeña Cosette – que así se llama la niña, a los cuidados del buen Jean Valjean. Jean se hace cargo de la niña con la misma dedicación que daría a su propia hija, porque eso es lo que representa para Jean la figura de la niña: el único ser tierno que ha estado junto a él en los últimos veinticinco años de su trágica existencia. Cossette crece, y con el tiempo se enamora de Mario, un muchacho hijo de un general del imperio que ha abrazado la causa del pueblo y combate en las barricadas; joven generoso que busca la luz del hombre en las criaturas más miserables y quiere aclarar las densas tinieblas que las rodean. Luego está el Mario enamorado de la dulce Cosette, el cual no logra, a pesar de todo, infundir personalidad a su pasión ideal. Finalmente existe el Mario vinculado al recuerdo paterno, hijo de un general del imperio elevado a la nobleza por Napoleón Bonaparte en Waterloo, que alienta en sus calurosos sentimientos democráticos, el secreto respeto hacia aquel título nobiliario ganado por su padre en el campo de batalla y no reconocido luego del desastre napoleónico, el Mario que cubre de dinero a una sospechosa figura de expoliador en el preciso momento en que la tiene en su poder, en su testamento, recomendó su protección, en la creencia de haber sido salvado por quien lo había recogido mortalmente herido sólo para despojarlo. De este amor, entre Cosette y Mario, Jean Valjean será el genio tutelar. Cosette, en realidad, es la conjunción de dos personajes: el de la niña abandonada y expuesta a los malos tratos de los miserables Thénardier que la criaron mientras vivió la madre, y el de la muchacha pura que divide su afecto entre el hombre que la cuida y tiene como hija, Jean Valjean, y el que la ama, Mario. Por fin aparece en el horizonte de Jean Valjean una tormenta inesperada, una tempestad que azota desde el pasado: la policía cree haber atrapado y reconocido al antiguo expresidiario y evadido de la prisión Jean Valjean en un infeliz anormal que se parece físicamente al verdadero Jean Valjean que ha cambiado su identidad y a quien ahora se le conoce con el nombre de M. Madeleine. El supuesto Jean Valjean está a punto de ser condenado y Jean descubre que se encuentra atado de nuevo a su turbia personalidad, y siente el deber de resumirla; ahora tendrá que denunciarse a sí mismo para salvar al inocente: la labor redentora del sacerdote Myriel no ha sido en vano. Como el tiempo apremia, Jean Valjean corre hacia el lugar donde está siendo juzgado aquel pobre infeliz que ha sido confundido con él. Revela su personalidad y eso basta para que vuelva a ser detenido y puesto a la custodia del policía Javert, el hombre que durante años se dedicó a su busca y captura.


“Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al acusado, y le hizo la pregunta de costumbre:

-¿Tenéis algo que alegar en defensa propia?

El hombre se puso en pie dando vueltas entre sus manos al gorro, como si no hubiese entendido la pregunta.

El presidente la repitió.

Entonces la oyó el acusado; pareció que la había comprendido. Hizo un movimiento como si se despertase de un sueño, paseó la vista alrededor, miró al público, a los gendarmes, a su abogado, a los jurados, al tribunal; puso su monstruosa mano sobre la barandilla que había delante de su banquillo, miró de nuevo, y luego, dirigiendo la vista al fiscal, empezó a hablar. Habló como un torrente; las palabras se escapaban de su boca incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas, como si acudiesen en tropel a sus labios para salir de una vez. Véase lo que dijo, dirigiéndose a la sala:

-Tengo que decir algo. Yo he sido carretero en París, y he estado en casa del señor Balouq. Mi profesión era muy dura: los carreteros trabajan siempre al aire libre en patios o bajo cobertizos en los buenos talleres; pero nunca en sitios cerrados, porque necesitan mucho espacio. En el invierno pasan tanto frío que tiene uno que golpearse los brazos para calentarse; pero esto no gusta a los maestros, porque dicen que se pierde tiempo. Manejar el hierro cuando están heladas las calles es muy duro. Así se acaban pronto los hombres, y se hace uno viejo cuando aún es joven. A los cuarenta años, hombre gastado. Yo tenía cincuenta y tres y lo pasaba muy mal. ¡Y después son tan malos los obreros! Cuando uno no es joven le llaman por cualquier cosa: ¡pícaro viejo, burro viejo! Yo no ganaba más que treinta sueldos al día, me pagaban lo menos que podían; los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía una hija que era lavandera del río: ganaba poco, pero los dos íbamos tirando. Más ella tenía mucho trabajo también. Estaba todo el día metida en una barca hasta medio cuerpo, con lluvias, con nieves, con un viento que cortaba la cara. Cuando helaba era lo mismo, tenía que lavar, porque hay mucha gente que no tiene bastante ropa, y espera en seguida; y si no lavaba perdía los parroquianos. Las tablas están muy mal juntas, y entra el agua por todas partes. Los vestidos se mojaban todos por arriba y por abajo; el agua le penetraba. Lavó también algún tiempo en el hospital de los niños expósitos, adonde llega el agua por caños. Allí no hay bancas. Se lava delante del caño, y se aclara en el estanque: como allí está cerrado se tiene menos frío; pero la colada de agua caliente es muy mala, y hace perder la vista. Venia la pobre a las siete de la noche y se acostaba porque estaba rendida. Su marido le pegaba. Ha muerto ya: hemos sido muy desgraciados. Era una joven que no iba a los bailes, siempre en su casa. Me acuerdo de un martes de Carnaval en que estaba acostada a las ocho. Ahí tenéis. Yo digo la verdad. No tenéis que hacer más que preguntarme. ¡Ah! sí; preguntad: ¡yo soy muy torpe! París es un infierno. ¿Quién conoce al tío Champmathieu? Yo os he dicho que el señor Balouq. Preguntad en casa de Balouq. No sé qué más me queréis.

El hombre se calló y permaneció en pie. Había hablado con voz alta, ronca, precipitada, dura, con una especie de sencillez irritada y salvaje. Una vez se interrumpió para saludar a alguien entre los espectadores. Las afirmaciones que lanzaba, por decirlo así, de su boca salían como una especie de hipo violento, y acompañaba cada una con un gesto parecido al que hace un leñador al hender la madera. Así que acabó, el auditorio se echó a reír. El miró al público, vio que se reía, y, no comprendiendo nada, se echó a reír también.

Triste era aquel espectáculo.

El presidente, que era un hombre atento y benévolo, habló a su vez.

Recordó a los “señores jurados” que el señor Balouq, antiguo maestro carretero con quien había trabajado el acusado, había sido citado inútilmente. Estaba en quiebra y no había podido ser habido.

Después, volviéndose al acusado, le aconsejó que oyera lo que iba a decirle, y añadió:

-Vuestra situación exige que reflexionéis. Sobre vos pesan las más graves presunciones, y os pueden traer consecuencias capitales. Por interés vuestro, os requiero por última vez para que os expliquéis claramente sobre estos dos hechos: Primero: ¿habéis escalado la cerca de Pierron, roto una rama y robado manzanas, es decir, habéis cometido un robo con escalamiento? ¿Sí o no? Segundo: ¿sois el ex presidiario Juan Valjean? ¿Sí o no?

El acusado movió la cabeza como si hubiese comprendido y supiese lo que iba a responder. Abrió la boca, se volvió hacia el presidente y dijo:

-En primer lugar…

Después miró su gorra, miró al techo, y se calló.

-Acusado- dijo el fiscal con severa voz-, estad atento. No respondéis a nada de lo que os preguntan. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el presidiario Juan Valjean, oculto bajo el nombre de Juan Mathieu, que era el apellido de vuestra madre; que habéis estado en Auvernia, y que sois natural de Faverolles, donde erais podador. Es evidente que habéis robado, con escalamiento, manzanas maduras en el cercado de Pierron. Los señores jurados apreciarán estos hechos.

El acusado se había sentado; pero de repente se levantó cuando acabó de hablar el fiscal, y gritó:

-¡Sois muy malo! Esto es lo que quería decir, y no sabía cómo. Yo no he robado nada, soy un hombre que no puede comer todos los días. Venia de Ailly, iba por el camino después de una tempestad que había asolado el campo: los charcos se desbordaron y no se veían por cima de las arenas más que las puntas de la hierba; al lado del camino encontré una rama con manzanas en el suelo, y la recogí sin saber que me traería un castigo. Hace tres meses que estoy preso y que me interrogan. Después de esto no sé qué decir; se habla contra mí; se me dice: ¡responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el codo, y me dice por lo bajo: contesta. Yo no sé explicarme, no he hecho estudios; soy un pobre. Esto es lo que es injusto no conocer. No he robado: he cogido del suelo una cosa. Decís Juan Valjean, Juan Mathieu, yo no los conozco: serán aldeanos. He trabajado en casa del señor Balouq, en el bulevar del Hospital. Me llamo Champmathieu. Sois muy malintencionado al decirme donde he nacido. Yo lo ignoro; porque no todos tienen una casa para venir al mundo. Esto sería muy cómodo. Creo que mi padre y mi madre andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era niño me llamaban Pequeño, ahora me llaman Viejo. Estos son mis nombres de bautismo. Tomadlo como queráis. Que he estado en Auvernia, que he estado en Faverolles. ¡Padiez! ¿Y qué? ¿Es imposible haber estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado antes en presidio? Os digo que no he robado, y que soy el tío Champmathieu. He estado en casa del señor Balouq; allí he vivido. Me estáis fastidiando con vuestras tonterías. ¿Por qué estáis tan encarnizados conmigo?

El fiscal había permanecido en pie, y dirigiéndose al presidente, le dijo:

-Señor presidente: Después de oír las negativas confusas y muy hábiles del acusado, que quiere pasar por idiota, pero que no lo conseguirá- se lo advertimos-, pedimos al tribunal se sirva mandar llamar de nuevo a los condenados Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y al inspector de policía Javert, para interrogarles por última vez acerca de la identidad del acusado y del presidiario Juan Valjean.

-Debo advertir al fiscal de Su Majestad- dijo el presidente- que el inspector Javert, llamado por sus obligaciones a la capital de un distrito próximo, ha dejado esta ciudad así que hizo su declaración. Le hemos dado licencia para ello, son el consentimiento del ministerio público y del defensor del acusado.

-Es cierto, señor presidente- dijo el fiscal-. En ausencia del señor Javert, creo que debo recordar a los señores jurados lo que ha declarado aquí mismo hace pocas horas. Javert es un hombre estimado que honra con rigurosa y estrecha probidad un cargo inferior, pero de importancia. Véase en qué términos ha declarado: “No tengo necesidad de presunciones morales, ni de pruebas materiales que desmientan las negativas del acusado. Le conozco perfectamente. Este hombre no se llama Champmathieu: es un antiguo presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso en libertad, al terminar su condena, con sentimiento. Ha sufrido diecinueve años de trabajos forzados por robo calificado. Cinco o seis veces trató de escaparse. Además del robo de Gervsillo y de Pierron, sospecho que cometió otro en casa de Su Ilustrísima, el difunto obispo de D. Le he visto muchas veces cuando era ayudante en Tolón. Repito que le conozco perfectamente.

Esta declaración tan terminante produjo una viva impresión en el público y en el jurado. El fiscal concluyó insistiendo en que a falta de Javert fuesen oídos de nuevo o interrogados solemnemente los tres testigos Brevet, Cochepille y Chenidieu.

El presidente dio una orden a un ujier, y un momento después se abrió la puerta del cuarto de los testigos. El ujier, acompañado de un gendarme, dispuesto a auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio estaba en suspenso: todos los corazones palpitaban como si tuvieran una sola vida.
El presidiario Brevet llevaba el traje negro y gris de las prisiones centrales. Era un hombre de unos sesenta años, que tenía aire de pícaro y facha de hombre de negocios, cualidades que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían llevado nuevos delitos, había llegado a ser calabocero, o cosa semejante. Era un hombre cuyos jefes decían: “Quiere hacer útil”. Los capellanes daban testimonio de sus costumbres religiosas. No debe olvidarse que esto sucedía en tiempo de la Restauración.

-Brevet- dijo el presidente-. Habéis sufrido una pena infamante, y no podeis jurar.

Brevet bajó los ojos.

-Pero aun en el hombre degradado por la ley, puede quedar, cuando la misericordia divina lo permite, un sentimiento de honor y de equidad. Apelo a ese sentimiento en este instante decisivo. Si existe aún en vos, como creo, reflexionad antes de responderme; considerad por un lado, que podéis perder a este hombre, y por otro que podéis ayudar a la justicia. El instante es solemne, y aún es tiempo de retractaros si os habéis equivocado acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado; reunid vuestros recuerdos, y decid en vuestra conciencia, si persistís en reconocer en este hombre a vuestro antiguo compañero de presidio Juan Valjean.

Brevet miró al acusado, y después se volvió al tribunal.

-Sí, señor presidente. Yo lo he conocido el primero, y persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en el presidio de Tolón en 1796, y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de Bruto, lo cual consistirá en que le ha embrutecido la edad: en el presidio era muy socarrón. Lo conozco positivamente.

-Id a vuestro asiento- dijo el presidente-. Acusado, seguid en pie.

Entró Chenildieu, presidiario perpetuo, como indicaba su chaqueta roja y su gorro verde. Sufría su pena en el presidio de Tolón, de donde había salido para declarar en esta causa. Era de pequeña estatura, como de cincuenta años, vivo, arrugado, amarillento, nervioso, descarado: tenía en todos sus miembros y en todo su cuerpo una especie de debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa. Sus compañeros le llamaban Niego de Dios.

El presidente le hizo las mismas preguntas que a Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia no le permitía jurar, Chenildieu levantó la cabeza y miró al público descaradamente. El presidente le amonestó para que se reportara; y le preguntó, como a Brevet, si conocía al acusado.

Chenildieu soltó una carcajada.

-¡Vaya si le conozco! Hemos pasado cinco años atados a la misma cadena. ¿Te enfadas, antiguo camarada?

-Id a vuestro asiento- dijo el presidente.

El portero entró a Cochepaille, que era otro presidiario perpetuo, que tenia del presidio vestido de rojo lo mismo que Chenildieu; era natural de Lourdes, un semi-oso de los Pirineos. Había guardado un rebaño en la montaña, y de pastor había pasado a bandolero; no era menos salvaje, y parecía más estúpido que el acusado. Era uno de esos seres desgraciados que la Naturaleza comienza a formar bestias feroces, y la sociedad concluye haciéndolos presidiarios.

El presidente trató de conmoverle con algunas palabras patéticas y graves, y le preguntó, como a los dos, si persistía en creer, sin duda alguna, que conocía a aquel hombre.

-Es Juan Valjean- dijo Cochepaille-. Se le llamaba también Juan Cabria, por lo fuerte que era.

Cada afirmación de estos tres hombres, evidentemente sinceros y de buena fe, había suscitado en el auditorio un murmullo de mal agüero para el acusado; murmullo que crecía y se prolongaba más tiempo, cada vez que una nueva declaración venía a dar fuerza a la precedente. El acusado las había oído con esa expresión de asombro, que, según la acusación, era su principal medio de defensa. Cuando oyó la primera, los gendarmes que estaban a su lado le oyeron bisbisear: “Ah, bien! ¡Ahí está uno!”. Después de la segunda, dijo un poco más alto y con aire casi de satisfacción: “¡Bueno!”. A la tercera exclamó: “¡Magnifico!”.

El presidente le preguntó:

-Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?

Y respondió:

-Digo....que… ¡Magnifico!

En el público estalló un rumor que llegó hasta el jurado. Era evidente que el hombre estaba perdido.

-Ujieres- dijo el presidente-, imponed silencio. Voy a resumir los debates para dar por terminada la visita.

En ese momento hubo un movimiento al lado del presidente, y se oyó una voz que gritó:

-¡Bravet, Chenildieu, Cochepille! ¡Mirad aquí!

Todos los que oyeron esta voz quedaron helados; tan lastimero, tan terrible era su acento. Todas las miradas se volvieron hacia el sitio de donde había salido. En el lugar destinado a los espectadores privilegiados había un hombre que acababa de levantarse, y atravesando la puertecilla de la baranda que lo separaba del tribunal se había puesto en pie en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois, veinte personas lo conocieron y exclamaron a la vez:

-¡El señor Magdalena!

Era él en efecto. La luz del escribano iluminaba su rostro. Tenía el sombrero en la mano; su traje no estaba descompuesto, tenía la levita abotonada con esmero. Estaba muy pálido y temblaba ligeramente. Sus cabellos, grises aun en el momento que llegó a Arras, se habían vuelto completamente blancos. Había encanecido en una hora.

Todas las cabezas se volvieron. La sensación fue indescriptible. Hubo en el auditorio un momento de duda. La voz había sido tan penetrante, y aquel hombre parecía tan tranquilo, que en el primer momento nadie comprendió lo que había pasado. Preguntándose todos quien había gritado: no podía creerse que aquel hombre tan tranquilo fuese el que había dado un grito tan horroroso.

Esta duda no duró más que algunos segundos. Antes que el presidente y el fiscal hubiesen dicho una palabra, antes que los gendarmes y los ujieres hubiesen podido hacer un gesto, el hombre a quien todos llamaban aún el señor Magdalena, se había adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu, y les había dicho:

-¡No me conocéis?

Los tres quedaron suspensos e indicaron con un movimiento de cabeza que no lo conocían. Cochepaille, intimidado hizo el saludo militar. El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y dijo con voz tranquila:

-Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que me prendan. El hombre a quien buscáis no es ese, soy yo. Yo soy Juan Valjean.

Ni una boca respiraba. A la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala ese terror religioso que sobrecoge a la multitud cuando va a verificarse alguna gran cosa.

Sin embargo, el rostro del presidente respiraba simpatía y tristeza; había cambiado un gesto rápido con el fiscal, y algunas palabras en voz baja con los asesores. Se dirigió después al público, y preguntó con un acento que fue comprendido por todos:

-¿Hay algún medico entre los circunstantes?

El fiscal tomó la palabra:

-Señores jurados, el extraño e inesperado incidente que acaba de pasar nos inspira, lo mismo que a vosotros, un sentimiento que no tenemos necesidad de explicar. Todos conocéis, a lo menos por su reputación, al respetable señor Magdalena, alcalde de M. Si hay algún medico en el auditorio, nos unimos al señor presidente para rogarle que examine al señor Magdalena y lo lleve a su casa.

El señor Magdalena no dejó acabar al fiscal. Lo interrumpió con mansedumbre y autoridad.

A continuación ponemos las palabras que pronunció, tomadas literalmente, tales como fueron escritas en seguida por un testigo de aquella escena; tales como se conservan aún en el oído de todos los que las oyeron hace cuarenta años.

-Os doy gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais a verlo. Estabais a punto de cometer un grave error: dejad a este hombre; cumplo con mi deber al denunciarme; porque yo soy ese desgraciado criminal. Soy el único que veo claro aquí, y os digo la verdad. Dios juzga desde allá arriba lo que hago en este momento; esto me basta. Podéis prenderme, puesto que estoy aquí. Yo, mirando por mi propio interés, me he ocultado largo tiempo con otro nombre; he llegado a ser rico; me han hecho alcalde; he querido vivir entre los hombres honrados, mas parece que esto es ya imposible. Hay muchas cosas que no puedo decir ahora: no puedo contaros mi vida; algún día se sabrá. He robado al señor obispo, es verdad; he robado a Gervasillo, también es verdad. Habéis tenido razón al decir que Juan Valjean era muy malvado; pero la falta no s toda suya. Creedme, señores jueces, un hombre tan humillado como yo no debe quejarse de la Providencia ni aconsejar a la sociedad; pero la infamia de que había querido salir es muy grande, el presidio hace al presidiario. Reflexionad sobre esto, si queréis. Antes de ir a presidio era un pobre aldeano muy poco inteligente, una especie de idiota: el presidio me transformó. Era estúpido, me hice malvado; era un pedazo de leño, me hice un tizón. La bondad y la indulgencia me salvaron de la perdición a que me había arrastrado la severidad. Pero, perdonadme, no podéis comprender lo que dijo. En mi casa, en las cenizas de la chimenea, hallareis la moneda de cuarenta sueldos que robé hace siete años a Gervasillo. No tengo más que decir; prendedme. Veo que el señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: “El señor Magdalena se ha vuelto loco”. ¡No me creéis! Esto es lo más triste. ¡A lo menos, no condenéis a ese hombre! Pues qué: ¿ésos no me conocen? Quisiera que estuviera aquí Javert; el me reconocería”.
Imposible es describir la melancolía triste y tranquila que acompañó a estas palabras.

Volviéndose después hacia los tres testigos, les dijo:

-Yo os conozco, Brevet, ¿os acordáis…?

Se interrumpió, dudó un momento, dijo:

-¿Te acuerdas de aquellos tirantes de cuadros que tenías en el presidio?

Brevet hizo un movimiento de sorpresa y le miró de los pies a la cabeza, asustado.

-Chenildieu- dijo después-, tú que te llamas a ti mismo Niego a Dios, tienes el hombro derecho todo abrasado, porque te echaste un día sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que aún se descubren bastante. Responde, ¿no es verdad?

-Es cierto- dijo Chenildieu.

Y dirigiéndose a Cochepaille, le dijo:

-Cochepaille, tú tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo una fecha escrita en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la del desembarco del emperador en Cannes el 1°, de marzo de 1815. Levantándose la manga.

Cochepaille se levantó la manga; todas las miradas se dirigieron a su brazo desnudo; un gendarme acercó una luz. Allí estaba la fecha.

El desgraciado se volvió hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa que aún mueve a compasión a los que la vieron cuando la recuerdan. Era la sonrisa del triunfo, pero también la sonrisa de la desesperación.

-Ya veis- dijo- que soy Juan Valjean.

No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había más que ojos fijos y corazones conmovidos. Nadie se acordaba del papel que debía representar; el fiscal olvidó que estaba allí para acusar, el presidente que estaba para presidir, el defensor que estaba para defender. No se hizo ninguna pregunta: no intervino ninguna autoridad. Los espectáculos sublimes se apoderan del alma y convierten a todos los que los presencian en meros espectadores. Tal vez ninguno podía explicarse lo que experimentaba; ninguno podía decir que veía allí una gran luz, y, sin embargo, interiormente todos se sentían deslumbrados.

Era evidente que tenían delante a Juan Valjean. Su aparición había bastado para aclarar aquel negocio tan obscuro algunos momentos antes. Sin necesidad de explicación alguna, aquella multitud comprendió en seguida, como por una especie de revelación eléctrica, la grandeza del hombre que se entregaba para evitar que fuese condenado otro en su lugar. Los detalles, las dudas, las dificultades posibles se perdieron en aquella luz: la impresión pasó con rapidez, pero fue irresistible.

-No quiero perturbar por más tiempo la audiencia- dijo Juan Valjean-. Me voy, puesto que no me prenden. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe quién soy y adónde voy, y me mandará prender cuando quiera.

Se dirigió a la puerta. Ni se elevó una voz, ni se extendió un brazo para detenerle. Todos se apartaron: Juan Valjean tenía en aquel momento esa superioridad que obliga a la multitud a retroceder delante de un hombre. Pasó por medio de la gente con lentitud: no se sabe quién abrió la puerta; pero lo cierto es que estaba abierta cuando llegó a ella. Allí se volvió, y dijo:

-Señor fiscal, estoy a vuestra disposición.

Y dirigiéndose al auditorio, añadió:

-Todos creéis que soy digno de compasión. ¿No es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que he estado a punto de hacer, me creo digno de envidia. Sin embargo, preferiría que nada de esto hubiera sucedido.

Salió; la puerta se cerró como se había abierto; porque los que hacen alguna cosa grande están siempre seguros de encontrar alguien que les sirva entre la multitud.

Una hora después, el veredicto del jurado declaraba inocente a Champmathieu, que puesto en libertad inmediatamente, se fue estupefacto, creyendo que todos estaban locos, y no comprendiendo nada de lo que habían visto.”

(“Los Miserables”, Víctor Hugo, Editorial Universo S.A. 1981- Tomo I, págs. 207-214).


Javert es el hombre del deber: en su calidad de policía, interpreta sus obligaciones en la forma más rigurosa, hasta rodear con una especie de idealismo castrense no tanto su profesión como la obediencia a las leyes que la rigen. Javert ve la humanidad dividida en dos campos distintos: el de quienes siguen la ley y el de quienes están al margen de ella, y se considera encargado de imponer efectivamente la ley a quien efectivamente la rechace. Pero por debajo de esta concepción elemental, está su humanidad, que el mismo ignora. Poco a poco va madurando en el intransigente policía la oscura sensación de que su mundo de escuetos trazos, sin esfumados ni medias tintas, no corresponde a la realidad de los hombres sobre los cuales actúa. Y, cuando más Javert se aproxima a la conciencia de ello, tanto más se atrinchera tras un baluarte de intransigencia, ya que su profesión no admite términos medios. Cuando Javert aparece en la novela, ha llegado ya ese momento, pero nadie lo sospecha, ni siquiera él. Su drama es, pues, durante la mayor parte del relato, algo externo a él, quizás advertido por ecos interiores. Así vemos a este hombre tan justo obligado por un trágico destino a ofender continuamente, en el cumplimiento de su deber, toda justicia humana. Sus víctimas son una desdichada mujerzuela callejera, Fantine, y un presidiario evadido, Jean Valjean, iluminados por una luz a la que Javert es fatalmente ciego. Pero Jean Valjean logra evadirse nuevamente, toma otra personalidad, y continúa su vida bienhechora. Javert, como un perro de caza tras la zorra, sigue persiguiéndolo para entregar a la justicia al galeote evadido. En la rebelión de 1832, Valjean se encuentra con Javert, quien ha sido tomado prisionero por los rebeldes; lejos de matarlo y librarse de él para siempre, Jean Valjean parece escuchar en su corazón la voz de monseñor Myriel, y le salva la vida cuando iba a ser ejecutado por los revoltosos. Javert parte con Jean Valjean como prisionero, pero cerca al puente que atraviesa el rio Sena, lo deja en libertad. Toda la vida del policía Javert queda destruida en ese crucial momento y no le es posible reconstruirla. Ha infringido su deber por primera vez en su vida al dejar en libertad a un presidiario: entonces la vida se le hace intolerable y deja que las aguas del rio Sena lo engullan.


“Javert se alejó lentamente de la calle del Hombre-Armado.

Caminaba con la cabeza baja por la primera vez de su vida, y también por la primera vez de su vida con las manos cruzadas atrás.

Hasta entonces Javert, de las dos actitudes de Napoleón, sólo había adoptado la que derrota un ánimo resuelto, los brazos cruzados sobre el pecho; érale desconocida la que denota incertidumbre; esto es, las manos cogidas atrás. Habíase verificado en él un gran cambio; toda su persona, lenta y sombría, llevaba el sello de la ansiedad.

Internóse en las calles más silenciosas.

Sin embargo, seguía una dirección.

Tomó por el camino más corto hacia el Sena, llegó al muelle de los Olmos, le costeó, dejó tras de sí la Greve, y se detuvo a alguna distancia del cuerpo de guardia del Chatelet, en el ángulo del puente de Nuestra Señora. El Sena, entre el puente de Nuestra Señora y el Pont-au-Change a un lado, y los muelles de las Mégisserie y de las Flores al otro, forma una especie de lago cuadrado que atraviesa un remolino.

Este punto del Sena es muy temido de los marineros. Nada hay más peligrosos que ese remolino, cuya furia aumentaban en aquella época las estacas del molino del puente, hoy demolido. Los dos puentes, tan próximos uno a otro, contribuyen a que sea mayor el peligro, y el agua se precipita de una manera formidable por debajo de los arcos. Acumulándose allí, forcejea contra los postes, como para arrancarlos con gruesas cuerdas liquidas. Los hombres que caen en aquel remolino no vuelven a aparecer; ahogándose allí los más diestros nadadores.

Javert apoyó los dos codos en el parapeto, la barba en las dos manos, y mientras que sus uñas se contraían maquinalmente en las pobladas patillas, se puso a meditar.

En el fondo de su alma acababa de pasar algo nuevo, una revolución, una catástrofe, y había materia para entregarse a un profundo examen.

Javert padecía horriblemente.

Hacía algunas horas que la unidad de objeto había cesado en él. Sentíase turbado; aquel cerebro, tan límpido en su misma ceguedad, había perdido la transparencia; empañaba aquel cristal una nube. Javert conocía que su deber era mostrarse al descubierto, y no cabía ya disimulo. Cuando encontró tan impensadamente a Juan Valjean en el ribazo del Sena, hubo en él algo del lobo que se apodera de nuevo de su presa, y del perro que vuelve a hallar a su amo.

Ante sí veía dos sendas, ambas igualmente rectas, pero eran dos, y esto le aterraba, pues en toda su vida no había conocido sino una sola línea recta. Y para colmo de angustia, aquellas dos sendas eran contrarias y se excluían mutuamente. ¿Cuál sería la verdadera?

Su situación era inexplicable.

Deber la vida a un malhechor; admitir y reembolsar esta deuda; estar a pesar de sí mismo, mano a mano, con una persona perseguida por la justicia, y pagarle un servicio con otro servicio; dejar que le dijesen: márchate, y decir a su vez: sé libre; sacrificar a motivos personales el deber, esta obligación general, y sentir en aquellos motivos personales algo de general también, y quizá algo de superior; vender la sociedad por ser fiel a su conciencia; la realización de tales absurdos y su acumulación en él, en su individuo, esto el aterraba.

Habíale admirado una cosa, y era que Juan Valjean le perdonase: y petrificábale la idea de que él, Javert, hubiese perdonado a Juan Valjean.
¿Qué era de su personalidad? Buscábase y no se encontraba.

¿Qué había de hacer ahora? Si malo le parecía entregar a Juan Valjean, menos malo se le figuraba que era dejarle libre. En el primer caso, el hombre de la autoridad descendía más que el hombre del presidio; en segundo, un presidiario se sobreponía a la ley, y la pisoteaba. En ambos casos, el deshonor era para él. En cualquier partido que adoptase, había descenso. El destino tiene ciertas extremidades perpendiculares a lo imposible, más allá de las cuales la vida no es más que un precipicio. Javert estaba en una de esas extremidades.

Afligíale tener que pensar. La misma violencia de todas estas emociones contradictorias le obligaban a ello. ¡El pensamiento! cosa inusitada para él, y que le causaba un dolor indecible.

Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, e irritábale sentirla en sí.

El pensamiento, sobre cualquier asunto, ajeno al estrecho círculo de sus funciones, hubiera sido para él, en todos los casos, una inutilidad y una fatiga; pero, versando sobre el día que acaba de pasar, era un tormento. Sin embargo, había que examinar la conciencia, después de tales sacudimientos, y erigirse en juez de sí mismo.

Estremecíase al considerar lo que había hecho, decidiendo, contra todos los reglamentos de policía, contra toda la organización social y judicial, contra el Código entero, poner en libertad a un hombre.

Habíale convenido esto; había sustituido sus negocios públicos. ¿No era incalificable tal conducta? Cada vez que fijaba la mente en aquella acción sin nombre, acometíale un temblor general, ¿Qué resolución debía tomar? Un solo recurso le quedaba: volver apresuradamente a la calle del Hombre- Armado, y apoderarse de Juan Valjean. Claro estaba que no debía hacer sino eso. Con todo, no podía. Algo le cerraba el camino por aquel lado.

¿Y qué era ese algo? ¿Hay en el mundo una cosa distinta de los tribunales, de las sentencias, ejecutorias, de la policía y de la autoridad? Las ideas de Javert se confundían.

¡Un presidiario sagrado! ¡Un presidiario que se emancipaba de la justicia por causa de Javert!

¿No era horrible que Javert y Juan Valjean, el hombre hecho para el rigor y el hombre hecho para el padecimiento, ambos sujetos a la ley, hubiesen llegado al extremo de sobreponerse a ella?

¡Cómo! ¡Sucedían atrocidades por el estilo, y nadie seria castigado! ¡Juan Valjean más fuerte que todo el orden social, se vería libre, y Javert continuaría comiendo el pan del gobierno.

Poco a poco su meditación tomaba un carácter terrible.

También hubiera podido dirigir a su conciencia algún cargo con motivo del insurrecto conducido a la calle de la Monjas del Calvario, pero no pensaba en él. La falta menor se perdía en la mayor. Por otra parte, tratábase de un hombre evidentemente muerto, y con la muerte concluye la persecución legal.

Juan Valjean era el preso que abrumaba su espíritu.

Juan Valjean le desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos de apoyo de toda su vida, caían por tierra ante aquel hombre. La generosidad usada con él le tenía agobiado. Recordaba hechos que en otro tiempo había calificado de mentiras y locuras, y que ahora le parecían realidades. La figura del señor Magdalena se bosquejaba por detrás de Juan Valjean, superponiéndose ambas, y no formando más que una, que era venerable. Javert sentía penetrar en su alma alguna cosa horrible: la admiración hacia un presidiario. Pero ¿se concibe que se respete a un presidiario? No, y a pesar de ello, él le respetaba. Por más esfuerzos que hacía, tenía que confesar en su fuero interno la sublimidad de aquel miserable. Esto era odioso.

Un malhechor benéfico, un presidiario compasivo, dulce, clemente, recompensando el mal con el bien, el odio con el perdón, la venganza con la piedad; prefiriendo perderse a perder a su enemigo; salvando al que le había herido, de rodillas en lo más culminante de la virtud, más cerca del ángel que del hombre; era un monstruo cuya existencia no podía ya negar Javert.

Imposible que esto continuase así.

Preciso es convenir en que él no se había rendido de buen grado a aquel monstruo, a aquel ángel infame, a aquel héroe terrible, que le causaba tanta indignación como asombro. Veinte veces, cuando iba en el carruaje en compañía de Juan Valjean, el tigre legal había rugido en él. Veinte veces había sentido tentaciones de arrojarse sobre Juan Valjean, cogerle y devorarle, esto es, sorprendente: ¿Había nada más sencillo? Con gritar delante del primer cuerpo de guardia: -¡Un presidiario que se ha fugado! – Y luego llamar a los gendarmes y decirles: -Os entrego ese hombre-; marchándose y dejándole allí, sin volver a ocuparse en la suerte del criminal, todo estaba concluido; la ley podía disponer del preso como estimase mejor. ¿Qué cosa más justa? Javert había pensado todo esto, había querido ponerlo en ejecución, prender a aquel hombre; y entonces, lo mismo que ahora, tropezó con una barrera insuperable; cada vez que la mano del inspector de policía se levantaba convulsivamente para coger a Juan Valjean por el cuello, aquella mano, como si tirase de ella un peso enorme, había vuelto a caer, y en el fondo de su pensamiento oía una voz, una voz extraña que le gritaba: “Bueno. Entrega a tu salvador, y en seguida haz traer la jofaina de Poncio Pilatos, y lávate”.

Después se examinaba a sí mismo, y, junto a Juan Valjean ennoblecido, contemplaba a Javert degradado.

¡Un presidiario era su bienhechor!

-Pero, ¿por qué había permitido que aquel hombre le perdonase la vida? Tenía derecho a morir en la barricada, y hubiera debido usar de este derecho. Hubiera debido llamar a los demás insurrectos en su auxilio contra Juan Valjean, y haber hecho que te fusilen: valía más así.

Su angustia mayor era la desaparición de la certidumbre. Sentía como si le faltasen las raíces. El Código no era más que un papel mojado en su mano. Acometíanle escrúpulos de una especie desconocida. Efectuábase en él una revelación sentimental enteramente distinta de la afirmación legal, su medida única hasta entonces. No le bastaba ya permanecer en la honradez antigua. Un orden de hechos inesperados surgía y le subyugaba. Era para su alma un mundo nuevo: el beneficio aceptado y devuelto, la abnegación, la misericordia, la indulgencia, las violencias hechas por la piedad a la austeridad, la acepción de personas; no más sentencias definitivas, no más condenas; la posibilidad de una lagrima en los ojos de la ley; cierta justicia, según Dios, contraria a la justicia, según los hombre. Divisaba en las tinieblas la imponente salida de un sol moral y desconocido y experimentaba al mismo tiempo el horror, y el deslumbramiento de semejante espectáculo. Búho obligado a dirigir miradas de águila.

¡Conque era verdad que había excepciones, que la autoridad podía desconcertarse, que la regla podía retroceder ante un hecho, que todo no cabía en el texto de la ley, que lo imprevisto se hacía obedecer, que la virtud de un presidiario podía tender un lazo a la virtud de un empleado público, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino tenía emboscadas de esta clase, y que el mismo Javert no estaba al abrigo de una sorpresa!

Veíase en la necesidad de reconocer con desesperación, que la bondad existía. Aquel presidiario había sido bueno: y también él, ¡cosa inaudita! Acababa de serlo. Ibase, pues, depravando.

Se conceptuaba cobarde, y tenía horror de sí mismo.

El ideal para Javert no era ser humano, grande, sublime; era ser irreprensible. Ahora bien; acababa de cometer una falta.

¿Cómo había podido cometerla? ¿Cómo había pasado todo aquello? Ni él mismo lo sabía. Se cogía la cabeza con ambas manos; pero, a pesar de sus esfuerzos no alcanzaba a explicárselo.

El, sin duda, había tenido siempre intención de poner a Juan Valjean a disposición de la ley, de que era cautivo, y de la cual él, Javert, era esclavo. Jamás, mientras le tuvo en sus manos, le había ocurrido el pensamiento de dejarle ir. Hízolo, pues, en cierto modo, contra su voluntad, y sin saber lo que hacía.

¡Interrogatorio tremendo! Dirigíase preguntas, daba respuestas, y estas respuestas le aterraban. Preguntábase: ¿qué ha hecho ese presidiario, a quien he perseguido sin cesar, que me ha tenido bajo sus pies, que podía y debía vengarse, tanto por rencor como por seguridad, dejándome la vida, perdonándome? ¿Su deber? No. Algo más. ¿Hay, pues, algo por encima del deber? Al llegar aquí se asustaba: dislocábase su balanza; uno de los platillos caía en el abismo, el otro se elevaba al cielo; y Javert sentía el mismo terror por el que subía como por el que bajaba. Sin haber en él nada de lo que se llama volteriano, o filósofo, o incrédulo; lleno, al contrario, instintivamente de respeto hacia la iglesia establecida, no la conocía, sin embargo, sino como un fragmento augusto del edificio social. El orden era su dogma y le bastaba. Desde que tuvo edad de hombre y empezó a desempeñar su cargo, cifró en la policía casi toda su religión. Consideraba (y cuenta que empleamos aquí las palabras sin la menor ironía, en la acepción más formal) el espionaje como un sacerdocio. Tenía un superior, que era el señor Gisquet; apenas había pensado hasta aquel día en ese otro superior: Dios.

¡Dios! sentíale dentro de sí inesperadamente, y experimentaba cierto malestar.

El hecho predominante para él era, que acababa de cometer una espantosa infracción. Había dado libertad a un criminal reincidente, a un presidiario. Había robado a las leyes un hombre que les pertenecía. Nada menos que esto había hecho, y no se comprendía a sí mismo.

Ni siquiera concebía las razones de su modo de obrar. Agitábale una especie de vértigo. Hasta entonces había vivido con fe ciega que engendra la probidad tenebrosa. Abandonábale está fe; faltábale esta probidad. Todas sus creencias se desvanecían. Algunas verdades, que no quería escuchar, le asediaban inexorablemente.

En adelante era preciso ser otro hombre. Padecía los extraños dolores de una conciencia ciega, bruscamente devuelta a la luz. Veía lo que le repugnaba ver. Encontrábase vacío, inútil, segregado de su pasada vida, destruido, disuelto. En él había muerto la autoridad, y no tenía ya razón de ser.

¡Situación terrible la de sentirse conmovido!

¡Ser de granito y andar! ¡Ser la estatua del castigo fundida de una vez en el molde de la ley, y hallar de repente que bajo el pecho de bronce hay algo de absurdo y de rebelde que se asemeja mucho a un corazón! ¡Pagar un bien con otro bien, aunque hasta allí se hubiese creído que aquel bien era el mal! ¡Ser el perro de guardia y lamer! ¡Ser el hielo, y derretirse! ¡Ser la tenaza, y convertirse en mano! ¡Sentir de improviso que los dedos se abren para soltar la presa! ¡Horrible situación!

¡El hombre proyectil sin saber ya el camino, y retrocediendo!

No había sino dos maneras de salir de tan violento estado. Una, ir resueltamente a casa de Juan Valjean y prender al reo. Otra…

Javert dejó al parapeto, e irguiendo su cabeza, se dirigió con paso firme al cuerpo de guardia indicado por un farol en una de las esquinas de la plaza de Chátelet.

Miró por el ventanillo, y viendo que estaba dentro un municipal, entró. Los empleados de policía se conocen entre sí en el modo como empujan la puerta de un cuerpo de guardia.

Javert dijo su nombre, mostró su tarjeta al municipal, y se sentó junto a una mesa, sobre la cual había pluma, tintero y papel, por si se ofrecía tomar alguna sumaría eventual, y también para escribir los partes de las rondas nocturnas.

La mesa del cuerpo de guardia, con su correspondiente silla de paja, es una especie de institución; existe en todos los puestos de policía; sus constantes adornos son: un platillo de boj lleno de aserrín, y una caja de cartón con obleas encargadas. Es el piso bajo del estilo oficial. Por ella empieza la literatura del Estado.

Javert tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso a escribir lo siguiente:

ALGUNAS OBSERVACIONES
PARA EL BIEN DEL SERVICIO

“Primero. Suplico al señor prefecto que pase la vista por estas líneas.

“Segundo. Los detenidos que vienen de la sala de Audiencia se quitan los zapatos, y permanecen descalzos en el piso de ladrillos mientras se les registra. Muchos tosen cuando se les conduce al encierro. Esto ocasiona gastos de enfermería.

“Tercero. Es bueno seguir la pista, revelándose los agentes de distancia en distancia; pero convendría que en las ocasiones importantes, dos agentes, por lo menos, no se perderían de vista, con objeto de que, si por cualquier causa un agente afloja en el servicio, el otro le vigile y haga sus veces.

“Cuarto. No se comprende por qué el reglamento especial de la cárcel delas Maledonetas prohíbe el preso que tenga una silla, aun pagándola.

“Quinto. En la cantina delas Maledonetas no hay más que dos barrotes, y esto permite a la cantinera dejarse tocar la mano por los detenidos.

“Sexto. Los detenidos, llamados labradores, porque llaman a los otros a la reja, exigen dos sueldos de cada preso por pregonar su nombre con voz clara. Es un robo.

“Séptimo. Por un hilo corredizo que retienen diez sueldos al preso en el taller de los tejedores. Es un abuso del contratista, pues no es menos bueno el lienzo sin eso.

“Octavo. No parece bien que los que van a visitar la Fuerza, tengan que atravesar por el patio de los raterillos para ir a locutorio de Santa María Egipciaca.

“Noveno. Es cierto que diariamente se oye a los gendarmes referir en el patio de la Prefectura los interrogatorios de los detenidos. Es un gendarme que debiera ser sagrado, semejante revelación es una grave falta.

“Décimo. La señora Henry es una buena mujer; su cantina está muy aseada: pero no es conveniente que una mujer pueda disponer del secreto del calabozo. Esto no es digno dela Consejería de una gran civilización”.

Javert trazó las anteriores líneas con mano firme y escritura correcta, no omitiendo una sola coma, y haciendo crujir el papel bajo su pluma. Al pie firmó:

                                                                     “Javert
                                                 “Inspector de primera clase.  



“En el cuerpo de guardia de la plaza del Chátelet.

“7 de junio de 1832, a eso de la una de la madrugada”.    

 Secó la tinta fresca, dobló el papel en forma de carta, le puso una oblea, y escribió encima: “Nota para la admiración”; lo dejó sobre la mesa, y salió del cuerpo de guardia. La puerta se cerró tras él.

Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Chátelet, llegó al muelle, y fue a situarse con una exactitud automática en el punto mismo que había dejado hacia un cuarto de hora. Los codos, como antes, sobre el parapeto; la actitud idéntica. Parecía no haberse movido.

Obscuridad completa. Era el momento sepulcral que sigue a la media noche.
Nubes espesas ocultaban las estrellas. El cielo tenía un aspecto siniestro. No se veía una sola luz en las casas de la “Cité”; no pasaba nadie; las calles y los muelles adonde la vista podía alcanzar, estaban desiertos; Nuestra Señora y las torres del Palacio de Justicia parecían lineamentados de la noche. Un farol alumbraba el pretil del muelle. Los perfiles de los puentes iban desapareciendo en las tinieblas unos tras otros. El río había crecido con las lluvias.

El paraje en que se había apoyado Javert estaba, como se recordará, situado por encima del remolino del Sena, perpendicularmente a la formidable espiral de las olas que se desatan y vuelven a atar como un tornillo sin fin.

Javert inclinó la cabeza y miró. Todo estaba negro. No se distinguía nada. Oíase el ruido de la espuma, pero no se veía el rio. Por instantes aparecía en aquella profunda vorágine una luz que serpenteaba vagamente. Es virtud que tiene el agua de coger la luz, no se sabe de dónde, en medio de la noche más completa, y convertiría en culebra. La claridad no tardaba en disparar, y todo volvía a quedar confuso y negro. La inmensidad parecía estar allí abierta. Debajo no era aquello agua, sino abismo. La muralla del muelle, recta, confusa, mezclada con el vapor, y ocultándose en seguida, producía el efecto de una muralla del infinito.

No se veía nada; pero se sentía la frialdad hostil del agua, y el olor especial de las piedras mojadas. Subía del abismo un hálito salvaje. La crecida del rio que se adivinaba más bien que se percibía, el trágico murmullo de las olas, la enorme lobreguez de los arcos del puente, la caída imaginable en aquel sombrío precipicio, todo estaba lleno de horror.

Javert permaneció algunos minutos inmóvil, mirando aquel abismo de tinieblas. Consideraba lo invisible con una fijeza que tenía algo de atención. El único ruido era el del agua.

De repente se quitó el sombrero y lo puso en el pretil del muelle. Poco después apareció de pie sobre el parapeto una figura alta y negra, que a lo lejos cualquier transeúnte retardado hubiera podido tomar por un fantasma; se inclinó hacia el Sena, volvió a endurecerse, y cayó luego a plomo en las tinieblas.

Hubo un estremecimiento sordo, y únicamente la sombra estuvo en el secreto de las convulsiones de aquella forma oscura que apareció bajo las aguas.”

(págs. 379-386. Tomo II).



Al poco tiempo, Jean Valjean muere, pero con la dicha de ver a su querida Cossete casada y dichosa con el hombre que ama. Enterrado en el cementerio de Pere Lachaise, Jean Valjean descansó en la paz del Señor. Sobre su tumba una inscripción decía así:



“Duerme: la suerte persiguióle ruda; murió al perder la prenda de su alma. Larga la expiación, la pena aguda fue; y así obtuvo la celeste palma”.






EL LICENCIADO VIDRIERA


Novela ejemplar de Miguel de Cervantes que tiene como personaje Tomás Rodaja, mancebo de humilde condición, pero listo y ávido de instruirse, fue protegido por dos caballeros estudiantes de Salamanca que le tomaron a su servicio y le costearon la enseñanza de Leyes, conservándolo a su lado, más como compañero que como criado, durante ocho años. Terminados los estudios de ambos caballeros, marcharon a su pueblo de Andalucía, llevando consigo a Tomás; este permaneció con ellos unos días y volvió a partir para Salamanca con intención de licenciarse, recibiendo de sus protectores dinero suficiente para vivir tres años.

Camino de Antequera, encontróse con el capitán don Diego de Valdivia, quien, prendado de la buena apostura, ingenio y despejo del mozo, le convenció para que le acompañase a Italia. Embarcaron en Cartagena, llegaron a Génova, y luego de visitar Milán, Venecia, Florencia, Nápoles y Roma, pasó Tomás a Flandes, deteniéndose en Gante y Bruselas, desde donde se volvió a Salamanca para acabar sus estudios.

Quiso su mala suerte que una dama rica se enamorase de él, llegando a ofrecerle su hacienda; pero Tomás, que atendía más a los libros que a otros pasatiempos, desdeñó a la hermosa, y esta, para atraerse su cariño, le administró unos hechizos que le trastornaron la razón, dando en la extraña manía de creerse de vidrio y llamarse Vidriera, no consintiendo que nadie le tropezase y durmiendo sobre paja por considerarse muy quebradizo. Como, fuera de eso, discurría con lucidez, se hizo famoso por los donaires y sutilezas con que respondía a todo el mundo (y que Cervantes transcribe extensamente), hasta el extremo de que fue llevado a la corte con engaños para presentarle a un príncipe que, noticioso de su fama, quiso conocerle.

Dos años duró la enfermedad de Vidriera; pero compadecido de él un religioso, le puso en tratamiento y consiguió curarle. Tomó entonces el nombre de Rueda, y creyó que la fama de agudo que adquirió estando loco iba a servirle mucho de cuerdo; mas no tardó en desengañarse y en verse a punto de morir de hambre. Entonces, amargado, renunció a las Leyes, partió para Flandes en busca de su amigo Valdivia, y allí murió como buen soldado.


“De los músicos y de los correos de a pie decía que tenían las esperanzas y las suertes limitadas, porque los unos la acababan con llegar a serlo de a caballo, y los otros con alcanzar a ser músicos del Rey. De las damas que llaman cortesanas decía que todas, o las más, tenían mas de corteses que de sanas.

Estando un día en una iglesia vio que traían a enterrar a un viejo, a bautizar a un niño y a velar una mujer, todo a un mismo tiempo, y dijo que los templos eran campos de batalla, donde los viejos acaban, los niños vencen y las mujeres triunfan.

Picábale una vez una avispa en el cuello, y no se la osaba sacudir, por no quebrarse; pero, con todo eso, se quejaba. Preguntóle uno que cómo sentía aquella avispa, si era su cuerpo de vidrio. Y respondió que aquella avispa debía de ser murmuradora, y que las lenguas y picos de los murmuradores eran bastantes a desmoronar cuerpos de bronce, no que de vidrio.

Pasando acaso un religioso muy gordo por donde él estaba, dijo uno de sus oyentes:

-De hético no se puede mover el padre.

Enojóse Vidriera, y dijo:

-Nadie se olvide de lo que dice el Espíritu Santo: Nolite tangere christos meos.

Y subiéndose más en cólera, dijo que mirasen en ello, y verían que de muchos santos que de pocos años a esta parte había canonizado la Iglesia y puesto en el número de los bienaventurados, ninguno se llamaba el capitán don Fulano, ni el secretario don Tal de don Tales, ni el Conde, Marqués o Duque de tal parte, sino fray Diego, fray Jacinto, fray Raimundo, todos, frailes y religiosos; porque las religiones son los Aranjueces del cielo, cuyos frutos, de ordinario, se ponen en la mesa de Dios.

Decía que las lenguas de los murmuradores eran como las plumas del águila: que roen y menoscaban todas las de las otras aves que a ellas se juntan. De los gariteros y tahúres decía milagros: decía que los gariteros eran públicos prevaricadores, porque en sacando el barato del que iba haciendo suertes, deseaban que perdiese y pasase el naipe adelante, porque el contrario las hiciese y él cobrase sus derechos. Alababa mucho la paciencia de un tahúr, que estaba toda una noche jugando y perdiendo, y con ser de condición colérico y endemoniado, a trueco de que su contrario no se alzase, no descosía la boca, y sufría lo que un mártir de Barrabas. Alababa también las conciencias de algunos honrados gariteros que ni por imaginación consentían que en su casa se jugase otros juegos que polla y cientos, y con esto, a fuego lento, sin temor y nota de malsines, sacaban al cabo del mes más barato que los que consentían los juegos de estocada, del reparolo, siete y llevar, y pinta en la del punto.

En resolución, él decía tales cosas, que si no fuera por los grandes gritos que daba cuando le tocaban o a él se arrimaban, por el hábito que traía, por el no querer dormir sino al cielo abierto en el verano y el invierno en los pajares, como queda dicho, con que daba tan claras señales de su locura, ninguno pudiera creer sino que era uno de los más cuerdos del mundo.

Dos años o poco más duró en esta enfermedad, porque un religioso de la Orden de San Jerónimo, que tenía gracia y ciencia particular en hacer que los mudos entendiesen y en cierta manera hablarles, y en curar locos, tomó a su cargo de curar a Vidriera, movido de caridad, y le curó y sanó, y volvió a su primer juicio, entendimiento y discurso. Y así como le vio sano, le vistió como letrado y le hizo volver a la Corte, adonde, con dar tantas muestras de cuerdo como las había dado de loco, podía usar su oficio y hacerse famoso por él.

Hízolo así, y llamándose el Licenciado Rueda, y no Rodaja, volvió a la Corte, donde apenas hubo entrado, cuando fue conocido de los muchachos; mas como le vieron en tan deferente hábito del que solía, no le osaron dar grita ni hacer preguntas; pero seguíanle, y decían unos a otros:

-¿Éste no es el loco Vidriera? A fe que es él. Ya viene cuerdo. Pero también puede ser loco bien vestido como mal vestido: preguntémosle algo, y salgamos de esta confusión.
Todo esto oía el Licenciado y callaba, e iba más confuso y más corrido que cuando estaba sin juicio.

Pasó el conocimiento de los muchachos a los hombres, y antes que el Licenciado llegase al patio de los Consejos llevaba tras de sí más de doscientas personas de todas suertes. Con este acompañamiento, que era más que de un catedrático, llegó al patio, donde le acabaron de circular cuantos en él estaban. Él, viéndose con tanta turba a la redonda, alzó la voz y dijo:

-Señores, yo soy el Licenciado Vidriera, pero no el que solía: soy ahora el Licenciado Rueda. Sucesos y desgracias que acontecen en el mundo por permisión del Cielo me quitaron el juicio, y las misericordias de Dios me le han vuelto. Por las cosas que dicen que dije cuando loco podéis considerar las que diré y haré cuando cuerdo. Yo soy graduado en Leyes por Salamanca, adonde estudié con pobreza y adonde llevé segundo en licencias: de do se puede inferir que más la virtud que el favor me dio el grado que tengo. Aquí he venido a este gran mar de la Corte para abogar y ganar la vida; pero si no me dejáis, habré venido a bogar y granjear la muerte: por amor de Dios que no hagáis que el seguirme sea perseguirme y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo. Lo que solíades preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os respondía bien, según dicen, de improviso os responderá mejor de pensado.

Escucháronle todos y dejáronle algunos. Volvióse a su posada con poco menos acompañamiento que había llevado.

Salió otro día, y fue lo mismo; hizo otro sermón, y no sirvió de nada. Persia mucho y no ganaba cosa; y viéndose morir de hambre, determinó de dejar la Corte y volverse a Flandes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se podía valer de las de su ingenio.

Y poniéndolo en efecto, dijo al salir de la Corte:

-¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes y acortas las de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!

Esto dijo y se fue a Flandes, donde la vida que había comenzado a eternizar por las letras la acabó de eternizar por las armas, en compañía de su bien amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado.”


(“El licenciado Vidriera”, Miguel de Cervantes, en “Obras Completas” - Editorial Juventud, Tomo II, págs. 240-243. 1964)                







LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT


Novela de Julio Verne que nos presenta la historia que acontece a Roberto Grant y a su familia.

El escocés lord Glenarvan; su mujer, lady Elena, y su primo, el mayor Mac-Nabbs, regresaban a Glasgow en el yate Duncan después de un paseo de pruebas. En el estómago de una especie de tiburón (marrajo), izado a bordo, encuentran una botella con un papel deteriorado, del que pueden descifrar que un capitán Grant perdió su buque, Britannia, en el paralelo 37,11 unos dos años antes, y pedía socorro para él y dos marineros; deduciéndose de la palabra fragmentada gonia que el naufragio ocurrió en las costas de Patagonia.

Lord Glenarvan procura inútilmente que el Almirantazgo se ocupe del asunto; pero pocos días después, y como consecuencia de una nota publicada en la Prensa por el lord, se presentan en su residencia Roberto y Mary Grant (de doce y catorce años), hijos del desaparecido capitán Harry Grant, y, a petición de lady Elena, su marido resuelve partir con ella y los muchachos en busca del náufrago, lo cual se realiza unos días más tarde. Equivocándose de buque, en una de sus múltiples distracciones, embarca en el Duncan el simpático geógrafo y naturalista Paganel, quien, después de unos minutos de desesperación al advertir su error, decide acompañar a los expedicionarios hasta el logro de sus nobles propósitos.

Habiéndole parecido bien a Paganel la interpretación dada al deteriorado documento del capitán Grant, el Duncan se dirige al Pacifico por el estrecho de Magallanes y hace escala en Talcahuano, en el paralelo 37. Todas las pesquisas en las poblaciones ribereñas resultan inútiles: no había la menor noticia de ningún buque naufragado dos años antes en las costas chilenas ni araucanas; y en vista de ello, el noble inglés decide cruzar en caravana el continente americano, siguiendo en línea recta aquel paralelo. Lord Glenarvan deja en el yate a las damas, y él, con Roberto Grant, Paganel, el mayor Mac-Nabbs y tres marineros, emprenden la accidentada expedición, en la que atraviesan Chile, los Andes, el río Colorado y la pampa y llanuras argentinas, corriendo diversos peligros y sin hallar rastro de los que buscaban. Llegados a la costa del Atlántico, embarcan de nuevo en el Duncan, que los aguardaba allí, despidiéndose todos, emocionados, del valiente patagón Thalcave, que les sirvió de guía y poderosa ayuda durante toda la excursión.

En vista de los resultados negativos obtenidos, Paganel hace una nueva interpretación del documento del capitán Grant y deduce que el fragmento de palabra gonia, que les hizo pensar en Patagonia, puede muy bien ser “agonía”, y que el término “austral”, que supusieron aludía al “hemisferio austral”, es quizá una parte de la palabra “Australia”; y aceptada por todos esta segunda interpretación, se dirigieron a Australia, dispuestos a recorrerla por el paralelo 37. Después de pasar por las islas de Tristán de Acuña y de Amsterdam, una furiosa tempestad en el Océano Indico es causa de grave avería en la hélice del Duncan, que los obliga a dirigirse a vela a las costas occidentales australianas. Luego de registrar inútilmente en lancha grandes extensiones de playas, se proponían ir con el buque a Melbourne para proceder a su reparación, dando por fracasada la empresa, ya que por varias razones no consideraban probable hallar a Grant en la costa oriental australiana, cuando el encuentro con un superviviente del naufragio del Britannia, el contramaestre Ayrton, les hace variar de planes. Ayrton, que se hallaba al servicio del honrado y simpático colono irlandés Paddy O´Moore, les cuenta que el naufragio ocurrió hacia el paralelo 37, cerca de la costa oriental de Australia, explicando a los expedicionarios el motivo de hallarse el barco en aquella ruta, que ellos consideraron improbable. En vista de tales noticias, y ante las seguridades que da Paganel acerca de la facilidad de una travesía de la región sur de Australia por tierra, Glenarvan decide realizarla, enviando entre tanto a reparar el Duncan a Melbourne, con orden de esperar allí sus instrucciones.

A la expedición es agregado Ayrton como conocedor del país y del lugar donde aseguraba que ocurrió el naufragio, y en una carreta especial, remolcada por tres pares de bueyes, destinada a las viajeras y al transporte de provisiones, y a caballo los hombres en siete vigorosos animales, emprenden la travesía de Australia. Ayrton, cuya identidad como contramaestre del buque de Grant estaba demostrada documentalmente y no ofrecía duda alguna, resulta ser en Australia el temible bandido Ben Joyce, presunto fugado de presidio con otros compañeros, con los cuales traía aterrorizada la región. Su estancia con el honrado colono O´Moore obedecía, sin duda a algún proyectado crimen, cuya ejecución abandonó por parecerle más interesante y lucrativo apoderarse del Duncan para dedicarlo a la piratería. Con este malvado fin, traiciona a lord Glenarvan, primero, haciendo herrar a uno de los caballos de la expedición por un compinche de su banda, que pone al animal unas herraduras señaladas con un trébol para que los bandidos puedan encontrar y seguir sus huellas; más tarde, envenenando uno a uno a todos los demás caballos y a cinco de los bueyes, y, por último, dejando a los expedicionarios con la carreta atascada y sin posibilidad de utilizarla, tan pronto como logra robar una carta que lord Glenarvan remitía por medio del marinero Mulrady al segundo de a borde del Duncan, ordenándole que se dirigiera con el buque a esperarlos en Twofold Bay, carta con la que esperaba Ayrton ganarse la confianza del segundo, Tom Austin, y apoderarse del yate… Cuando los expedicionarios, después de mil fatigas, logran llegar a Twofold, se enteran de que el Duncan había partido de Melbourne hacia diez días con rumbo desconocido, suponiéndole, lógicamente, en poder de los piratas.

Desalentados, se resuelven a volver a Europa, y en vista de la escasez de buques en Twofold para aquel destino, es aceptada la propuesta de Paganel de marchar a Auchland, en Nueva Zelanda, donde les sería más fácil encontrar barco para Inglaterra, Glenarvan contrata esa travesía con el capitán del Macquaire, navío de cabotaje, pesado y viejo, y en el parten los expedicionarios. Una tempestad hace encallar al buque cerca de las costas neozelandesas, después de haber sido cobardemente abandonado por la tripulación, que robó la noche antes el único bote de salvamento; pero con una almadía improvisada logran los náufragos llegar a tierra. Cuando se creían a salvo, caen en poder de los maoríes, entonces en guerra cruel con los ingleses, y están a punto de ser inmolados, librándose de la muerte casi milagrosamente por haberse refugiado en una montaña volcánica- considerada como tabú por los indígenas por estar en ella la tumba de uno de sus jefes-, de donde logran escapar provocando una erupción parcial que aterroriza y pone en fuga a los salvajes sitiadores. Pensando en dirigirse a Auckland a pie, llegan a la costa, donde con extraordinaria sorpresa dan vista al Duncan, que pronto acude en su socorro. En el yate iba preso Ayrton, pues, por una feliz equivocación de Paganel cuando escribió la carta, que lord Glenarvan se limitó a firmar por estar herido, en lugar de decir a Tom Austin que se dirigiese con el buque a Twofold Bay, le ordenó ir a Nueva Zelanda, obsesionado con este nombre por una nueva interpretación que estaba pensando para el famoso documento, y que no quiso revelar a nadie por temor a sus burlas.

Emprendido el regreso, un día Ayrton pide a Glenarvan que, en lugar de entregarle a las autoridades inglesas, le deje en una isla desierta, donde intentará regenerarse, y atendiendo a su ruego, se dirigen a la isla Tabor o María Teresa, de la cual se hallaban cerca y que está a mil quinientos millas de la tierra más próxima…, y allí tienen la inmensa alegría de encontrar al capitán Grant y a los dos marineros que con él se salvaron del naufragio, siendo los tres conducidos a bordo para regresar a Escocia y dejando en su lugar al malvado Ayrton, a quien el capitán Grant, en su último viaje, había desembarcado en Australia por su carácter levantisco.


“-¡Geógrafo!- dijo Mac Nabbs, con el tono del más profundo desprecio.
Pero Paganel no sintió el golpe. ¿Qué era aquel puñetazo comparado con la bofetada que le dejó atontado?

Paganel, como le dijo el capitán Grant, se había ido acercando poco a poco a la verdad. Había descifrado casi enteramente el indescifrable documento. Los nombres de Patagonia, Australia y Nueva Zelanda se le habían presentado sucesivamente con una certeza irrecusable. Contin, en un principio continente, había poco a poco adquirido su verdadera significación de continuamente. Indi, había significado sucesivamente indios, indígenas y, por último, indigencia, que era su verdadero sentido. Únicamente había burlado la sagacidad del geógrafo la palabra roída abor, de la cual Paganel había hecho obstinadamente la radical del verbo abordar, cuando era el nombre propio, el nombre francés de la isla de Tabor, de la isla que servía de refugio a los náufragos de la Britannia. El error era difícil de evitar, en atención a que los planisferios ingleses del Duncan daban a aquel islote el nombre de María Teresa.

-¡No importa!- exclamaba Paganel, arrancándose los cabellos-. ¡Yo no debí olvidar esta doble denominación! ¡He cometido una falta imperdonable, un error indigno de todo un secretario de la Sociedad de Geografía! ¡Estoy deshonrado!

-¡Pero Monsieur Paganel- dijo Elena-, moderad vuestro dolor!

-¡No, señora, no! ¡No soy más que un asno!

-¡Y ni siquiera un asno sabio!- respondió el mayor para su consuelo.

Terminada la comida, Harry Grant puso en orden todas las cosas de su casa, sin llevarse absolutamente nada, pues quería que el culpable heredase las riquezas del hombre honrado.

Volvieron todos a bordo, Glenarvan pensaba zarpar el mismo día, y dio las correspondientes órdenes para el desembarque del contramaestre, Ayrton fue conducido a la toldilla y se encontró en presencia de Harry Grant.

-Soy yo, Ayrton- dijo Grant.

-Lo veo, capitán- respondió Ayrton, sin que el encuentro de Harry Grant le causase el menor asombro-. ¡Pues bien! No siento veros en buena salud.

-Parece, Ayrton, que cometí una falta desembarcándoos en una tierra habitada.

-Así parece, capitán.

-Vais a reemplazarme en esa isla desierta. ¡Quiera el cielo inspiraros arrepentimiento!

-¡Así sea!- respondió Ayrton tranquilamente.

Después, Glenarvan se dirigió a él diciéndole:

-¿Persistís, Ayrton, en la resolución de quedar abandonado?

-Sí, mi lord.

-¿La isla de Tabor os conviene?

-Perfectamente.

-Ahora, oíd mis últimas palabras, Ayrton. Vais a estar alejado de todo el mundo y sin comunicación posible con vuestros semejantes. Los milagros son raros, y no podréis huir de ese islote en que el Duncan os deja. Estaréis solo bajo la mirada de un Dios que lee en lo más profundo de los corazones, pero no quedareis perdido ni ignorado, como ha estado el capitán Grant. Por indigno que seáis del recuerdo de los hombres, los hombres se acordarán de vos. Sé dónde estaréis, Ayrton, sé dónde podré encontraros, y no lo olvidará jamás.

-¡Dios conserve a Vuestro Honor!- respondió sencillamente Ayrton.

Tales fueron las últimas palabras que mediaron entre Glenarvan y el contramaestre. La lancha estaba esperando. Ayrton bajó a ella.

John Mangles había de antemano hecho transportar a la isla algunas cajas de cecina y otros alimentos salados y en conserva, vestidos, herramientas, armas y una buena provisión de pólvora y balas. El contramaestre podía pues, regenerarse por medio del trabajo. Nada le faltaba, ni siquiera libros, entre otros la Biblia, tan querida de los ingleses.

La hora de la separación había llegado. La tripulación y los pasajeros estaban sobre cubierta. Había más de uno que sentía oprimírsele el corazón. Mary Grant y lady Elena estaban profundamente conmovidas.

-¿Es preciso absolutamente?- preguntó la joven esposa de su marido-, ¿Es fuerza que quede abandonado ese infeliz?

-Es indispensable Elena- respondió lord Glenarvan-. Es necesaria la expiación.

En aquel momento, la lancha, dirigida por John Mangles, empezó a separarse del yate. Ayrton, en pie, siempre impasible, se quitó el sombrero y saludó gravemente.

Glenarvan se descubrió, y toda la tripulación lo mismo, como se hace delante de un hombre que va a morir, y la lancha se alejó más y más en medio de un profundo silencio.

Ayrton saltó a la playa, y la lancha volvió al yate. Eran entonces las cuatro de la tarde, y desde lo alto de la toldilla, los pasajeros pudieron ver al contramaestre que, con los brazos cruzados, inmóvil sobre un peñasco como una estatua sobre su pedestal, miraba fijamente al buque.

-¿Zarpamos, milord?- preguntó John Mangles.

-Sí, John- respondió Glenarvan, más conmovido de lo que quería aparentar.

-¡Goead!- gritó John al maquinista.

El vapor silbó, la hélice azotó las olas, y a las ocho los últimos penachos de la isla Tabor desaparecieron en las sombras de la noche.


(“Los hijos del capitán Grant”, Julio Verne, en “Obras completas”, Tomo I; Plaza Janes. S.A.- 1968. Págs.: 1614-1616).






OBRA POÉTICA DE JORGE GUILLÉN

Nace en Valladolid en 1893. Su vida transcurre paralela a la de su fraternal amigo Salinas, a quien sucedió en el lectorado de la Sorbona (1917-1923). Fue también catedrático de las universidades de Murcia (1925-1929) y Sevilla (1932-1938), con un intermedio en la de Oxford (1929-1931). Exiliado, se establece en los Estados Unidos y prosigue allí su docencia universitaria. Al jubilarse, reside en Italia, donde contrae segundas nupcias. Desde hace algunos años reside en Málaga. En 1977 se le ha concedido el Premio Miguel de Cervantes, máximo galardón para escritores de lengua española.

Poética
Guillén pasó por ser el máximo representante de la poesía pura. Pero no se olvide que, frente a una poesía “químicamente pura” (simple, deshumanizada), se declaró partidario de una “poesía compuesta, compleja”, que- junto a lo estrictamente poético- incluyera “otras cosas humanas”.

Lo que sí es cierto es que Guillén procede a una personalísima estilización de la realidad. Como Salinas, aunque en mayor grado, parte de realidades o situaciones concretas, pero para extraer de ellas las ideas o sentimientos más quintaesenciados. Podría decirse que, entre la realidad pura y su plasmación en un poema de Guillén, hay la misma diferencia que entre un cuerpo de carne y hueso y un desnudo de mármol purísimo.

Su mismo estilo está al servicio de dicha transmutación. Es un lenguaje sumamente elaborado, sometido a un riguroso proceso de eliminación y de selección; un lenguaje de una dureza diamantina, desprovisto de halagos, que renuncia a la musicalidad fácil y a otros recursos que podrían tocar directamente la sensibilidad del lector. Por ello, su poesía produce, en el lector no iniciado, una primera impresión de frialdad. Por ello también, resulta frecuentemente difícil, dada su extrema condensación. Sin embargo, su calidad artística es asombrosa. Y no se tarda en percibir en sus versos un impulso cordial tan fuerte como pudorosamente refrenado en solidas formas métricas.

Obra
Confiesa Guillén que, desde un principio, “pensaba ya en una obra como unidad orgánica”. Fiel a tal concepción, ha dado a toda su producción poética un título global, Aire nuestro, que abarca tres ciclos: Cántico, Clamor y Homenaje (a los que se añade últimamente el volumen titulado Y otros poemas). Veremos en seguida cómo fue creciendo esa magna obra y qué se encierra tras cada título.
Citemos, aparte, su libro en prosa Lenguaje y poesía (1962), conjunto de calas en diversos tipos de lengua literaria (Berceo, Góngora, San Juan de la Cruz, Bécquer, Gabriel Miró); en él figura también su ensayo “Lenguaje de poema, una generación”, del que hemos reproducido fragmentos en la lección anterior.

“Cántico”
Hasta 1950, Guillén es autor de este único libro, iniciado en 1919 y publicado por primera vez en 1928. En ediciones sucesivas, Cántico va creciendo orgánicamente: de los 75 poemas iniciales, se llega a más de 300 en la versión definitiva (1950). Los poemas que han ido añadiéndose se insertan de forma meditada entre los anteriores, respondiendo a la citada “unidad orgánica” del libro. Las cinco partes en que éste se divide presentan un desarrollo paralelo: entre un amanecer y un anochecer, se desarrolla un proceso poético luminoso, centrado en un radiante poema de mediodía.

La palabra Cántico, que le da título, supone acción de gracias o de Guillén, en este libro, es expresión de entusiasmo ante el mundo y ante la vida (el subtítulo, con intencionada ambigüedad, proclama: “Fe de vida”). La vida es hermosa, simplemente, porque es vida: “Ser. Nada más. Y basta. Es la absoluta dicha.” Y el poeta se complace en la contemplación de todo lo creado: “El mundo está bien hecho”, dice. Cántico es, pues, un a la vida, lanzado por un hombre ávido de vivir más. Es significativa la frecuencia de estos dos monosílabos (, más) en la obra, así como la abundancia de exclamaciones jubilosas.

Como se ve, Guillén es- aún más que Salinas- decididamente antirromántico: se sitúa en el polo opuesto de una poesía nutrida de “dolorido sentir” o transida de angustia. Ciertos temas lo confirman. Por ejemplo, rehúye los momentos crepusculares, propicios a nostalgias y tristezas; prefiere cantar el amanecer y, sobre todo, el mediodía. Por lo mismo, escoge el esplendor primaveral, frente al otoño o al invierno. Sus paisajes más característicos son la cima, la meseta, las extensiones dilatadas y nítidas. El amor es, no sufrimiento, sino suprema cima del vivir: “¡Amor! Ni tú ni yo, / Nosotros, y por él / Todas las maravillas / En que el ser llega a ser.” Y ante la muerte, incluso, adopta una actitud de aceptación serena: es, como suele decirse, “ley de vida”.

“Clamor”
En 1950, Guillén inicia un nuevo ciclo poético, Clamor. Se compone de tres libros o partes: Maremagnum (1957), Que van a dar en la mar (1960) y A la altura de las circunstancias (1963). Subtitulado “Tiempo de historia”, Clamor se opone, en cierto modo, a Cántico. El título equivale ahora a gritos de protesta ante los horrores y las miserias del momento histórico. El optimismo del poeta no le impide ver las “discordancias” del mundo. Si antes dijo: “El mundo está bien hecho”, ahora afirmará: “Este mundo del hombre está mal hecho.” Así, los poemas de este nuevo ciclo dan testimonio del Mal, del Desorden; el poeta clama contra la confusión, las injusticias, la miseria, las torturas, las persecuciones, la opresión, el colonialismo, las guerras, el terror atómico… Se alza, en fin, contra el dolor en sus más diversas formas (“Dolor y su clamor bajo los cielos”). El tema de España - la guerra, el exilio, la dictadura- se halla especialmente presente.

Sin embargo, ante todo ello, la poesía de Guillén no será una poesía de angustia o desesperanza, sino de protesta, actitud positiva: “Es inevitable – dice - no transigir con el mal”. La denuncia no empaña su fe en el hombre y en la vida. No cede nunca al desánimo. Persiste el al mundo, por debajo de ese no a los aspectos negativos; lo que hace es “negar la negación: “Sí, vomité, rechacé, / Mundo, lo que nos sobraba. / Pero te guardé mi fe.”
El estilo sigue siendo tan riguroso como antes. Pero nos hallamos lejos de la “poesía pura”. (“¿Yo puro? Nunca. ¡Por favor! / La pureza para los ángeles…”).

“Homenaje”
Si Cántico y Clamor formaban como un díptico- cara y cruz de la realidad-, en 1967 se añade Homenaje, de contenido muy distinto. Con el subtítulo de “Reunión de vidas”, se recogen poemas a diversas figuras de la historia, las artes y las letras, desde Homero a los contemporáneos. Destaquemos los dedicados, por ejemplo, a Fray Luis de León, a Machado, a Rilke, a Salinas, a Lorca…

Significación
La obra de Guillén es un caso infrecuente de poesía equilibrada, llena de “salud espiritual”. En definitiva, y según sus propias palabras, es “cántico a pesar de clamor”.

Su prestigio fue inmenso en su generación. Y aunque su enfoque y su estilo lo alejaron un tanto de los gustos de la generación siguiente, hoy la crítica ve en él a uno de nuestros máximos poetas contemporáneos, y Cántico - que sigue siendo su obra cumbre- es considerado como uno de los libros más importantes de la lírica europea del siglo XX. 


1
CIMA DE LA DELICIA

Este poema - como los tres siguientes - pertenece a Cántico y es una muestra perfecta del gozo vital que llena ese gran libro de Guillén. Ante un paisaje hermoso, transparente (que, sin embargo, apenas se describe), el poeta prorrumpe en exclamaciones de entusiasmo. Canta como el pájaro que parece henchir todo el aire. Nótese el léxico: “delicia”, “alacridad” (= alegría), “más, todavía más”, “plenitud”…

Hasta la evocación del tiempo ido (“años irreparables”) es “dulzura”: el poeta acepta ahora “la historia (4ª estrofa). Los versos utilizados son heptasílabos (con asonancias repartidas de forma original), pero Guillén no cede a su musicalidad graciosa, sino que sirve de él para concentrar la expresión. (Advirtamos que el autor no “sangra” ningún verso, y los empieza todos con mayúscula: responde ello a su intención declarada de que cada verso adquiera el mismo y máximo relieve.)


     ¡Cima de la delicia!
     Todo en el aire es pájaro.
     Se cierne lo inmediato
     Resuelto en lejanía.
  5 ¡Hueste de esbeltas fuerzas!
     ¡Qué alacridad de mozo
     En el espacio airoso,
     Henchido de presencia!
     El mundo tiene cándida
10 Profundidad de espejo.
     Las más claras distancias
     Sueñan lo verdadero.
     ¡Dulzura de los años
     Irreparables! ¡Bodas
15 Tardías con la historia
     Que desamé a diario!
     Más, todavía más.
     Hacia el sol, en volandas
     La plenitud se escapa.
20 ¡Ya sólo sé cantar!



2
SALVACIÓN DE LA PRIMAVERA

Con este título se incluye en Cántico un espléndido poema amoroso. Es muy largo: se compone de nueve partes, de las que reproducimos la III. Bastará para ver con qué exaltación canta Guillén el amor, ese “nosotros” pleno que colma de prodigio la realidad, el universo. Cuartetas de heptasílabos asonantados.


     Presa en tu exactitud,
     Inmóvil regalándote,
     A un poder te sometes,
     Férvido, que me invade.
5   ¡Amor! Ni tú ni yo,
     Nosotros, y por él
     Todas las maravillas
     En que el ser llega a ser.
     Se colma el apogeo
10 Máximo de la tierra.
     Aquí está: la verdad
     Se revela y nos crea.
     ¡Oh realidad, por fin
     Real, en aparición!
15 ¿Qué universo me nace
     Sin velar a su dios?
     Pesa, pesa en mis brazos,
     Alma, fiel a un volumen.
     Dobla con abandono,
20 Alma, tu pesadumbre.



3
ESTATUA ECUESTRE

Jorge Guillén sabe manejar con absoluta sabiduría las estrofas clásicas. Destacan sus décimas. Véase una de ellas, en la que se expresa, con un alarde de difícil sencillez, el equilibrio entre el ímpetu del caballo y la inmovilidad con que ha quedado plasmado en estatua. Ese brío hecho bronce bien pudiera tomarse como símbolo del arte de Guillén.


     Permanece el trote aquí,
     Entre su arranque y mi mano.
     Bien ceñida queda así
     Su intención de ser lejano.
5   Porque voy en un corcel
     A la maravilla fiel:
     Inmóvil con todo brío.
     ¡Y a fuerza de cuánta calma
     Tengo en bronce toda el alma,
10 Clara en el cielo del frío!



4
MÁS VERDAD

Decía el profesor Casalduero que los monosílabos “sí” y “más” caracterizaban, por su abundancia, la poesía de Cántico. Con esas dos palabras comienza precisamente el poema que ahora insertamos. En actitud antirromántica, Guillén rechaza cualquier recurso a la imaginación o al misterio. La realidad es su única pasión. Se siente colmado por el universo visible: cumbre, valle, sol… (en una segunda parte, que omitimos, proclama su “predisposición de enamorado” ante la “esencial realidad”, su gozo de estar sobre “el santo suelo”). El poema combina hábilmente los versos de 3, 5, 7 y 11 sílabas.


     Sí, más verdad,
     Objeto de mi gana.
     Jamás, jamás engaños escogidos.
     ¿Yo escojo? Yo recojo
5   La verdad impaciente,
   Esa verdad que espera a mi palabra.
     ¿Cumbre? Sí, cumbre
   Dulcemente continua hasta los valles:
   Un rugoso relieve entre relieves.
10 Todo me asombra junto.
     Y la verdad
    Hacia mí se abalanza, me atropella.
     Más sol,
     Venga ese mundo soleado,
15 Superior al deseo
     Del fuerte,
     Venga más sol feroz.
     ¡Más, más verdad!



5
DEL TRANSCURSO

Con este poema, pasamos al segundo ciclo poético de Guillén: Clamor (se halla, concretamente, en Que van a dar en la mar). Es un soneto perfecto: otra prueba de su maestría en el manejo de formas clásicas. Ahora, el poeta reflexiona sobre aspectos graves de la existencia: la huida del tiempo y la progresiva vecindad de la muerte. Y sin embargo, su meditación- profunda, emocionada- no cede a la angustia: el poeta vive, firme y sereno, su presente. 


    Miro hacia atrás, hacia los años, lejos,
     Y se me ahonda tanta perspectiva
     Que del confín apenas sigue viva
     La vaga imagen sobre mis espejos.
5   Aun vuelan, sin embargo, los vencejos
     En torno de unas torres, y allá arriba
     Persiste mi niñez contemplativa.
     Ya son buen vino mis viñedos viejos.
     Fortuna adversa o prospera no auguro.
10 Por ahora me ahínco en mi presente,
     Y aunque sé lo que sé, mi afán no taso.
     Ante los ojos, mientras, el futuro
     Se me adelgaza delicadamente,
     Más difícil, más frágil, más escaso.



6
LA SANGRE AL RÍO

En A la altura de las circunstancias (tercer libro, o parte, de Clamor) se halla este poema que constituye una personal reflexión sobre nuestra guerra civil (y del que damos un fragmento). Guillén no olvida la sangre, quiere dar fe de una esperanza histórica. No es necesario subrayar la grandeza de su actitud. Los versos son de 7 y 11 silabas (con dos trisílabos).


    Llegó la sangre al río.
    Todos los ríos eran una sangre,
    Y por las carreteras
    De soleado polvo
5 - O de luna olivácea -
    Corría en río sangre ya fangosa,
    Y en las alcantarillas invisibles
    El sangriento caudal era humillado
    Por las heces de todos.
10 Entre las sangres todos siempre juntos,
     Juntos formaban una red de miedo.
     También demacra el miedo al que asesina,
     Y el aterrado rostro palidece,
     Frente a la cal de la pared postrera,
15 Como el semblante de quien es tan puro
     Que mata.
     Encrespándose en viento el crimen sopla.
     Lo sienten las espigas de los trigos,
     Lo barruntan los pájaros,
20 No deja respirar al transeúnte
     Ni al todavía oculto,
     No hay pecho que no ahogue:
     Blanco posible de posible bala.
     Innúmeros, los muertos,
25 Crujen triunfantes odios
     De los aún, aún supervivientes.
     A través de las llamas
     Se ven fulgir quimeras,
     Y hacia un mortal vacío
30 Clamando van dolores tras dolores.
     Convencidos, solemnes si son jueces
     Según terror con cara de justicia,
     En baraúnda de misión y crimen
     Se arrojan muchos a la gran hoguera
35 Que aviva con tal saña el mismo viento,
     Y arde por fin el viento bajo un humo
     Sin sentido quizá para las nubes.
     ¿Sin sentido? Jamás.
     No es absurdo jamás horror tan grave.
40 Por entre los vaivenes de sucesos
     -Abnegados, sublimes, tenebrosos,
     Feroces-
     La crisis vocifera su palabra
     De mentira o verdad,
45 Y su ruta va abriéndose la Historia,
     Allí mayor, hacia el futuro ignoto,
     Que aguardan la esperanza, la conciencia

     De tantas, tantas vidas.